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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Me es imposible en estas líneas obviar la tremenda repugnancia que las clases de Ciencias Naturales me provocaron aquel curso de 5º de Bachillerato. Reconozco que yo iba mal predispuesto porque veía la asignatura como una intrusa cuya única función era amargar a los alumnos de Letras por esa manía de los legisladores de hacerles la vida difícil a los estudiantes gratuitamente. Fueron desde el inicio una tortura, especialmente cuando don Raimundo nos bajaba al laboratorio. Era aquel antro un habitáculo con reminiscencias del siglo XIX, época de la fundación del Instituto San Isidoro. Había en una esquina un esqueleto completo de ser humano. Una leyenda volandera por el centro afirmaba que perteneció a un bedel que lo donó a su muerte para el laboratorio. Saber que aquello no era una composición artificial, sino plenamente natural me ponía los pelos de punta cada vez que pasaba a su lado al entrar en aquel cubículo. Porque para más refocile, el bedel nos daba la bienvenida desde su percha justo al lado de la puerta de entrada, con lo que su visión era inevitable. Lo peor era una serie de frascos de diverso tamaño que se alineaban en ante los ventanales donde yacían bañados en formol toda clase bichos. Sólo su recuerdo me provoca náuseas. Ver a gatos, cachorros de perro, lagartijas, ratas, serpientes y demás fauna nadando en aquel líquido fangoso me despertaba sensaciones que posteriormente interpreté como fobia. Y es que, efectivamente, tengo fobia a los animales muertos. Me descompongo, me dan ganas de salir corriendo. Pero no podía hacerlo en ese momento y debía pasar junto a aquel museo de los horrores apartando la vista, con el temor de entrar en un ataque de pánico inminente. Don Raimundo estaba enfadado conmigo porque en su asignatura apenas pasaba del 5, mientras que en el resto era casi siempre de sobresaliente. Pero no podía dar más de mí. Recuerdo con horror aquella clase en que hubimos de traer ranas para hacerles la vivisección, o cómo dejé de comer mejillones durante mucho tiempo cuando me enteré de lo que entraba por mi boca. Sólo me llamaba un poco la atención la parte de paleontología, por eso del pasado y de su conexión lejana con la Historia. De lo demás, sólo pánico y espanto. Muchos domingos debía ir al campo para coger bichos, o flores, o hierbajos, yo que odiaba el campo en aquellos tiempos. Con los pedruscos y minerales pasé por un proceso experimentado como inquisitorial. Las piedras no me decían nada, no me comunicaban nada. Y sólo gracias a que don Raimundo era despistado, aprobé el examen de mineralogía. No recuerdo cómo, el caso es que algún compañero con más atrevimiento que los demás, se acercaba a la mesa de don Raimundo y leía directamente la identificación de los pedruscos para decírnosla a los demás. En fin, abandonar aquella materia fue uno de los mayores alivios de mi carrera estudiantil. Y don Raimundo me puso mejor nota de la que merecía al final de curso, supongo que por cabezonería suya.

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