897.

CORAZONADA

Desde que se conocen, se enamoran y deciden iniciar una relación seria, acuerdan que cada uno conservará su casa. Por supuesto, nada de bodas ni de papeles oficiales. La consigna es la libertad, salvaguardando, obviamente, la condición de mantenerse fieles y no permitir que un tercero se inmiscuya entre los dos. Pasan los años y la relación se consolida. Una vez periclitada la pasión de los primeros momentos, el trato entre ambos discurre por la senda que permite la supervivencia de una pareja. Hay comunicación, similitud de aficiones y opiniones, respeto mutuo, espacios de libertad individual. Pero siempre, cada uno en su casa. Con frecuencia cada vez mayor, de forma espontánea, al paso de las fechas, suele él quedarse en casa de ella más tiempo. Es mayor la vivienda, el vecindario es más agradable y calmado, el entorno más acogedor. Un día perciben que el hombre tiene ya en los armarios de la mujer casi toda su ropa. El cuarto de baño también está colonizado por sus enseres, la biblioteca desborda de libros porque él se ha ido trayendo poco a poco buena parte de sus volúmenes, el refrigerador acoge también esos alimentos propios de él que a ella no le gustan. Él no se ha deshecho de su apartamento, aunque ahora esté más vacío que nunca. Finalmente, tras mucho tiempo de tener abandonada su casa, habida cuenta de los gastos que hoy en día una vivienda carga sobre el presupuesto de los propietarios, el hombre la pone en venta y consigue comprador. El día que busca apartamento para alquilar en internet, mientras pasa oferta tras oferta, recuerda aquel reparo inconfesable que nunca revela a su ya ex pareja. Algo en su interior de siempre le hace intuir que el día en que firma el empadronamiento en casa de ella, el final es inminente.

 

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896.

CAMPO

La  tarde va cayendo sobre las cumbres de los montes que rodean la casa. Es un color rosado que le recuerda las expresiones del viejo poeta griego en su poema épico. En su mano acaricia una taza de té. Ya no está caliente, pero es aceptable ante la temperatura ni fría ni calurosa. Hay silencio, rasgado sólo por el trinar de los pájaros y el susurro que el viento hace exhalar a las hojas de los fresnos y las encinas. Por aquí y por allá, se divisan membrillos e higueras, parras enmarañadas entre el marasmo de sus hojas, los racimos incipientes, los alambres y los soportes de hierro que sostienen el entramado vegetal. Y algún frutal, naranjo, limonero, ciruelo. El hombre observa la lejanía y respira hondo. En algunas ocasiones, hay gente trabajando en los campos de olivos allá abajo. Suelen usar máquinas y sus voces en el campo se oyen más nítidas en la distancia que en una ciudad, tan ofuscada de ruidos y estruendos. Pero incluso esa molestia es insignificante ante el despliegue de ausencias molestas. Bajo el terraplén que soporta su casa, ve que uno de los gatos asiduos al hogar y al pienso que les suministra, pasea con la indolencia propia de su especie. Algo detiene su paso y el hombre queda fijo en la actitud del felino. El gato, en posición de ataque, está clavado ante un matorral. Se lleva así unos instantes. Nada se mueve en ese entorno y el color del animal camufla su presencia. De repente, un salto, una carrera y la confusión de hojarasca sacudida. El gato de ha internado en el matorral y ha desaparecido. Lo único que advierte el hombre es la agitación que sacude el interior. Al cabo, el animal sale del tímido boscaje y lleva algo en su boca. Algo difícil de identificar. El hombre fija su mirada y puede adivinar, al fin, el guiñapo espasmódico de un pequeño ratón. Vuelca su taza, se deshace del resto de té que le queda. Con un rictus, se mete en casa y cierra la puerta.

 


895.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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En aquellos tiempos, el estudiante de Letras podía cursar tres años de Griego. Dos eran obligatorios y el último, el Curso de Orientación Universitaria, ofrecía mayores opciones, lo que propiciaba la obligatoriedad del Griego. En este curso, evité la matriculación en Latín, pese a que iba destinado a la Filología Clásica, por las razones que expuse anteriormente, el pánico a que el despiste de don Vicente García de Diego manchara mi expediente y bajara la nota media que necesitaba para aprobar los exámenes de ingreso a la Universidad. A lo largo de mis estudios primarios y medios, tuve la suerte de esquivar aquellos exámenes de paso de nivel que se llamaban Reválidas gracias a los cambios de planes que se abatían sobre el sistema docente de los años setenta. Pero la racha de buena suerte se acabó y tuve que sufrir las pruebas de selectividad que se instauraron en España el año escolar anterior al mío. También tuve que afrontar un poco el caos que aquel Curso de Orientación Universitaria había traído, novedoso también, con un torbellino de asignaturas optativas. En todo caso, este factor me fue favorable, ya que me permitió no tener que pasar por las aulas de don Vicente. Mis opciones fueron Alemán e Historia Universal junto con Griego. En este último, la clase estaba formada por cinco o seis alumnos solamente, de modo que Esperanza impartía en el Seminario, alrededor de una mesa central grande. Allí se fueron desgranando las horas mientras traducíamos a Homero, a los líricos, a los tragediógrafos. Y nos familiarizábamos con los aspectos culturales y literarios de aquellos griegos antiguos. Como siempre, las clases de Esperanza me abrieron un mundo fascinante, porque en los años anteriores el centro de atención fue la lengua y los aspectos culturales habían ocupado un espacio secundario. Pero en el Curso de Orientación Universitaria había un apartado específico donde se debía estudiar un temario que, partiendo de los autores, explicara el universo espiritual del mundo griego desde Homero a los dramaturgos del siglo V a.C. Y con todo ese bagaje, me presenté a las pruebas de acceso a la Universidad. Mis resultados fueron y pobres, desdiciendo la Matrícula de Honor global que había sacado en el Instituto. Recuerdo que la nota media de mis exámenes apenas llegaban al 5. Realmente, mi actuación en aquellos momentos fue desastrosa. Cuando se lo comenté a Esperanza con un sentimiento de vergüenza, ella lo achacó a los nervios. Y algo de eso debía de ser porque recuerdo que la preparación que llevé a cabo para aquellos exámenes fue exhaustiva y agotadora. Gracias a la media hecha con el expediente, aquello subió algo. De todos modos, era indiferente. En aquellos tiempos no había nota mínima para entrar en las Facultades o Escuelas y, en cualquier caso, nada impedía el paso a Filología con el 5 prescriptivo. Como nota adicional, diré que me presenté a un concurso de cuentos que organizaba el centro y que recibí un accésit por un relato tremendamente pretencioso, lleno de fárrago donde se descarnaba de modo obsceno la angustia vital del adolescente que yo era en aquel tiempo.


894.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN
RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Esa pasión me ocupó durante mucho tiempo hasta el punto de llevarme a realizar la tesis doctoral, pasados los años, sobre una autora bizantina y a desarrollar un incipiente currículo investigador fundamentado en la historiografía bizantina. En los últimos tiempos, aquel deslumbramiento se ha apagado y hoy ya queda poco, salvo los rescoldos de una pasión muerta. Visto que mis intereses se fundamentan en la lengua griega y en el trasfondo cultural que refleja, la cultura literaria bizantina me parece pobre en el aspecto creativo, ciertamente anquilosada en lo que respecta a las manifestaciones más elaboradas. Salvo alguna producción literaria expresada en lengua vulgar, es una losa plúmbea. Se salva algo la producción historiográfica, pero aun así, el apego a los moldes antiguos mata la espontaneidad. En todo aquello que toma la tradición antigua como modelo, el resultado es una especie de cuerpo momificado de una hermosura ajada. La luz se me apareció cuando me acerqué ilusionado a una obra atribuida a un emperador bizantino, Constantino VII Porfirogéneta, titulada tradicionalmente en latín De administrando imperio. En mi ingenuidad, creía que me enfrentaba a un análisis de la organización política del Imperio Bizantino y en su lugar me topé con extractos de historiadores antiguos donde el asunto que se trataba eran las embajadas. La discusión política en la mentalidad bizantina no es posible. Sólo hay un régimen, la monarquía de sustento divino. Lo demás es pernicioso y antinatural. Los términos clásicos como la palabra “democracia” y sus derivados son sinónimos de caos y nada está más condenado que los términos donde el radical “nuevo”” aparezca. El conflicto y la escasa reflexión sobre el quehacer político se limitan exclusivamente a la crítica del que se considera mal emperador y la alabanza del que se considera buen emperador. Siempre a gusto del que escribe. Posteriormente, me acerqué a otra obra del mismo emperador, De ceremoniis aulæ byzantinæ, tratado sobre el ceremonial cortesano. Me fue imposible terminarlo por la pesadez y monotonía de su fondo y su forma. Nada diré de la literatura religiosa, porque escapa de mi interés y formación, aunque sea el único ámbito donde el debate era real. Bizancio, no obstante, aportó mucho a la humanidad en sus expresiones plásticas y arquitectónicas. La evangelización de los pueblos eslavos es uno de sus méritos más patentes. Y su labor de contención de la barbarie islámica durante siglos tampoco merece ser obviada. Como organismo administrativo y de gobierno es una maquinaria digna de admiración y estudio, por muchos defectos que pudiera tener. Su pervivencia durante mil años después de la caída del Imperio Romano de Occidente da prueba de que no era una estructura política decadente ni podrida, como cierta tradición intelectual en Occidente ha dejado creer durante siglos. Afortunadamente, hoy en día esas concepciones han periclitado y los estudios de bizantinística están al nivel de aprecio de cualquier otra especialidad de las ciencias históricas.


893.

ABDUCCIÓN

Vigilan el planeta desde hace millones de años. De hecho, son ellos los que hundidos en el hontanar del tiempo sin fronteras deciden implantar en una de las especies vivas, la más apropiada a su juicio, una chispa de iniciativa para convertirla en su réplica. Es la labor más generosa que nunca llevan a cabo porque no realizan esa donación en ninguna otra parte del universo. Saben que su gesto está lleno de incertidumbre. Sospechan que el componente natural, y por tanto despiadado, de esos animales primará sobre el grano que ellos depositan en su genética. Les mueve a su gesto la atracción que el planeta les provoca. Les gusta frecuentarlo. Los bosques, los mares, los desiertos, los cielos, las selvas, las llanuras, la fauna, la flora, todo les llena de asombro y les llama como quien busca esa energía que cualquier criatura viva del universo precisa para seguir siendo. Por contraste, porque su hogar a millones de años luz es menos feraz, menos variado, más monótono y austero.  El curso de los eones les da la razón, pero no se sienten con fuerzas para eliminar su obra de la superficie de ese planeta perdido en un rincón del cosmos. Vistos los resultados, nunca dejan de supervisar la evolución de sus criaturas, por más que el espanto supere a la admiración en una inmensa cantidad de ocasiones. En sus visitas, suelen tomar prestados algunos de los especímenes de esos seres cuya capacidad de iniciativa ellos regalaron. Los sujetos son sometidos a estudios minuciosos y luego devueltos a sus cubículos con un lavado de memoria que salvaguarda el extremo respeto que siempre han desplegado. Sin embargo, en el curso de los exámenes, las muestras permanecen conscientes y saben dónde están. Les interesa ese estado para penetrar mejor en las entrañas de sus cerebros y de sus cuerpos. En todos los millones de años de inspección, nunca se les da un caso similar. Es difícil que se presenten novedades en un objeto cuando ha sido observado y analizado a lo largo de un lapso tan prolongado de tiempo. Ese ejemplar, rodeado de instrumental de laboratorio, plenamente sereno a pesar de su situación, con un cierto grado de euforia contenida les ruega insistentemente que se lo lleven a su planeta y no lo hagan volver a su entorno. La circunstancia provoca un debate entre los científicos y los encargados de la organización. Finalmente, ellos, como dioses que son, deciden enviarlo de regreso a la Tierra.


892.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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La otra etapa de la historia del espíritu griego que cautivó mi interés fue el mundo bizantino. Tampoco se me han olvidado los momentos en que ese período y sus características se me hicieron presentes. Fueron dos las epifanías. En primer lugar, un libro que encontré de casualidad en la biblioteca del Instituto. No conservo en la memoria su título ni su autor, aunque me suena que fuera uno de los más famosos eruditos en el mundo bizantino. La portada del libro mostraba una imagen en primer plano del rostro de la emperatriz Teodora extraído del mosaico de San Vital de Rávena. Introducirme en aquel universo me dejó anonadado. Se desplegó ante mí una cultura mezcla de Atenas, Roma y Jerusalén cuyo medio de expresión lingüística era, otra vez, el griego. Caí en sus redes. El otro instante crucial fue el acceso a uno de los capítulos que el escritor austríaco Stefan Zweig dedicó a los momentos estelares de la humanidad. Concretamente, el que trata sobre la caída de Constantinopla en 1453. Era una de las obras que incluía un tomo con la producción  completa del escritor que se publicó en España en los años sesenta, creo, a cargo de la Editorial Juventud. Se hallaba el libro en la biblioteca de mi padre y, como en el caso anterior, cayó en mis manos de casualidad. Aprovecho para decir que también aquel instante sirvió para hacerme un apasionado de Zweig, cuyas obras atesoradas en las estanterías de mi casa devoré. La lectura de las páginas sobre el destino fatal de la Nueva Roma embellecidas por el estilo fluido y rico del autor llenó mi imaginación de entusiasmo y de tristeza, al tiempo. El destino fatal de aquel imperio me encogía el corazón cada vez que leía las descripciones que Zweig hacía de aquel momento estelar. Me seducían el orgullo bizantino de sentirse heredero de Grecia y de Roma; de ser también cristiano, como era yo entonces; su resistencia frente al salvajismo turco, la impasibilidad del resto de la cristiandad ante su ruina, el desprecio que sufría de sus hermanos, la defensa final sin esperanzas, pero honrosa. A lo largo de algunos años, releí más de una vez aquel capítulo. Compré algunos libros de historia de Bizancio y me recuerdo a mí mismo un verano en Málaga, en casa de mis tíos, empapándome un tomo sobre el asunto, cuyas páginas desprendían un olor muy particular que todavía conserva cuando me acerco a mi biblioteca, lo veo, lo saco de la estantería y lo paso por mi nariz. Luego, ya en la Universidad, busqué más libros para leer sobre Bizancio. Hubo altibajos en mi interés, pero era un apartado al que volvía con recurrencia y pasión. Mi primer artículo, que nunca fue publicado, fue sobre la caída de Constantinopla. Iluso de mí, un estudiante de 2º de Filología, pretendía enviarlo a una revista de divulgación histórica, pero nunca salió de la carpeta en la que feneció mecanografiado. Con todo, siempre me quedó el regusto de no poder abarcar tanto como hubiera querido con mi conocimiento aquel mundo. Pero es tan enorme la historia de Bizancio que es difícil.


891.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Mi pasión por esa otra faceta de la civilización griega llegó hasta el punto de provocar en la profesora de francés del Curso de Orientación Universitaria un rictus de estupor. Durante aquel año, los alumnos debíamos exponer un trabajo en francés públicamente ante los compañeros. La profesora (la recuerdo rubia y menuda, de apellido Colubi) dejó a elección de los alumnos el tema. Y hete aquí que uno no tiene mejor ocurrencia que ilustrar a la turba estudiantil y a la preclara docente con una clase magistral y plúmbea en francés sobre la literatura griega moderna. Cuando le dije a aquella buena profesora mi tema, quedó como abatida por un rayo interior. Supongo que el prestigio del que yo gozaba le haría interpretar mi ocurrencia como la muestra de una cierta originalidad que no poseía. Lo que hice para preparar el tema aquel en un francés, que a lo largo de los decenios todavía me resuena en la memoria como una versión macarrónica de la lengua de Molière, fue fusilar sin contemplaciones un librito que durante mis estancias y pesquisas en la biblioteca del Instituto había localizado. Se trataba del único libro que a lo largo de mucho tiempo existió en España sobre el particular. Los autores eran dos prestigiosísimos Catedráticos de Universidad catalanes, José Alsina y Carlos Miralles. La literatura griega medieval y moderna era el título y la fecha de publicación, 1966; la editorial, una enigmática CREDSA de cuya ubicación geográfica no tengo noticias. En vano durante mucho tiempo estuve bregando por comprar un ejemplar, pero me fue imposible ni siquiera mediante el recurso a las mejores librerías especializadas. Así pues, armado con el resumen y traducción al franspañol  de aquel libro, torturé durante una hora a la concurrencia. Supongo que los demás quedarían vengados cuando les tocara el turno y castigaran mis oídos con la historia del Sevilla F.C. o las glorias del Betis, las maravillas de la Feria de Abril o las bellezas de las amadas imágenes de su hermandad favorita de Semana Santa. Todo ello en francés, claro. Menos mal que ni la Sra. Colubi ni los compañeros tenían repajolera idea de lo que yo estaba hablando, porque sospecho que un público conocedor me hubiera catapultado al Averno de los ignorantes osados. La ventaja era que yo tampoco sabía realmente de lo que estaba hablando. Pero buena voluntad y entusiasmo si demostré. Y a raudales.