925.

Δεῖ δὲ πρὸς τοὺς ὑποκειμένους καιροὺς τὰς πράξεις θεωρεῖν.

Debemos contemplar los hechos de acuerdo con sus circunstancias presentes.

Plutarco, Comparación de Solón y Publícola, 4.3.


924.

REGRESO

La nave espera el permiso de atraque en el cosmódromo. Mientras la torre de control gestiona la solicitud, se mantiene acompasada en órbita alrededor del planeta, observando el girar de esa bola rojiza pegada al telón azul oscuro del universo. A través de una ventanilla, el comandante observa el fulgor de las ciudades allá abajo. La órbita, lenta y cuidadosa, le facilita la visión de tantos enjambres de luminarias como se esparcen por los continentes, el pardo de los inmensos desiertos, el ocre de los mares. Ha sido un largo viaje de ida y de vuelta. La tripulación está cansada y el comandante achaca el agotamiento no tanto al esfuerzo físico, como a la decepción que las mentes de todos cargan sobre sus espaldas. El túnel cuántico permite que la brecha entre el planeta originario de la humanidad y su hogar quede reducida a unos segundos de sueño en hibernación, pero la entrega, los largos preparativos, las labores investigadoras sobre el terreno, la inspección detallada durante varios años y demás trabajos pasan una factura difícil de amortizar. Regresan con el corazón encogido y dispuestos a revelar sin piedad los hechos de los que son testigos. Efectivamente, como se sabe, después de miles de años, aquel enclave perdido recupera su aspecto anterior a la Gran Catástrofe que obliga a los ancestros a emigrar al planeta donde ahora retornan. Bajo la capa de vegetación, de desiertos o de  agua, es fácil hallar los testimonios de los primitivos humanos y los efectos de su actividad pasada. Hay seres vivos que denotan su evolución desde aquellos que describen los viejos archivos traídos en el éxodo. El aire es limpio, los mares están vivos y las tierras, dependiendo de su ubicación, son fértiles de nuevo. Pero no han encontrado humanos y sólo los amasijos de metales y hormigón evocan un antiguo triunfo sobre la naturaleza. Vuelven a casa con el ánimo herido. Los miembros de la tripulación no han podido disfrutar del planeta madre, ni entenderlo más allá de la elaboración teórica que supone ocupar mentalmente el lugar de los predecesores. Sus cuerpos no aguantan la gravedad tan ligera, la atmósfera es tan diferente que deben llevar botellas de oxígeno; las aguas, los alimentos, el sustento son tan distintos que han de recurrir a procesarlos con los medios que transporta su nave. Y regresan con la duda en sus almas, dispuestos a comunicarlos a sus congéneres. ¿Es aquél el paraíso que describen los viejos archivos de los antepasados?


923.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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            Mi inclinación por la filosofía griega pervivió durante la carrera, aunque mi exclusiva entrega a la superación de las materias oficiales me limitaba la lectura de esos temas a los meses de verano. Y a ello me dediqué, siempre a través de manuales o ensayos, ya que me era imposible acercarme a los textos originales. La pesada maquinaria que debía poner en funcionamiento para acudir a ellos me disuadía de la tarea. Me refiero a que no conocía otro modo de acercamiento de los textos que armarme de papel, bolígrafo y diccionario. Y eso sin garantías de que el resultado no fuera sino un galimatías incomprensible que requiriese de una traducción para ser comprendido.  Conclúyanse los desastrosos resultados de aquellos métodos cuando se piensa que yo era de los mejores alumnos. En todo caso, un verano me leí la traducción de la Política y la Poética de Aristóteles, los recuerdos más vivos que tengo a este respecto y que ocultan otras lecturas cuya memoria ha volado. Lecturas con subrayados y extracción de citas en unas fichas que todavía deben de yacer en alguno de los archivadores que acumulan polvo en las estanterías más altas de mi biblioteca. Esta afición por el pensamiento griego incidió en mi convicción de que la Filología debe ser algo más que el simple centón de casos concretos en unas materias y de la típica relación de la Historia de la Literatura en otros. Años más tarde, leí El nacimiento de la tragedia en la traducción clásica de Andrés Sánchez Pascual. Fue un destello que todavía me deslumbra. Friedrich Nietzsche fue profesor de Griego antiguo en una universidad suiza. Sin embargo, aunque filólogo, observó la realidad de la Grecia antigua desde una óptica mucho más amplia que la simple crítica textual y literaria. Eso era, justamente, lo que yo quería ver en el mundo griego de la Antigüedad. No necesito destacar que, aparte de la ampliación de horizontes, la visión de una Grecia pesimista me llenó de fascinación. Con ese Nietzsche me quedo, con el de su época de profesor de Griego, con sus enfrentamientos contra Ulrich von Willamowitz y los filólogos del momento. Dejo ahí la lectura y aprovechamiento del filósofo alemán, cuyas elucubraciones posteriores me parecen aborrecibles y producto de una mente calenturienta y desequilibrada, aunque tremendamente inteligente, por más que a los adalides de la destrucción de Occidente les encandile. De ese modo, a mi juicio, puede ser interesante leer a Tucídides, por ejemplo, atendiendo a su estilo, a las dificultades de expresar en una prosa incipiente el pensamiento complejo que lo poseía y demás aspectos relacionados estrictamente con el lenguaje; sin embargo, me resulta mucho más estimulante ver en el historiador justamente lo que él pretendía con su obra, un análisis de la naturaleza humana, tanto en su aspecto individual como colectivo, puesta en contacto con el poder y con la guerra, su manifestación más patente en aquellos tiempos. Y, a partir de ahí, extraer  enseñanzas para entender nuestra realidad actual vista a través de un método que, precisamente por lejano, puede aportar la objetividad que a nosotros por estar inmersos en el presente no se nos permite. De este enfoque no se salvaría ninguno de los autores de la época clásica y muchos de las épocas posteriores. Aquel momento fue decisivo justamente dado que por vez primera en la historia de la humanidad una mentalidad daba acceso a que el ser humano se hallase solo ante el mundo y que no tuviera sino que recurrir a sus propios medios para entenderlo. Porque idéntica situación atraviesa el ser humano en Occidente en los tiempos que corren. Muertos los dioses, no nos queda sino el ser humano para hallar medios que nos permitan sobrevivir en las mejores condiciones.


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Siguiendo con el aspecto puramente lingüístico de la enseñanza de las lenguas clásicas, hoy en día, lo que a mi juicio debe primar es la comprensión lectora de los textos. Todo debe subordinarse a ello. La teoría abrumadora y erudita debe quedar para los muy especializados. Debo reconocer que si uno estudia la carrera de Filología, debe centrarse en la lengua en cuanto que producto puesto por escrito en textos. Eso es evidente; pero no contradice el hecho de que lo fundamental sea la comprensión de esos mismos textos y que la exhaustividad no ayuda. Es mucho más útil la simple práctica de la lectura. Uno enfocaría las antiguas Fonéticas, Morfología y Sintaxis más con idea de ofrecer al alumno herramientas de consulta y aproximación para las ocasiones en que sea preciso profundizar en un determinado aspecto que llame la atención, pero nada de memorizar las miles de páginas con ejemplos escudriñados hasta el agotamiento en el cuerpo de los textos. En este sentido, y aunque siempre me pareció que el estructuralismo es un enfoque simplista, fue muy clarificador el enfoque de Lisardo Rubio en su Introducción a la sintaxis estructural del latín (Barcelona, Ariel, 1989). Posteriormente, cuando hube de dar clase, me sirvió de modelo para mi tarea, dentro de un tímido acercamiento a un modo diferente de enseñar la gramática, dado que estas reflexiones son muy posteriores a los tiempos en que ejercía de profesor en el instituto. A fin de cuentas, toda la sintaxis casual, por ejemplo, se puede enseñar de modo simple acudiendo a las funciones elementales del nombre y al sincretismo de casos que los indoeuropeístas clásicos adjudican al Griego antiguo. En este intento de enfocar el aprendizaje del Griego antiguo, podría uno incluso postular los beneficios de lograr convertir el Griego clásico en una lengua viva en la que aplicar las cuatro habilidades que se exigen de cualquier otra: comprensión oral y lectora, expresión oral y escrita. No obstante, en otro momento argumentaré lo complicado de esta opción en el caso del Griego, ya que en Latín, como he dicho anteriormente, se está consiguiendo actualmente. Los casos son diferentes a mi juicio, como se verá. Igualmente, habida cuenta de que los textos antiguos no son sino la expresión de un contenido que acoge la realidad de su contexto histórico, experimenté como una falla enorme la ausencia de materias en la especialidad como Historia o Filosofía. Nada de ello se veía en los años de estudio y si se mencionaba algo, siempre era en función de un autor concreto, al que se acercaba uno sólo desde su faceta como escritor. La Guerra del Peloponeso en sí se suponía que no era de ningún interés para el aprendiz de filólogo cuando se leía a Tucídides. El contenido sólo era contemplado en cuanto que pretexto para el estudio de la expresión. Lo mismo cabe decir de casos más sangrantes como el de Platón o Aristóteles. En este sentido, recuerdo la fascinación que durante un verano del año 1977 me provocó la lectura de un librito titulado La filosofía griega de Charles Werner (Barcelona, Editorial Labor, 1973). Para mí la única referencia sobre la Filosofía fue la que me ofreció un ajado de profesor del Instituto San Isidoro, en una materia áspera y aburrida, con un método de enseñanza que los profesores salmantinos del siglo XVI hubieran considerado ya obsoleto. Como muestra, diré que en el programa se incluía un apartado dedicado a la Psicología y que su orientación tenía como base las investigaciones de Santo Tomás de Aquino. En fin, aquella materia me resultó una tortura y pensaba que eso de la Filosofía era un ente abstruso y difícil digestión para mi mente inmadura. En todo caso, leer La filosofía griega me abrió un mundo diferente, lleno de sugerencias y sustancialmente útil para un adolescente desorientado y que estaba perdiendo los referentes morales e ideológicos que habían informado su vida. Caí enamorado de la Filosofía griega y, en adelante, cuando había que repartirte la elaboración de temas entre los alumnos, siempre escogí los relacionados con los filósofos. A tanto llegó mi afición que en el último año de carrera, en la materia de Literatura Latina (que se relegara al último curso ya es indicativo), en el momento de repartir la elaboración de los contenidos de un temario que el profesor, embarcado en oposiciones y otros menesteres particulares, no pudo dar, me elegí el tema de Filosofía latina. Ya sé, bien puede tratarse de un oxímoron; pero algo hubo de eso en Roma. Todavía recuerdo la cara de extrañeza del profesor cuando le comuniqué mi elección. Supongo que, habida cuenta de mi fama, habría pensado que hubiera preferido un Virgilio o un Horacio, gente de más enjundia y peso.


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Pasados muchos años, tantos que mi descubrimiento fue hace poco, me volví consciente de la inutilidad de aquella orientación en el estudio del Griego y el Latín en cuanto que lenguas. Los resultados de mis reflexiones llegaron al mismo tiempo que la lectura del libro, reseñado en el párrafo 3, de Carlos Martínez Aguirre. Ahora me espanto de pensar en las horas y horas pasadas memorizando esa sintaxis descriptiva, detallista, plúmbea que para nada sirve a la hora de entender lo que se está leyendo. En esta materia es donde más incide mi inquina. Esos gruesos volúmenes donde se acumula la casuística de cada fenómeno no tienen para mí ahora más utilidad que la dispensada a un coleccionista de mecheros o de llaveros. Y eso que no se profundiza en el hecho de que un buen estructuralista, esa corriente de moda en los tiempos de mi carrera, nunca hubiera aceptado esa mezcla con la Semántica que había en aquella Sintaxis. Podría atacar igualmente el furor taxonómico de la Fonética o la Morfología, aunque aquí la evidencia del objeto de estudio hace menos aceptable mi ataque. En casos como la Métrica, el problema es doloroso. Porque nos es imposible captar la realidad del ritmo que tenían aquellos versos y, de ese modo, el estudio de la métrica es un compendio de teorías casi entroncadas con las matemáticas, lo que hace tremendamente árido su estudio. Mención especial merece el apartado de la métrica en la poesía coral. Los intentos de encajar aquella versificación dentro de los modelos establecidos de verso se me revelaron inútiles un buen día que estaba leyendo la letra de una canción moderna (habida cuenta de mi escasa afición a ese género, es algo casi milagroso). Percibí la imposibilidad de reducir aquellas líneas a los esquemas métricos del español. Hágase la prueba. Tómese cualquier letra de una canción de un artista de hoy en día e inténtese encuadrar sus líneas en pentasílabos, heptasílabos, octosílabos, etc. Uno podrá encontrarlos escondidos en líneas largas, o bien, desnudos y aislados en una línea. Se podrá interpretar que determinada línea consta de dos octosílabos con igual fuerza argumental que interpretarla como un endecasílabo más un pentasílabo. Al igual que pasaba en los coros de la Antigüedad helénica, lo que prima es la música, y la letra se acomoda a ésta, de modo que la regularidad se consigue mediante otros procedimientos que no sean exclusivamente lingüísticos. Así, el ajuste a la versificación oficial es secundario o inexistente. La pérdida de la música antigua, ese mal irreparable y costoso, nos impide captar la realidad del ritmo de las composiciones de un Píndaro o de los coros de la tragedia. Finalmente, otras materias como la Mitología fueron objeto de un intento de acercamiento novedoso por parte del profesor, pero quedó frustrado a mi juicio por el ansia de erudición de la que hacen gala los filólogos académicos. Nos alivió mucho que el examen consistiera en el comentario de un fragmento de un Himno Homérico (texto griego con la traducción española al lado, ya que sería imposible comentar directamente del griego); pero tener que empollar un manual con cientos de mitos y sus variantes nos devolvió la otra cara de la moneda.


920.

Debes reconocer que estamos perdiendo el impulso. Te parece penoso el aspecto que presentan las propuestas y las ideas que todos los partidos políticos plantean a los ciudadanos. España no podrá alcanzar un futuro próspero si la principal preocupación de quienes gobiernan el país es evitar que desahucien a esa minoría que sufre el problema, sin distinguir entre quienes padecen un mal momento y quienes abusan de los buenos sentimientos ajenos; si se empeñan en hacernos creer que los niños mueren de hambre tirados en las calles; si, como puritanos redivivos, quieren evitar que los señores visiten a las putas; si odian el combustible fósil y adoran las placas solares; si expulsan a los turistas y atraen a los perroflautas; si ponen cortapisas a las multinacionales, pero llaman a los inmigrantes a este paraíso donde mana leche y miel para todos y todas (sic); si el provenir descansa en un país independiente desgajado del tronco al que ha estado unido desde medio milenio atrás, donde los sacrificios y las incertidumbres que suponen el paso no van a importar a los nuevos patriotas; si el objetivo del sistema educativo es crear buenos siervos dóciles a las ideologías comunista y secesionista, etc. Es imposible terminar una lista donde no cabría una idiotez más. El futuro se está fraguando en un modelo mental donde no se debe fomentar la presencia del activista, del okupa y del comisario político, sino la del empresario, el técnico y el científico. En sus distintos niveles, desde el tendero hasta el auxiliar de clínica. Luego, cuando falte el dinero para mantener un entramado de servicios que el estado no podrá pagar porque no hay productividad nacional que proporcione los fondos, saldrán las masas a las calles para protestar contra el capitalismo y los ricos. Los políticos son el reflejo de su pueblo y no eres optimista. La mentalidad española dominante se muestra indiferente ante los retos, y ya dijo A.J. Toynbee que las civilizaciones que no superan los retos perecen. Una muestra del entorno mental existente es que nadie puede decir públicamente lo que dices aquí sin que salten innumerables perros de presa y le califiquen de fascista. Mientras, en el resto del mundo, los que se suben a la ola acabarán teniendo de sobra lo que aquí falte.


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De ese modo pasaron los cinco años de carrera. No hubo en ese lapso nada de aquel universo espiritual que en mi convulsa imaginación rodeaba el mundo clásico. Los profesores, como dije anteriormente, eran totalmente ajenos a cualquier ámbito que no fuera el estricto cumplimiento de sus obligaciones docentes. Sólo recuerdo un intento tímido y prontamente frustrado de editar un revista donde se recogiera algo de esas inquietudes que algunos teníamos. Aquello no resistió un par de entrevistas con los profesores que creíamos más simpatía podían mostrar por el proyecto. No había interés ninguno y por nuestra parte al final primó la necesidad de superar las asignaturas. Fuímonos y no hubo más. Siento, pues, reconocer aquí que no encontré maestros en aquel Departamento. Afortunadamente, ya contaba con tener de referente a Esperanza Albarrán, pero no me hubiera disgustado poder contar con un Humanista entre los recursos humanos que se paseaban por aquellos pasillos y desgranaban sus clases en aquellas aulas. Los había buenos en su materia, abundaban más de la cuenta los mediocres y los hubo malos de remate. Hubo algún profesor que de ser menos vago hubiera podido ascender a esa categoría y algún otro que, de poder bajar de su nube, también hubiera podido ejercer de maestro. Pero no fue así. Aquello era cuestión de ir a clase, tomar apuntes, embaulárselos en el cerebro y vomitarlos en el examen. Punto final. Si lo que escribías reproducía letra por letra lo contado, accedías al sobresaliente o la matrícula de honor. Luego, en escala descendente, según faltara la información dada en lo que escribías, la puntuación iba bajando. No había más secreto ni más magia. En las clases de Textos Latinos y Griegos, se trataba de traducir en casa y luego reproducir el trabajo en clase. Se daba por sentada la honradez a la hora de realizar el trabajo sin contar con una traducción ya hecha. Y así era siempre, hasta donde llegaba mi información. De todos modos, daba igual lo que se hiciera en las clases diarias. Al final, lo que contaba era el examen. Este sistema de trabajo me salvó. Porque mis traducciones diarias eran espantosas. Como ya he comentado, a pesar de la fama que siempre me ha acompañado, no soy una persona inteligente, en el sentido general del término, o sea, académico. Soy trabajador y constante cuando la necesidad aprieta; cuando no es así, la indolencia me puede. Traducir es una tarea que me ha costado mucho trabajo siempre y más en aquellos tiempos, y con el sistema de acercamiento a una lengua clásica que se estilaba entonces. Nunca he tenido esa facilidad de entender lo que hay escrito, de intuir el contenido, que veía sobre todo en algunas de mis compañeras. Nada extraño. Como es habitual, ellas están mejor dotadas para las labores del intelecto. Mi trabajo era similar día sí y día no a ese gazpacho incomprensible que los alumnos de Bachillerato ofrecen habitualmente como traducción. Sin embargo, por algún extraño sortilegio o porque mis neuronas se ponían a funcionar a todo carbón en el momento del examen, mis traducciones entonces eran casi perfectas. Esa era la tónica dominante, el trabajo diario era mediocre o malo en todas las materias que requerían una exposición frecuente en clase aparte del examen; pero en el instante de la prueba definitiva, sobrevolaba el campo de batalla con soltura. Como era previsible, nada venía gratis. Esas actuaciones eran producto de una entrega sacrificial en el altar del prestigio y de la fama manifestada en horas y horas de estudio sin tregua. El resultado final de esos cinco años fue un buen expediente académico, pero no de una brillantez apabullante, un agotamiento mental propio de una fosa abisal, un vacío existencial profundo, unas buenas relaciones de amistad y la conciencia de tener un título que, si todo iba bien, me iba a permitir vivir el resto de mi vida dedicado a mi vocación.