862.

LLANTO

Se detiene unos instantes en el bar para tomarse un café y repasar su agenda. Acaba de tratar con uno de sus mejores clientes y está satisfecho. La cita aboca a un pedido sustancioso. Agita en revuelo las hojas de su cuaderno y evoca con gesto incrédulo una de esas agendas electrónicas que sus compañeros, en número galopante, ya manejan. La cafetería regala a los parroquianos una generosa cristalera que inunda el interior con la vida y la luz del mundo al otro lado. Cada sorbo del café va seguido de un hojear de páginas teñidas de negras hileras, iluminadas con signos de diversa factura en colores distintos. Todo un laberinto de señales que sólo él es capaz de descifrar. La vida que late al otro lado del ventanal llama su atención. Es un fascinante día de primavera en el que la gente puebla las calles del centro de la ciudad, donde ahora el hombre ultima su café y se dispone a pagar. El próximo cliente le aguarda, negociación algo más dura tal vez, pero personaje conocido de años y con los puentes de su obra viva tan cañoneados ya, que su envergadura no impedirá la derrota y abordaje. Mientras aguarda la vuelta de su billete de cinco euros, observa distraído la calle y se fija en una mujer de edad avanzada, sin llegar a ser una anciana, que acompañada de la mano por un niño de cinco o seis años espera que un semáforo cambie a rojo. En el momento de echar a andar, algo la hace tropezar y caer sobre el asfalto. La criatura, ante el espectáculo, se queda paralizada y comienza un llanto tan profundo, tan sentido que convoca a los transeúntes en masa. En pocos segundos, la mujer está en pie ayudada por los buenos samaritanos y es sometida a interrogatorio. Una joven intenta consolar al crío, pero sus llantos, su parálisis de estatua, sus ojos clavados en la abuela no permiten la respuesta. La abuela se agacha y abraza al niño, le dice algo que calma levemente sus lágrimas. Entre sonrisas y agradecimientos consigue que la reunión se disuelva. El caos retorna al orden y la pareja de abuela y nieto, con el niño dando hipidos todavía, cruza la calle y se pierde tras la esquina al otro lado. El hombre, que ha estado observando la escena, recoge el cambio, deja una propina y marcha a continuar su trabajo. La imagen del niño se aferra a su memoria durante varios días, hasta el punto de que su mujer, una noche, le pregunta si le pasa algo. Finalmente, al cabo de una semana, entre llantos, tan impropios según él de un hombre, le cuenta la escena que observa días antes a través del ventanal de una cafetería en la hora punta de un hermoso día de primavera.

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