916.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

30

Los cinco años de carrera no dejaron en mí más que la memoria de intensas jornadas de estudio, las angustias de principios de curso, con el sempiterno temor de no creerme capaz de superar las pruebas a las que me iban a someter, las zozobras de los momentos del examen y el triunfo general una vez conocidas las notas. No hay instantes de esparcimiento, salvo la experiencia traumática de un primer amor que, como ha sido habitual en mi vida, fue producto del interés de una mujer que hizo de mí lo que se le antojó. Destaca en este galimatías de sensaciones la obligación de sacar las mejores calificaciones en las asignaturas de Griego. Durante los años de materias comunes, me esforzaba, porque va en mi genética, pero no me molestaba si quedaba en un notable o en un aprobado. En mi expediente académico hay de ésos en los cursos que van de Primero a Tercero. En las asignaturas de Latín intentaba llegar al límite y no me gustaba quedarme por debajo, pero este fallo, si se producía, hería sólo un supuesto expediente que debía ser inmaculado; nunca afectaba mi dignidad. Donde me la jugaba conmigo mismo era en las asignaturas de Griego. Ahí tenía que estar a la altura de un listón que yo mismo me había puesto. Porque nadie nunca me forzó a nada. Era una cuestión de honrilla. Y así fue. Durante toda la carrera, en cualquier momento en que estuviera involucrado algo relacionado con el Griego, allí estaba el sobresaliente o la matrícula de honor. No creo dañar mi reputación si consigno que contaba a mi favor el prestigio que tenía dentro del Departamento. Haber sido alumno de Esperanza Albarrán era un buen punto a mi favor. Haber sido recomendado por ella, sumaba más puntos. Al hablar de recomendar no me refiero a que Esperanza les dijera a los profesores de la Facultad que me aprobaran directamente, sino a que ella les había informado de que se presentaba en las clases uno de sus alumnos con una vocación clara y buen estudiante. En un mundillo tan cerrado y tan elitista como era el Departamento de Filología Griega y Latina el ser tachado de buen alumno y ser discípulo de Esperanza aportaban la clemencia ante los resbalones y la magnanimidad en la calificación. Por el contrario, si alguien era marcado con el sello de la mediocridad o, incluso, de la falta de luces en eso de las Clásicas, el esfuerzo por conseguir un aprobadillo era proporcionalmente muy superior al de un “buen alumno” por pasar del notable al sobresaliente. En este sentido, no era raro que tras dar notas de un examen, alguno de los profesores recomendara a algún alumno que abandonara la especialidad porque no estaba a la altura. Aunque estuviera en cuarto o quinto de carrera.

Anuncios


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s