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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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El paso por el Instituto San Isidoro marcó tanto mi vida que fue determinante para la orientación profesional tras terminar la carrera. El cambio lo sentí como algo fulminante. No recuerdo temores, pero conociéndome, a buen seguro estaría bullendo de angustia en las fechas previas al comienzo de curso. No sólo por hallarme solo y sin compañeros conocidos, en un entorno distinto, también influirían en este estado de ánimo las admoniciones que todos mis familiares habían ido haciéndome, como he señalado antes, sobre el alto nivel que se impartía en la enseñanza estatal. Esta perspectiva a buen seguro ahondaría la falta de confianza en mí mismo con que la naturaleza ha regalado mi existencia. Mi primer choque con aquella realidad diferente al colegio religioso sobrevino el primer día de clase. Acostumbrado a ponerme en fila en el patio, a entrar ordenadamente por grupos en el edificio donde se hallaban las aulas, en el Instituto la masa estudiantil se agolpaba en el patio trasero y cuando sonó el timbre, se aprestó en pelotón a entrar por las puertas de acceso al edificio. Sin prisas, sin apretones más allá de lo razonable, pero caóticamente. Nada de filas, ni de grupos. Previamente, todos debíamos saber nuestro grupo y nuestra aula. Y eso era suficiente. Luego, cada uno que buscase su ubicación. El contraste fue tan poderoso que todavía guardo en mi memoria la imagen de aquel momento. De ahí en adelante, todo consistió en una cascada de diferencias entre uno y otro modelo de organización docente y de mentalidad. Creo que por primera vez en mi vida experimenté un cierto aire de libertad. No en exceso, ya que la disciplina existía. Un poco más relajada que en el colegio, pero existía. Y sería por la edad o por el ambiente, percibía la falta de esa violencia soterrada y contenida que veía entre los alumnos del colegio y que con frecuencia, además de las agresiones entre iguales, se manifestaba en una auténtica crueldad con aquellos profesores que no podían mantener la disciplina dentro del aula. Nada de eso vi en el Instituto San Isidoro y, salvo alguna excepción, las faltas de respeto nunca pasaron de leves muestras de indisciplina sin más trascendencia.

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