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ABDUCCIÓN

Vigilan el planeta desde hace millones de años. De hecho, son ellos los que hundidos en el hontanar del tiempo sin fronteras deciden implantar en una de las especies vivas, la más apropiada a su juicio, una chispa de iniciativa para convertirla en su réplica. Es la labor más generosa que nunca llevan a cabo porque no realizan esa donación en ninguna otra parte del universo. Saben que su gesto está lleno de incertidumbre. Sospechan que el componente natural, y por tanto despiadado, de esos animales primará sobre el grano que ellos depositan en su genética. Les mueve a su gesto la atracción que el planeta les provoca. Les gusta frecuentarlo. Los bosques, los mares, los desiertos, los cielos, las selvas, las llanuras, la fauna, la flora, todo les llena de asombro y les llama como quien busca esa energía que cualquier criatura viva del universo precisa para seguir siendo. Por contraste, porque su hogar a millones de años luz es menos feraz, menos variado, más monótono y austero.  El curso de los eones les da la razón, pero no se sienten con fuerzas para eliminar su obra de la superficie de ese planeta perdido en un rincón del cosmos. Vistos los resultados, nunca dejan de supervisar la evolución de sus criaturas, por más que el espanto supere a la admiración en una inmensa cantidad de ocasiones. En sus visitas, suelen tomar prestados algunos de los especímenes de esos seres cuya capacidad de iniciativa ellos regalaron. Los sujetos son sometidos a estudios minuciosos y luego devueltos a sus cubículos con un lavado de memoria que salvaguarda el extremo respeto que siempre han desplegado. Sin embargo, en el curso de los exámenes, las muestras permanecen conscientes y saben dónde están. Les interesa ese estado para penetrar mejor en las entrañas de sus cerebros y de sus cuerpos. En todos los millones de años de inspección, nunca se les da un caso similar. Es difícil que se presenten novedades en un objeto cuando ha sido observado y analizado a lo largo de un lapso tan prolongado de tiempo. Ese ejemplar, rodeado de instrumental de laboratorio, plenamente sereno a pesar de su situación, con un cierto grado de euforia contenida les ruega insistentemente que se lo lleven a su planeta y no lo hagan volver a su entorno. La circunstancia provoca un debate entre los científicos y los encargados de la organización. Finalmente, ellos, como dioses que son, deciden enviarlo de regreso a la Tierra.

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