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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Siguiendo con el aspecto puramente lingüístico de la enseñanza de las lenguas clásicas, hoy en día, lo que a mi juicio debe primar es la comprensión lectora de los textos. Todo debe subordinarse a ello. La teoría abrumadora y erudita debe quedar para los muy especializados. Debo reconocer que si uno estudia la carrera de Filología, debe centrarse en la lengua en cuanto que producto puesto por escrito en textos. Eso es evidente; pero no contradice el hecho de que lo fundamental sea la comprensión de esos mismos textos y que la exhaustividad no ayuda. Es mucho más útil la simple práctica de la lectura. Uno enfocaría las antiguas Fonéticas, Morfología y Sintaxis más con idea de ofrecer al alumno herramientas de consulta y aproximación para las ocasiones en que sea preciso profundizar en un determinado aspecto que llame la atención, pero nada de memorizar las miles de páginas con ejemplos escudriñados hasta el agotamiento en el cuerpo de los textos. En este sentido, y aunque siempre me pareció que el estructuralismo es un enfoque simplista, fue muy clarificador el enfoque de Lisardo Rubio en su Introducción a la sintaxis estructural del latín (Barcelona, Ariel, 1989). Posteriormente, cuando hube de dar clase, me sirvió de modelo para mi tarea, dentro de un tímido acercamiento a un modo diferente de enseñar la gramática, dado que estas reflexiones son muy posteriores a los tiempos en que ejercía de profesor en el instituto. A fin de cuentas, toda la sintaxis casual, por ejemplo, se puede enseñar de modo simple acudiendo a las funciones elementales del nombre y al sincretismo de casos que los indoeuropeístas clásicos adjudican al Griego antiguo. En este intento de enfocar el aprendizaje del Griego antiguo, podría uno incluso postular los beneficios de lograr convertir el Griego clásico en una lengua viva en la que aplicar las cuatro habilidades que se exigen de cualquier otra: comprensión oral y lectora, expresión oral y escrita. No obstante, en otro momento argumentaré lo complicado de esta opción en el caso del Griego, ya que en Latín, como he dicho anteriormente, se está consiguiendo actualmente. Los casos son diferentes a mi juicio, como se verá. Igualmente, habida cuenta de que los textos antiguos no son sino la expresión de un contenido que acoge la realidad de su contexto histórico, experimenté como una falla enorme la ausencia de materias en la especialidad como Historia o Filosofía. Nada de ello se veía en los años de estudio y si se mencionaba algo, siempre era en función de un autor concreto, al que se acercaba uno sólo desde su faceta como escritor. La Guerra del Peloponeso en sí se suponía que no era de ningún interés para el aprendiz de filólogo cuando se leía a Tucídides. El contenido sólo era contemplado en cuanto que pretexto para el estudio de la expresión. Lo mismo cabe decir de casos más sangrantes como el de Platón o Aristóteles. En este sentido, recuerdo la fascinación que durante un verano del año 1977 me provocó la lectura de un librito titulado La filosofía griega de Charles Werner (Barcelona, Editorial Labor, 1973). Para mí la única referencia sobre la Filosofía fue la que me ofreció un ajado de profesor del Instituto San Isidoro, en una materia áspera y aburrida, con un método de enseñanza que los profesores salmantinos del siglo XVI hubieran considerado ya obsoleto. Como muestra, diré que en el programa se incluía un apartado dedicado a la Psicología y que su orientación tenía como base las investigaciones de Santo Tomás de Aquino. En fin, aquella materia me resultó una tortura y pensaba que eso de la Filosofía era un ente abstruso y difícil digestión para mi mente inmadura. En todo caso, leer La filosofía griega me abrió un mundo diferente, lleno de sugerencias y sustancialmente útil para un adolescente desorientado y que estaba perdiendo los referentes morales e ideológicos que habían informado su vida. Caí enamorado de la Filosofía griega y, en adelante, cuando había que repartirte la elaboración de temas entre los alumnos, siempre escogí los relacionados con los filósofos. A tanto llegó mi afición que en el último año de carrera, en la materia de Literatura Latina (que se relegara al último curso ya es indicativo), en el momento de repartir la elaboración de los contenidos de un temario que el profesor, embarcado en oposiciones y otros menesteres particulares, no pudo dar, me elegí el tema de Filosofía latina. Ya sé, bien puede tratarse de un oxímoron; pero algo hubo de eso en Roma. Todavía recuerdo la cara de extrañeza del profesor cuando le comuniqué mi elección. Supongo que, habida cuenta de mi fama, habría pensado que hubiera preferido un Virgilio o un Horacio, gente de más enjundia y peso.

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