910.

ESTAMPAS ANDALUZAS

Sólo están ellas dos en la tienda. Es una hora temprana de la tarde en los inicios del verano y el calor comienza ya a herir los cuerpos y las mentes de los parroquianos. En la penumbra buscada del interior, la clienta se sincera con quien despacha. Dice que tiene dinero, mucho dinero, aunque su porte, sus bienes, sus palabras, sus ropas lo desmientan. Y comienza a desgranar la serie de casualidades que le han permitido acceder a ese nivel económico cuidadosamente camuflado. Porque la mujer reconoce que todo ha sido cuestión de buena suerte. Que si una propiedad vendida en la cresta de la ola de los precios inmobiliarios, que si un pariente con buenos dineros y campo, sin herederos, que le deja todo lo que posee, que si el marido, ya muerto, tenía algunas cosillas. Algo destila la mujer al otro lado del mostrador que le hace confesar sus secretos. Puede que sea la soledad, la oscuridad, el calor o la falta absoluta de un interlocutor que la escuche en el día a día. Finalmente, como colofón de su buena suerte, le reconoce que también cobra una paguita. Porque, oficialmente, la mujer es una deficiente mental que no puede ganarse la vida por sí misma. Le narra cómo de pequeña la aleccionaron para que se hiciese pasar por tal e incluso fue sometida a algunas pruebas de las que salió un diagnóstico que le franqueó la paga para toda la vida. Al menos, piensas cuando te enteras de la historia, ese subsidio lo aporta una fundación creada por una aristócrata y no por el dinero de los contribuyentes. Quien no se consuela es porque no quiere.

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DISTANCIA

El hombre sabe que algo no va bien cuando habla la última vez con ella. Son esas señales que el cerebro capta de forma instintiva y que precisan de labor experta para ser entendidos racionalmente. Ése no puede ser el caso del hombre. No se trata más que de un ingeniero aeronáutico, especialista en propulsión cuántica, alejado de cualquier atisbo de interés en los entresijos del sistema neuronal. Ni falta que hace, piensa. Ya se basta y se sobra el entrenamiento de millones de años de evolución para que no sea necesaria una palabra expresa en el momento de percibir movimientos sospechosos. Ella se muestra fría, taciturna, inexpresiva, lacónica. Es el último paso en una rampa descendente que se viene pronunciando desde hace unos meses. Tampoco le debe suponer un acontecimiento extraño. En los entrenamientos psicológicos antes de la misión, los neurólogos se lo advierten. Entonces, todo le parece firme, dentro de la inevitable porción de imprevisibilidad que existir lleva consigo. Su matrimonio está cimentado en bases sólidas, sus hijos están siendo criados de forma razonable y con una respuesta razonable también por parte de ellos. No hay problemas económicos ni cuentas pendientes, materiales o espirituales. Con todo, él se ausenta de su hogar durante unos años. Y la distancia es la peor de las levaduras para que la masa aumente y llegue a reventar. En este momento, mientras avanza por el pasillo hacia su apartamento en la base del planeta GHB 274, teme que la siguiente conexión con la Tierra le traiga el documento de divorcio firmado por ella. Y no tendrá que esperar a que regrese. Bien ha previsto el gobierno que cualquier trámite con la Tierra sea legalmente válido sólo con la grabación de vídeo. La distancia mata el amor, se dice. Sobre todo cuando hay trescientos setenta y cinco años luz entre los amantes.


908.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

28

La Universidad, en suma, presentó el contraste que ya sospechaba. Las advertencias fueron ciertas e, incluso, fueron más allá de lo esperable. Pagué la novatada del primer curso, especialmente, en lo relacionado con la gestión del estudio. Como un pardillo, eché cuenta de las listas de bibliografía que los profesores daban. Todavía me es traumático recordar cómo intenté bregar con los libros de Lingüística, donde la estrella era esa disciplina evanescente llamada Semiótica. Pasé tardes en la biblioteca de la Facultad intentando verle el sentido a aquella sarta de obviedades elevadas a la pretendida categoría de ciencia, rodeado de los libros que se recomendaban en la bibliografía de la asignatura. Hasta llegué a comprar alguno. Con el tiempo me di cuenta de que bastaba con soltar en los exámenes lo que el profesor había dicho en clase y que las cacareadas ampliaciones de los temas corrían el riesgo de que alguno de aquellos docentes creyera que uno se estaba pasando de listo. Porque otra de las características que advertí en la Universidad era la mentalidad funcionarial que reinaba en las cabezas de la mayoría de aquellos profesores, en el sentido de cumplir con lo estrictamente necesario y no consumir mucha energía en una labor cuyo ejercicio, fuera como fuera, nunca redundaría en ningún incentivo intelectual o material. En ese sentido, la experiencia universitaria fue frustrante. Había excepciones, como en todo; pero la tónica dominante era la mediocridad. Algo menor era esa medianía intelectual en los profesores de Clásicas, pero la mentalidad del mínimo esfuerzo persistía, y la falta de ambición docente y humana. Posteriormente, supe que la obligación de enseñar es algo generalmente despreciado y que la prioridad entre los cuerpos docentes universitarios es la investigación y el engrosamiento de unos currículos que permitan la escueta promoción profesional, lo que da más fácil acceso a una jugosa serie de sinecuras de las que disfrutan los profesores universitarios. Entre estas prebendas está esa versión del turismo de alto standing con todos los gastos pagados que son las invitaciones a congresos, jornadas, seminarios etc.; la formación de un círculo de colegas cercanos que se reparten por turnos las sinecuras de tales acontecimientos, la publicación de libros por los servicios editoriales de la Universidad sin poner demasiados obstáculos en cuanto a la calidad del producto y demás prebendas de las que un profesor universitario que sepa gestionar bien su posición conseguirá gozar. Por supuesto, en cinco años de carrera nunca me encontré con ningún profesor que viera en el estudio de las Humanidades Clásicas nada relacionado con una visión trascendente del fenómeno humano, ni un motivo para reflexionar sobre el ser del hombre, sobre la concepción del mismo en la civilización occidental, ni nada semejante. Nada de crear humanistas entre los asistentes a las clases, ni de aprovechar la fuerza vocacional que teníamos la mayoría de nosotros para crear auténticos misioneros del Humanismo. Las clases de Esperanza Albarrán se convirtieron en un pasado glorioso. La despreocupación por el alumno iba de soi, salvo el encasillamiento de los estudiantes como alumnos de sobresaliente, de notable, de aprobado, de suficiente o simple escoria que debería estar estudiando Hispánicas en vez de Clásicas. Y no se podía alegar el número de estudiantes, excusa aceptable en las materias comunes de Filología donde en las aulas podíamos juntarnos más de un centenar de personas y que frustraba las buenas intenciones de algún profesor más comprometido que la media con su trabajo. Mi promoción nunca pasó de contar con más de trece alumnos. Algún caso hubo de enfoque diferente de las materias y de nuestra función como filólogos clásicos, pero fueron muy escasos y estuvieron más cerca de una pose vacua y esperpéntica que de una sentida visión alternativa de nuestra presencia en las aulas y, posteriormente, en la sociedad.


907.

Tu hijo acaba de comprarse un perro y le ha puesto de nombre “Turco”. Cría cuervos…


906.

DISCRECIÓN

La ceremonia es breve y deslucida. Por mucho que intenten reparar la sequedad, un matrimonio civil es siempre más pobre que el matrimonio católico. Si hay suerte y la iglesia no es moderna, el entorno negará con su despliegue de ornamentos y siglos los complejos que el clero contemporáneo siente ante su tradición. El hombre, en cierto modo, agradece el matrimonio ante el juez porque la gente parece respetarle más con su silencio que al cura, quien en los últimos tiempos debe esforzarse, inútilmente, por mantener embridada la escandalosa grey. Se casa la hija con ese joven tan atractivo, tan trabajador, tan amable y educado. Pero es que ella tiene la misma personalidad. Son parecidos y eso es una cierta garantía de permanencia. Si llegan a los quince años, es un triunfo. O, al menos, considera el hombre, que dé tiempo a que los hijos salgan de la adolescencia y encaren las tribulaciones con una cierta serenidad. La ceremonia transcurre y concluye. A la salida, los parabienes casi furtivos mientras la congregación se dirige rauda a la salida del Juzgado. La secretaria judicial advierte antes de la ceremonia a la masa reunida en la planta que se ha de desalojar con rapidez para dejar el sitio a las parejas y asistentes que siguen en el turno. Mientras baja las escaleras (mayestáticas) del edificio, el hombre lanza una mirada a su hijo. Ha venido, finalmente. El personaje aparece y desaparece. Nadie sabe a qué se dedica. Se sospecha lo peor y ya ha pasado por la cárcel. Las vidas del hombre y la de su mujer están heridas por los hechos que protagoniza el hijo. Desde que nace es un problema. Nunca deja dormir de noche, cuando crece es un trasto; cuando va al colegio, un desastre; cuando entra en la adolescencia, un suplicio. Y luego, mejor no recordar. Su presencia se agita en la memoria del hombre, acaparada casi exclusivamente por sus acciones. Pero es el hijo y nunca se ve con fuerzas para rechazarlo, expulsarlo de su vida y olvidarse. Así, como el hijo pródigo del Evangelio, siempre se le recibe bien, aunque su aparición venga acompañada con un golpe a la cartilla de ahorros, con las preguntas de algún inspector de policía, o las llamadas bien entrada la noche al teléfono de casa. Se hace fotos con los recién casados. Ella nunca le decepciona, nunca da problemas, es el pilar más firme de su vida. Tanto que, en ese instante, rebuscando en sus recuerdos, sólo sale a flote la imagen de ella, niña, saliendo del colegio con la mochila colgando de su brazo y sonriéndole. Sólo ese recuerdo. El resto es vacío.


905.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Al poco tiempo de empezar las clases, murió Franco. Recuerdo que aquella mañana, todavía en la cama y pensando en levantarme para ir a la Facultad, mi padre entró en mi cuarto y me dio la noticia. Inmediatamente, me vino a la memoria el asesinato del almirante Carrero Blanco unos años antes y el hecho fundamental para mí de aquella jornada: las clases se suspendían. Bien empezábamos. Al hecho de iniciar tarde el curso había que unir el cierre de la Facultad por un tiempo. La verdadera importancia de los hechos históricos se percibe con mayor claridad cuando se los observa pasado el tiempo. Es un fenómeno semejante a la percepción que tienen de una batalla quienes participan en ella mientras están involucrados en la acción, y que es tan diferente a la que, una vez pasado el trance, dan a conocer los historiadores y los estudiosos. Tantos acontecimientos he vivido que en el momento de su paso los experimenté sin la zozobra o la sensación de punto crítico que posteriormente, al leer o ver documentales sobre el hecho concreto, parecen poseer. Murió el Caudillo y no pasó nada. Era algo esperado, por otra parte. Llevaba tiempo agonizando y, como se supo luego, mantenido en vida artificialmente con una crueldad que sólo el trato con el poder sabe imprimir en la existencia humana. En medio de esos momentos históricos (habría que engolar la voz al pronunciar estas palabras) lo que más me llamó la atención fue que al oír en la radio hablar por primera vez de los “Sus Majestades los Reyes” a mí me acudía a la memoria la cabalgata de los Reyes Magos. Normal, hasta entonces, sólo había habido otras Majestades y eran los tres magos de oriente que cada año traían regalos. Al escuchar la expresión creo que me dio un poco de risa. Pronto me acostumbraría a aceptar el hecho de que hay varias Majestades en la sociedad española. Con todo, creo suponer que me veía inundado de alguna inquietud. Hoy en día, una parte de los españoles que nacieron después de ese período, que se ha venido en llamar “Transición”, desprecian la actitud de quienes la vivimos, tanto responsables políticos, como la sociedad en general. No se me caen los anillos si los califico de peligrosísimos ignorantes y de presuntuosos nocivos. Ellos no saben lo que la gente pensaba en aquellos momentos, el pulso de la población española, la agitación íntima que sacudía buena parte de nuestras almas. A mis 16 años de edad, yo tenía bien claro que la Historia de España había sido sangrienta durante mucho tiempo. La propaganda de un régimen basado en una victoria militar de media nación sobre la otra media tenía como fundamento recordarnos que, efectivamente, “en este país hubo una guerra”, como decía uno de los versos de la canción emblema del momento: Libertad sin ira. Todos, incluidos los sectores ideológicos de la izquierda, estábamos comprometidos con un cambio en el que no hubiera sangre, ni fusilamientos, ni las escenas pasadas de gente llorando junto a las tapias de los cementerios. De aquel tiempo me queda la sensación de prevención junto con cierto temor y la ilusión en un tiempo nuevo. Pronto comenzaron los debates, los desencuentros, las discusiones, pero había, creo, un acuerdo general de que esta vez los españoles lo íbamos a hacer de forma civilizada, sin muertos. Y así fue. Salvo el terrorismo nacionalista y comunista (el de derechas fue mínimo comparado con éste), marginal a pesar del enorme dolor que ha causado durante tanto tiempo, salvo las reticencias del Ejército, salvo las rémoras y los miedos, España dio un ejemplo al mundo. Ahora hay muchos que se avergüenzan y pretenden dar marcha atrás. Mi confianza reside en que la masa de la población vive ajena a las empanadas mentales de una élite que, como en otras ocasiones anteriores de nuestra asendereada historia, no está hoy a la altura que requieren las circunstancias. Aunque conviene tener un buen punto de reserva mental ante los perjuicios que esa élite, tan pagada de de sí misma como indocumentada, pueda ejercer sobre un pueblo de cuyo nivel de conciencia política e histórica me permito tener serias dudas.


904.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Y he aquí que con 16 años entré en la Universidad. Edad increíble para la mentalidad actual. Las razones de tan temprano acceso al Alma Mater fueron dos. De un lado, cumplo años en Diciembre. Siempre empezaba los cursos con un año de edad adelantado al que la ley prescribía. De otro lado, los planes de estudios de la Enseñanza Media que yo cursé tenían un curso menos que actualmente, de modo que los alumnos salían de los institutos camino de la Universidad con 17 años. De este modo, me vi paseando por los pasillos y aulas del nivel superior de enseñanza con la edad que actualmente tienen quienes entran en el Bachillerato. Pronto cumplí los 17 y, como era habitual, me puse a la altura de mis compañeros. En aquel tiempo, los primeros cursos de Filología se impartían en la antigua escuela de Bellas Artes, sita en la calle Gonzalo Bilbao. La ilusión de mis compañeros y la mía era entrar en el edificio noble de la institución, la Fábrica de Tabacos en la calle San Fernando, pero eso hubo de dejarse para el 2º de carrera. La sensación era levemente de marginación, sin que tampoco provocara un trauma. Las impresiones eran totalmente nuevas. Las clases de asignaturas comunes eran multitudinarias, en profundo contraste con las del instituto. Para mí horror, me topé con don Vicente García de Diego en Latín. Huí de él en el Instituto y me di de bruces con su presencia en Primero de carrera. Precisamente, uno de los aspectos de su clase que daba muestra de su despiste era que se empeñaba en pasar lista a los ciento y pico de alumnos que nos apiñábamos en el aula, que preguntaba en clase y que no era raro que hiciera intervenir dos veces al mismo alumno. Los pitonisos habituales en los cambios de etapas vitales ya me habían advertido que la vida del alumno en la Facultad era muy diferente de la vida del bachiller. Aquí nadie se iba a preocupar de ti, los profesores no iban a conocerte, las habichuelas dependían de ti más que nunca, y demás despliegue de advertencias agoreras de dificultades que, supongo, incrementarían la angustia que siempre me acosaba al inicio de cualquier curso, desde la Primaria hasta el último año de carrera. Las clases de las opcionales eran menos numerosas, especialmente, las de Griego. Se dio la circunstancia de que coincidimos en esa optativa un grupo de gente que seguimos hasta el final de la carrera de Filología Clásica. Éramos en torno a quince o dieciséis, con alguna incorporación en años posteriores. Formamos un grupo cohesionado y amigable que contrastó siempre con la competitividad y el ambiente cargado que solía cernirse sobre los estudiantes de Clásicas en el resto de las promociones. Buena parte de ese clima se debió a que el sector más nutrido del grupo lo constituían un grupo de chicas que venían todas del Instituto Velázquez, con vinculaciones entre ellas ya vivas de cursos previos. Los chicos nos adherimos a ellas y, creo, asimilamos las relaciones afectivas de ellas. A esta primera particularidad se unió el hecho de que, como suele ser habitual en España, los trabajos de renovación del edificio no estaban terminados cuando empezó el curso. Nos hubimos de meter en las aulas entre la parafernalia propia de tales situaciones: plásticos, herramientas, albañiles, algún que otro ruido molesto. Me parece recordar que el curso empezó tarde precisamente por ese motivo. A esta causa se unió otra de mayor envergadura que motivó un nuevo parón en las clases al poco de empezar a saborear los olores de pintura fresca junto con la sensación de pertenecer a otro estrato social, el de estudiante universitario.