892.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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La otra etapa de la historia del espíritu griego que cautivó mi interés fue el mundo bizantino. Tampoco se me han olvidado los momentos en que ese período y sus características se me hicieron presentes. Fueron dos las epifanías. En primer lugar, un libro que encontré de casualidad en la biblioteca del Instituto. No conservo en la memoria su título ni su autor, aunque me suena que fuera uno de los más famosos eruditos en el mundo bizantino. La portada del libro mostraba una imagen en primer plano del rostro de la emperatriz Teodora extraído del mosaico de San Vital de Rávena. Introducirme en aquel universo me dejó anonadado. Se desplegó ante mí una cultura mezcla de Atenas, Roma y Jerusalén cuyo medio de expresión lingüística era, otra vez, el griego. Caí en sus redes. El otro instante crucial fue el acceso a uno de los capítulos que el escritor austríaco Stefan Zweig dedicó a los momentos estelares de la humanidad. Concretamente, el que trata sobre la caída de Constantinopla en 1453. Era una de las obras que incluía un tomo con la producción  completa del escritor que se publicó en España en los años sesenta, creo, a cargo de la Editorial Juventud. Se hallaba el libro en la biblioteca de mi padre y, como en el caso anterior, cayó en mis manos de casualidad. Aprovecho para decir que también aquel instante sirvió para hacerme un apasionado de Zweig, cuyas obras atesoradas en las estanterías de mi casa devoré. La lectura de las páginas sobre el destino fatal de la Nueva Roma embellecidas por el estilo fluido y rico del autor llenó mi imaginación de entusiasmo y de tristeza, al tiempo. El destino fatal de aquel imperio me encogía el corazón cada vez que leía las descripciones que Zweig hacía de aquel momento estelar. Me seducían el orgullo bizantino de sentirse heredero de Grecia y de Roma; de ser también cristiano, como era yo entonces; su resistencia frente al salvajismo turco, la impasibilidad del resto de la cristiandad ante su ruina, el desprecio que sufría de sus hermanos, la defensa final sin esperanzas, pero honrosa. A lo largo de algunos años, releí más de una vez aquel capítulo. Compré algunos libros de historia de Bizancio y me recuerdo a mí mismo un verano en Málaga, en casa de mis tíos, empapándome un tomo sobre el asunto, cuyas páginas desprendían un olor muy particular que todavía conserva cuando me acerco a mi biblioteca, lo veo, lo saco de la estantería y lo paso por mi nariz. Luego, ya en la Universidad, busqué más libros para leer sobre Bizancio. Hubo altibajos en mi interés, pero era un apartado al que volvía con recurrencia y pasión. Mi primer artículo, que nunca fue publicado, fue sobre la caída de Constantinopla. Iluso de mí, un estudiante de 2º de Filología, pretendía enviarlo a una revista de divulgación histórica, pero nunca salió de la carpeta en la que feneció mecanografiado. Con todo, siempre me quedó el regusto de no poder abarcar tanto como hubiera querido con mi conocimiento aquel mundo. Pero es tan enorme la historia de Bizancio que es difícil.

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2 comentarios on “892.”

  1. Luis Venegas dice:

    Buenos días Emilio. Como sabes, estoy recién llegado de Italia. El jueves de la semana pasada pude contemplar y admirar los mosaicos bizantinos San Vital y de otras iglesias de Rávena. Qué casualidad que tu comentario los cite hoy. No puedo narrar la emoción que sentí al estar delante de tanta belleza. Abrazos

    • Emilio dice:

      Tiene que ser algo impresionante contemplar en vivo y en directo esas maravillas. Siempre me admiró la destreza de aquellos creadores que pudieron reproducir los rostros de las personas mediante simples piezas de mármol o de barro con pasta vítrea, por no decir el resto de detalles.


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