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Visto lo visto, estaba muy claro que en 5º de Bachillerato optaría por lo que en aquellos tiempos se llamaban “Letras”. Una vez terminado el último curso del Bachillerato Elemental, la idea era seguir en el mismo colegio y matricularme en la opción dicha. Pero surgieron problemas. Mi padre fue a hablar con algún responsable del colegio porque los alumnos que habían expresado su deseo de matricularse en Letras eran tan pocos que los curas estaban planteándose la posibilidad de no formar ningún grupo. Nada daban por seguro ya que todo dependía de que se confirmaran las previsiones. Sólo en el caso de que a última hora se incrementase el número de alumnos, se crearía el grupo de Letras. Todo estaba tan en el aire que, tras democrático intercambio de opiniones en casa, se tomó la decisión de abandonar el colegio y matricularme en el Instituto San Isidoro, el más antiguo de Sevilla, el más prestigioso y el más próximo al domicilio. Allí, al ser de titularidad estatal, la opción de Letras era obligada. Recuerdo aquel verano anterior a mi ingreso en el Instituto, durante el cual mis familiares me daban ánimos ante el cambio que se avecinaba. Las cosas han cambiado mucho desde aquellos años setenta del siglo pasado, tanto que las advertencias de la gente incidían en el hecho de que la enseñanza estatal era mucho más exigente que la del colegio religioso, que sus profesores eran mejores y más preparados, y que la formación que me iban dar sería mucho más consistente ante el reto de la Universidad. Hoy en día, la situación es radicalmente opuesta. De este modo, abandoné el colegio de los Hermanos Maristas con cierto alivio porque el ambiente no me resultaba agradable y con temor ante la perspectiva de arrostrar un compromiso más intenso. La idea, no obstante, de perder de vista las Matemáticas era lo suficientemente acogedora como para ocultar dentro de un manto de esperanza la nueva senda que se abría ante mí. Mis contactos con viejos compañeros del colegio me informaron luego que al final se creó el grupo de Letras. Nunca agradeceré lo suficiente a la diosa Fortuna que pusiera en las mentes de aquellos santos varones la duda de abrir el camino a los amantes de las letras. Entrar en el Instituto San Isidoro fue uno de los momentos claves de mi vida y marcó en mi alma un surco tan profundo que todavía perdura en la columna positiva de mi balance vital.


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Si había algo evidente en mis características intelectuales era una absoluta incompetencia en Matemáticas. De ahí se derivaban mis dificultades para la Física y la Química. Más tarde, descubrí que las Ciencias Naturales me resultaban igual de abstrusas e incomprensibles, especialmente todo lo relacionado con la Geología, las piedras y demás manifestaciones semejantes. Uno de los pequeños traumas que jalonan mi infancia está cimentado en una de las tonterías que lleva a cabo cualquier niño y que para alguien como yo se convirtió en una herida que sangró durante mucho tiempo. Mi contacto con la Historia fue deslumbrante. Mayor que las clases de Lengua o las de Francés, que no me atraían nada. No quiero hablar de “Marías” como la Religión, la Formación del Espíritu Nacional (o “Política”), la Gimnasia o los Trabajos Manuales, que eran una tortura digna de los mejores tiempos de la Inquisición. Una mañana, escribí un papelito, de esos que se pasan los críos bajo la mesa con mensajes. Uno, como no es normal, en vez de comentar alguna característica ridícula del profesor o augurar actividades no permitidas, dejaba constancia en el papel que mandaba “a la mierda” las Matemáticas y que ensalzaba la Historia. El motivo de la misiva y el destinatario se han borrado de mi memoria. Como se comprueba, desde pequeño uno confirmaba el contenido de los comentarios que las amigas de mi madre hacían sobre mí en las visitas odiosas a las que se nos sometía a mi hermana y a mí con cierta frecuencia. “Este niño es un poco raro, ¿no?”. Suele ser habitual en las almas cándidas que cuando se atreven a cometer alguna fechoría sean descubiertas ipso facto. El profesor se percató del movimiento y reclamó el papel. Se le entregó y lo leyó. De los momentos posteriores sólo recuerdo la sensación de que hubiera preferido ser engullido por el Averno. Resultaba, además, que el profesor era de Matemáticas y que tenía una cierta amistad con mis padres. El buen hombre (porque lo era) había dado clases particulares a un primo mío que convivía con nosotros y que era como un hermano para mí. Ya en casa, el rostro cariacontecido reveló a mi madre que algo extraño pasaba. Confesé mi delito y ella me aconsejó que al día siguiente me acercara a don Manuel Nieto y le pidiera disculpas. Así lo hice convertido en un manojo de nervios y el hombre me dijo que se sentía dolido porque me apreciaba y apreciaba a mis padres. Alguna extraña amenaza sobre la negativa a darme a apoyo en caso de peligro debió de expresar porque resiste en mi memoria la obligación de demostrarle que las Matemáticas podían ser superadas y porque me impuse a mí mismo la obligación de sacar buenas notas en la materia que más odiaba. El siguiente capítulo se abre con la sensación del deber cumplido en el boletín de notas. No creo que fuera un sobresaliente en Matemáticas, pero sí una nota decente que salvó mi honor.


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Dentro de estos preliminares de mi camino hacia el mundo griego, recuerdo también a un profesor de Lengua, de apellido Anaya, al que apodábamos “El canalla”. No era por ser un personaje malvado, como esos curas que tiraban las tizas a distancia con una puntería excelente sobre el alumno díscolo, o que lanzaban por el aire rumbo a la cabeza de alguien una extraña pieza de madera que hacía un ruido característico para señalar el paso de turno de un alumno a otro en esas sesiones de tortura que eran para mí el cálculo mental. No, a “El canalla” lo recuerdo como una persona seria, exigente, pero con un sentido del humor particular y una actitud que nos mantenía en tensión y en un orden perfecto, silente, sin practicar el tiro sobre nadie ni gritar, ni amenazar. Durante una clase comenzó a hablar del teatro griego y escribió en la pizarra una palabra en letras griegas que hacían referencia al origen de la palabra “tragedia”. Los trazos se me quedaron grabados en la mente e incluso llegué a reproducirlos, supongo que muy torpemente, en algún ángulo de algún cuaderno. Años atrás, reflexionando sobre aquel comentario, llegué a la conclusión de que la palabra escrita en la pizarra fue τράγος (tragos), que significa “macho cabrío” y que junto con otro término relacionado con la palabra ᾠδή (odé) componen el término τραγῳδία (tragodía: “canto del macho cabrío”), de donde deriva la palabra latina tragoedia y finalmente la española “tragedia”. Como es sabido, el género teatral parecer haber nacido del canto de un coro vestido como machos cabríos en honor del dios Dioniso. Tanta fuerza tuvo aquel escueto instante en mi vida, que todavía hoy recuerdo el entorno del aula, el profesor sentado en su silla después de haber escrito en la pizarra y aquellos seductores trazos blancos.


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El recuerdo asciende hasta un momento en el patio del colegio de los Hermanos Maristas de Sevilla donde estudié la Primaria y el Bachillerato Elemental, como se llamaba entonces el ciclo. Debía de ser el último curso de éste y tenía yo 13 años. Fortuitamente, cayó en mis manos el libro de texto de Griego que alguien usaba en el curso siguiente, el 5º de Bachillerato Superior. Yo ya tenía conocimiento del Latín, que en aquellos tiempos se empezaba a estudiar en 3º del Bachillerato Elemental, pero el libro de Griego me fascinó. No recuerdo que entendiera nada, excepto que tenía un sistema de escritura diferente y que las pobres ilustraciones en blanco y negro me llamaron la atención profundamente. Son pinceladas de la memoria que no van más allá, salvo en las sensaciones de haberme topado con un universo distinto y más atractivo que el mundo alrededor de mí. Sabía que el Latín y el Griego estaban relacionados por algún lazo que no llegaba a comprender del todo, pero la lengua de los romanos no acababa de llenar mi curiosidad, a pesar de que los libros de Latín eran ilustrados, con colorines, como se llevaba en aquellos tiempos de renovación pedagógica, sin Reválidas, con eso de la “evaluación continua”, que suponía más exámenes y con unas Matemáticas abstrusas enfangadas en la teoría de conjuntos que siempre me pareció a la par de incomprensible, una tremenda estupidez. Sin embargo, las antologías de textos latinos presentaban los rastros de la antigua escuela. No me atraía el Latín, pues, contrariamente a lo que se esperaría de alguien ya orientado por una extraña conjunción genética para los saberes de la Antigüedad. Pero esa extraña lengua con esos signos tan novedosos me abrían la mente hacia otro tipo de universo.


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Tampoco mi capacidad intelectual me permite conocer como me gustaría los detalles de la vida espiritual y material  de ese mundo griego de la Antigüedad. Tantas cosas se le escapan a mi deseo de sentirme en posesión de un conocimiento amplio de aquel mundo, que me resisto a subir peldaños en el escalafón. Reconozco que soy muy exigente conmigo mismo, pero no puedo evitar sentir que me encuentro a distancia sideral de los que considero auténticos profesionales del helenismo y que serían los viejos profesores alemanes del siglo XIX o los maestros que la Universidad española albergó en la segunda mitad del siglo XX.  Aunque con la salvedad de que sus métodos de enseñanza, como he expuesto anteriormente, no fueron del todo acertados a mi juicio. Una de las carencias más marcadas en los años de Facultad y de la carrera de Filología Clásica es que el estudiante sale licenciado sin haber profundizado en otros aspectos del mundo griego antiguo que no sean los aspectos propios de la lengua. Los planes de estudios están enfocados en un conocimiento exhaustivo de la casuística fonética, morfológica y sintáctica del griego antiguo y de sus dialectos. Menos hincapié se hace en la literatura; ninguno en la historia, filosofía, artes, vida cotidiana, etc. Se me dirá que la carrera se llama “Filología” porque se centra en los textos. Estoy de acuerdo, pero teniendo en cuenta que los textos reflejan una realidad para cuya comprensión e interpretación cabal es necesario conocer el contexto histórico, cultural, social en el que se produjeron, el conocimiento de esos otros aspectos es tan importantes o más que el saber clasificar los usos del acusativo. En todo caso, bien pudiera haber llenado esa laguna con mis lecturas posteriores. Y lo he intentado, pero la amplitud es tal y mis capacidades tan limitadas, que, como he dicho, me siento sólo un aficionado.


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En lo tocante al subtítulo de estas notas, supongo que chocará la presencia del adjetivo “aficionado”. Es normal la extrañeza ya que la profesión con la que me he ganado la vida ha sido la enseñanza de la lengua griega antigua. En mi caso, se puede afirmar sin resquicio de duda que he sido un profesional del helenismo, entendido no como período histórico, sino como la disciplina que estudia el mundo griego de la Antigüedad. Gracias al griego, he comido, me he permitido una vida cómoda y materialmente satisfactoria dentro de una clase media funcionarial. Sin embargo, independientemente del hecho objetivo de mi implicación profesional, en mi fuero interno nunca me he dejado de considerar un aficionado. No puedo pensar en mí mismo de otro modo cuando, a pesar de llevar involucrado con la lengua griega cuarenta y tres años, todavía no puedo leer un texto de Platón, o de Sófocles, no digamos de Esquilo o Píndaro, sin recurrir a una edición bilingüe en más de un párrafo o del consabido diccionario, ese compañero insidioso. Y sin querer atribuirme más mérito que el de una sinceridad sin pretensiones, reconozco que es difícil confesar lo expresado en el párrafo anterior. Estoy convencido de que mi caso es idéntico al de la mayoría de los filólogos clásicos actuales. En este sentido, me fue muy reveladora la lectura del libro de Carlos Martínez Aguirre, La extraña odisea. Confesiones de un filólogo clásico [1]. Allí, el colega revela sin timidez esa carencia que casi todos sufrimos debida al método de aprendizaje que desde el siglo XIX es general en el ámbito de la Filología Clásica. Un método que hace hincapié en el aspecto teórico de la lengua, en la memorización de largos paradigmas morfológicos y farragosas taxonomías sintácticas que luego deben aplicarse a los textos para su comprensión. El resultado final es la incapacidad de una lectura ágil y directa. Se necesita un paso intermedio, la traducción por escrito o verbalmente, sin que el contenido acceda a la comprensión libre de obstáculos, como se haría con un idioma moderno del que se leyera su literatura. Ese método es el que, por mor de la rutina, hemos aplicado en las clases del Bachillerato los profesores. No obstante, hay que subrayar el hecho de que hace tiempo se publican métodos que intentan renovar el acceso al griego antiguo. En latín, el cambio va más rápido. Hay una poderosa corriente que propugna y ha recuperado el latín como lengua viva y hablada. Ya es no es una anomalía que los profesores de latín den sus clases en la lengua que enseñan. En griego antiguo eso es más complicado, pero se podría hacer igualmente. No es este el lugar para escribir un ensayo sobre la enseñanza moderna del griego, pero creo que se va por buen camino para recuperar una situación similar a la que había, por ejemplo, en el siglo XVII en Inglaterra. Leyendo los diarios de Samuel Pepys, me encontré con este párrafo: At noon my brother John came to me and I corrected as well as I could his Greek speech to say the Apposition, though I believe that he himself was as well able to do it as myself [2]. No era rara, del mismo modo, la composición de poemas y prosas en griego antiguo durante el Renacimiento y los siglos posteriores. Dejo aquí el asunto porque no es el objeto de estas líneas exponer la situación actual de la enseñanza del griego antiguo, sino recuperar las sensaciones que el paso por ese mundo me han provocado.

[1] Ebook Kindle, 2013. Este libro me ha servido de inspiración para escribir estas líneas. Es un libro extremadamente interesante por todo lo que revela acerca de las bambalinas del mundo de la Filología Clásica.

[2] “Al mediodía, mi hermano John vino a casa y corregí tan bien como pude su discurso griego para decir la Aposición, aunque creo que él mismo era capaz de hacerlo tan bien como yo.” Me ha sido imposible saber a qué hace referencia el término “Aposición”. Entrada del 15 de Enero de 1660; edición de la página Gutenberg Project: https://www.gutenberg.org/ebooks/4200. Ver también http://www.pepysdiary.com/diary/1660/01/.


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         Leer las Memorias de Adriano fue un golpe en mi conciencia, como supongo que lo sería en muchos de sus lectores. Me hizo ser devoto de la autora belga. Dentro de sus páginas, sin embargo, di con el parágrafo que he transcrito y que me reveló como ningún otro texto las sensaciones que nacieron en mí al primer contacto con las letras griegas. Porque la pasión que voy a intentar desgranar en estas páginas nació al calor de un viejo libro del antiguo Bachillerato y de unas extrañas grafías que contemplé impresas en sus páginas por primera vez en mi vida. Desde entonces, una extraña llama prendió en mi alma y me convirtió a una vocación que ha permanecido encendida a través de los años, a través de las incidencias de mi vida. No importa el momento por el que pasaran mis trabajos y mis días, el temblor de placer que siento ante unas letras griegas pervive. No es escaso mérito en una persona tan insegura como yo. Junto a mis pocos seres queridos, mi adhesión a las letras griegas persiste testaruda. Incluso en los momentos de depresión, cuando todo parecía consumado y perdido entre la algarabía sin sentido de la existencia, aquellos signos, aunque en hibernación, mantenían su vigencia en algún recoveco de mi alma doliente. Asiento conmovido a las palabras de Yourcenar porque mucho mejor de lo que pueda expresarlo yo, ella lo ha plasmado en su texto, en boca de un Adriano que, a buen seguro, nada tiene que ver con el emperador romano, pero que sugiere una presencia tan poderosa que se clava en el alma. Para un helenista esas expresiones llegan mucho más profundamente, porque describen un estado de ser que informa su vida como ha informado la mía desde aquellos lejanos años en que mis doce años comenzaban a navegar con ese pánico ante el hecho de estar vivo que me acompaña desde que mi memoria alberga recuerdos y que, me temo, acompañará mis días hasta el último suspiro.