863.

PARQUE

Los bancos del parque están dispuestos de espaldas unos con otros. De tal modo, el paseante que descansa por unos momentos o el que decide pasarse la tarde a la sombra de los árboles y de las pérgolas puede tener a su espalda la de otros colegas. Por eso, es inevitable que la mujer oiga la conversación que dos jóvenes, chico y chica, mantienen tras sus orejas. Es interesante la posición de los bancos porque permite, al tiempo de la escucha, que pase desapercibida esa manifestación de la biológica curiosidad humana. Se adivinan algunas nubes en el cielo que dejan visible la arboleda y las enredaderas. Y un frescor inesperado inunda la piel de la mujer. Deja por un instante el libro que está leyendo y levanta la vista. Parece que es hora de marcharse. Quizá no estaría mal sentarse dentro de algunos de los merenderos que se dispersan por el parque y tomar algo caliente. Un té o un café. O un buen chocolate a la antigua usanza, espeso como un flan. Si es que todavía se dan tales exquisiteces. La pareja a sus espaldas habla de alguien conocido cuyas dichas y desdichas la mujer no puede evitar oír. Y disimulando con la mirada, con sus gestos, aunque nada de ello sea advertido por los habladores, aguza la audición y se empapa de la peripecia del desconocido. Lo critican, eso está claro, por antisocial. Dicen con enojo que no tiene amigos, que pasea solo, que es huraño. La muchacha adelanta que algo de resentimiento puede haber en su actitud porque es más bien feo. El chico asiente con un murmullo. Dejan de invitarle porque nunca asiste a las fiestas ni a las reuniones con el grupo de amigos. Siempre con sus cosas a cuestas, con sus músicas, sus libros, su trabajo insulso en aquel bufete de abogados de medio pelo. Sin ambiciones, aclara el muchacho, aunque ella repone que eso no está tan mal si son económicas, porque ser ambicioso en asuntos como la transformación social, la solidaridad con las víctimas del capitalismo o la deforestación es positivo. Vuelve a asentir el murmullo del joven. Antes de cambiar de tema, el conocido es condenado a una nueva andanada de recriminaciones. La mujer se levanta del  banco. Tiene intención de echar una ojeada furtiva a los dos individuos para conocer su aspecto, pero desiste y avanza por el camino de grava hacia el merendero más cercano. Con su libro bajo el brazo, respirando hondo el frescor ya algo húmedo del atardecer, sueña con el chocolate caliente que va a pedir, si es que todavía tienen la delicadeza de elaborarlo como en los viejos tiempos.

Anuncios


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s