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ARCHIVO

Pasa la mano por la pantalla y un pitido asiente al gesto. Ya está concluida la labor, la puerta está cerrada; el edificio, sellado. Las brumas del atardecer de la estación húmeda se ciernen agoreras sobre las espaldas del hombre. Mira al cielo. Las estrellas están ya abriéndose sendero entre la maraña vespertina. Todo ha terminado. La lluvia tímida, esperada, comienza a desgranarse. El hombre camina en dirección opuesta a la entrada de la Gran Casa donde consume toda su vida profesional desde que accede al puesto de Archivero Mayor. Hace muchos años atrás, a mediana edad, tras un duro proceso de selección, como es costumbre en todo aquel que pretende trabajar para las instituciones. Ha de estudiar, hacer prácticas, desenvolverse por archivos menores, hasta que la oportunidad, la gran oportunidad de su vida se eleva ante sus ojos. Y cuando consigue el puesto, a pesar de ser consciente de la responsabilidad que se desploma sobre sus hombros, su satisfacción es grande por la labor que se perfila en los años venideros. Archivero Mayor del Gran Archivo Confederal de Nueva Arcadia. Toda la historia, la cultura, el saber conservado entre los muros de la Gran Casa, como llaman los trabajadores a aquel cubo de metal y cemento que se levantó, hace muchos siglos, en el solar de un entorno ameno y dulce. Al sonido de los pasos del hombre, camino de su vehículo, rumbo a su hogar, donde le espera su mujer y un retiro acorde con la categoría de la que ha gozado durante tantos decenios, la oscuridad se deja caer lentamente sobre el bosque que rodea el edificio, la zona de aparcamiento, la aerovía que surca el cielo en las proximidades. Un sector de ocio en la lejanía aporta un leve zumbido de actividad humana al entorno silencioso. En la Gran Casa se guarda con esmero, dedicación, cariño el mundo de los Padres Fundadores, aquellos que hace mucho tiempo abandonan la Tierra, ya a punto de perecer por ancianidad, y parten a las entrañas del universo en busca del aquel planeta localizado como nuevo hogar para la especie. Llegan, se instalan, lo bautizan Nueva Arcadia y comienzan la labor de recrear una nueva civilización. De eso hace ya siglos y siglos. Tantas generaciones han pasado desde que aterrizó la nave primigenia. Hoy nadie tiene interés en aquellos tiempos, nadie tiene curiosidad por la hazaña de los antepasados. Por eso, el Gran Consejo Confederal decide que el archivo debe clausurarse cuando su responsable superior llegue a la edad del retiro. Agradece, en el fondo, que no derriben el edificio, o lo vacíen para darle otro uso. Sencillamente, su mano ha dado la clave para que las puertas concluyan con su sonido al cerrarse la memoria de unas gentes cuyas vidas y logros ya nadie tiene curiosidad en conocer. El hombre accede a su vehículo, mueve los mandos y se incorpora a la aerovía. Mientras, echa una última mirada a la Gran Casa. Una resignación compasiva le cruza la mente cuando advierte que sólo él sabe ya la razón de que el planeta donde viven sus congéneres tenga el nombre que tiene.

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