941.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

44

A pesar de la situación privilegiada que había obtenido por azar, comenzaba a angustiarme porque mis planes se veían obstaculizados. Como marinero, no tenía ningún derecho y debía acomodarme sin rechistar a las órdenes de mi jefe, ya fuera en el ámbito militar, ya en el personal. Acudir todas las tardes, después de pasar la mañana trabajando en la oficina, no me dejaba tiempo para estudiar las oposiciones, que eran mi preferencia absoluta. Por otro lado, aquellas tardes se revelaron totalmente infructuosas. En principio, y si no pensamos en las oposiciones, no me importaba dedicarme a la tarea ordenada porque los beneficios eran altos y el trabajo, llevadero; pero es que ni siquiera don Manuel me dejó la compensación de hacer un trabajo decente. Al final, me pasaba las tardes sentado frente a él, en el despacho de su casa, oyendo interminables gansadas donde los protagonistas eran los extraterrestres, las almas en pena, las casas embrujadas, los santos que venían a visitarle. Su biblioteca y sus recortes eran un inmenso caos que con paciencia hubiera podido ser embridado, pero cuya organización, en realidad, le importaba un comino. Los materiales se acumulaban y cada vez que me ponía a la labor, era requerida mi presencia y sometido a terceros grados de tortura intelectual. Llegaba su soberbia al punto de darme lecciones de filosofía griega, una materia que en su mente se convertía en una variedad de la literatura de fantasmas. En un primer momento, mi inexperiencia me empujó a hacer alguna observación, pero su gesto y su respuesta me dio a entender inmediatamente que mi papel allí no era opinar ni hablar, sino sólo oír y asentir. Por lo tanto, obedecí, que es lo único que se espera de un recluta, y en adelante me limité a decir que sí continuamente con mi cabeza y a esbozar una sonrisa respetuosa, repitiendo continuamente, cuando era preciso, “a sus órdenes, don Manuel”. Otra de las ventajas de acudir por las tardes a su casa era la merienda. Habida cuenta del rancho en el arsenal, aquellos bocadillos de chorizo, salchichón o mortadela de la buena, acompañados de refrescos, me sentaban de maravilla. Y el rato de charla con lo que se llamaban “reposteros”, que no eran sino el servicio doméstico de la casa integrado por marineros enchufados como yo (un mes de permiso en casa y un mes de servicio con don Manuel y señora) me resultaba muy agradable. El matrimonio no tenía hijos y convivía con la madre de la mujer y un perro con notoria fama de tonto. La señora era una mujer que tenía también aspiraciones a esposa de alto mando, pero que se había quedado a medio camino. Le gustaba de vez en cuando que la llevara a San Fernando en el coche de su marido, a hacer compras. En esas ocasiones, ella se sentaba detrás y cuando parábamos, yo debía bajarme y abrirle la puerta. Nunca me dio instrucciones, simplemente, me di cuenta de este detalle porque la primera vez que nos paramos ante una tienda, ella se quedó sentada detrás, mirándome fijamente y sin decir nada. Al punto capté la indirecta y salté raudo a abrirle la puerta. Ella salió con una sonrisa de satisfacción. Por supuesto, uno debía cargar con sus paquetes y bolsas.

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940.

MIRADA

En la pequeña ciudad hay muchas cuestas. Las distancias más exiguas se incrementan en agotadores trayectos cuando la dirección es ascendente. Constituye un elemento de incomodidad al que nunca se acostumbra el hombre, que camina hacia la plaza donde está su piso. Lleva más de treinta años en esa ciudad, su tercer destino en la carrera de funcionario y lugar donde se asienta definitivamente con su mujer y el primero de los hijos, al que, posteriormente, se unen dos más. Hace un mes se jubila y desde entonces no para de rondar su menta la idea de irse de allí. Poco sociable que es, no tiene amistades en la pequeña ciudad, sólo algunos conocidos a los que la jubilación, lejos de acercar, ha alejado porque son personas relacionadas con su lugar de trabajo. Tampoco se esfuerza en fomentar las relaciones sociales. Su vida transcurre desde hace un mes entre paseos, el periódico, la televisión y las conversaciones con sus hijos. Echa de menos a su mujer. Tiene la mala fortuna de morir poco antes de que se vea liberado del yugo diario de aquella mórbida oficina donde pasó su vida activa. Y está solo. Camina, como siempre, mirando al suelo, paso tras paso, saludando a alguien con quien apenas tiene la vinculación de un trato comercial y que se cruza con él esporádicamente, una costumbre que aproxima la ciudad al carácter de un pueblo. No tiene amigos, pero lo conocen en la panadería de siempre, en el kiosco de siempre, en la tienda de alimentación, en la peluquería, en el taller, antes de que venda el coche, y en tantos sitios adonde los días lo han llevado impenitentemente. Sus hijos le dicen que se vaya de allí, que venda el piso y se compre otro en la gran ciudad donde viven todos ellos. Allí tiene también a sus nietos, sobre todo el segundo de su primogénito, que todos afirman es un calco físico y espiritual suyo y al que, no iba a ser menos, adora. Sin saber por qué, realiza un gesto que nunca tiene. Por una vez, mientras camina en esa pequeña ciudad llena de cuestas, levanta la mirada y ante él, asombrado, se despliega la efigie de las montañas de cumbres nevadas que rodean la población. El sol de invierno se refleja en el blanco, que hace a su vez coro con las volutas de las nubes y adorna el limpio celeste del cielo. No puede menos que detenerse y quedarse mirando el espectáculo. Por primera vez.    


939.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

 RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

43

Coincidió mi destino en La Carraca con los días de Navidad de 1980. Después de un breve permiso tras la jura de bandera, me incorporé a la que iba a ser mi morada durante dieciséis meses. Afortunadamente, el hecho de que la mitad o más de la dotación estuviera de permiso y que el estado de ánimo de los presentes no permitiera muchas fiestas, me libró de las tradicionales novatadas y de los abusos propios que se cometen en un ambiente tan represivo y al tiempo machista como eran los viejos cuarteles de reclutas. Los primeros días transcurrieron con cierta normalidad, aunque con mi ánimo por los suelos, hasta que me avisaron de que me presentase en la oficina de los prácticos del puerto. Mi alma se reconfortó levemente cuando, al aproximarme al arco de acceso al muelle, pude leer en un escudo situado en la parte más alta del dintel una leyenda que me resultó familiar: Tu regere imperio fluctus Hispane memento. Reconocí inmediatamente un verso de la Eneida (VI.856) transformado para la ocasión. El original reza; Tu regere imperio populos, Romane, memento. Así, de “Recuerda, romano, gobernar los pueblos con tu imperio” pasamos por mor de ese espíritu ilustrado que reinaba en la Real Armada dieciochesca, época de construcción del Arsenal de La Carraca, a ”Recuerda, español, gobernar los mares con tu imperio.” Allí me esperaba don Manuel, un teniente de navío (equivalente a capitán), jefe de aquella oficina que, al ver mi ficha, me reclamó. Mi enchufe, una vez depositado en La Carraca y cumplida su misión, me había dejado a mi suerte. Acabé en la dotación del muelle, alojado en un lugar llamado “cuartillo”, inmundo agujero sin ventilación donde nos hacinábamos una buena cantidad de personas, con un único baño para todos al estilo de los que supongo eran frecuentes en los años treinta y cuarenta. Por supuesto, el único licenciado era yo y una parte de los marineros era analfabeta. Había mecánicos, panaderos, pescadores, delincuentes y demás fauna variada, procedentes de los cuatro puntos cardinales de España. Don Manuel era una persona compleja. Se creía dotado de una sensibilidad superior, de enorme generosidad, amable y comprensivo, pero la realidad de su temperamento revelaba un ser con arranques despóticos y caprichosos. Por otro lado, don Manuel estaba enormemente frustrado porque, al pertenecer a una escala diferente a los marinos de la Academia Naval de Marín, sus ascensos se demoraban eternamente. De ese modo, permanecía anclado en la graduación que poseía, mientras que sus iguales en edad eran capitanes de fragata o de navío, equivalentes a tenientes coroneles y coroneles. Tenía “protegidos” en Cádiz a los que me enviaba mensualmente con sobres como ayuda económica, pero su actitud frecuentemente tiránica con sus subordinados y sus frecuentes explosiones de ira descontrolada demostraban que esa actitud no era sino una coartada para afirmarse en su consideración de persona excepcionalmente bondadosa. Por otro lado, tenía ínfulas que lo ponían al borde de la normalidad. Creía que le visitaba Santa Teresa o algún otro santo y era experto en parapsicología (eso afirmaba). Pronto me nombró su especie de secretario y cada tarde, después de una ligera siesta, debía acudir a su casa, que estaba dentro del arsenal, supuestamente a ordenar su biblioteca y sus inmensos rimeros de recortes de prensa con artículos y noticias relacionados con los fenómenos paranormales. A cambio, me libraba de guardias y me daba permiso para ir a mi casa todos los fines de semana. El trato era bueno, habida cuenta de la posición de un simple marinero de segunda en aquellos tiempos.


938.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN 

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

42

Ahorro detalles de la experiencia que, al final, resultó más aburrida que traumática, una vez aceptada la situación. Ser un soldado raso o un marinero de segunda goza de la ventaja de que tu obligación no es pensar, ni tomar decisiones, sino obedecer y aguantar las iras de tus superiores, teniendo siempre en mente dominar el fino arte del escaqueo y situar en el calendario el próximo permiso. En todo caso, nada más ingresar en la Armada, mi primera preocupación fue movilizar a mis padres para que me buscaran el ansiado enchufe que me permitiera quedarme lo más cerca de Sevilla. El escenario más catastrófico era ser destinado a un barco. Pronto me hice con el intríngulis de cómo esquivar las asechanzas militares. Lo primero para evitar ser embarcado era huir de los cursos de cabo. Los mandos elegían entre los reclutas aquellos que tenían alguna formación profesional que fuera útil para la Armada, los inscribían en cursos donde encauzaban esa formación en el ámbito de la Marina y salías convertido en cabo, con un galón verde y unas pesetillas más de sueldo mensual. Pero con la amenaza de que acabaras en un barco, ya que por mor de la organización militar, los cabos iban en masa a ese destino. Mi madre, siempre aficionada a codearse con estratos sociales elevados que disimularan su pertenencia a una clase media modesta, conoció en sus correrías sociales a la esposa del entonces Comandante de Marina de Sevilla. Miel sobre hojuelas, pues. Así que, angustiado la llamaba continuamente para decirle que hablara con la señora del Comandante. Sabía que acabar destinado en Sevilla era utópico, pero al menos había que evitar ser convocado al curso de cabo y, posteriormente, ser destinado a un barco. Y así fue. A lo largo del período de instrucción, un licenciado en Filología como yo nunca fue seleccionado. Mi destino obvio era ser “cabo escribiente” y terminar en una oficina. Pero me libré gracias a la intercesión del Comandante de Marina de Sevilla. Una vez logrado este objetivo, el siguiente era ser destinado a tierra, en San Fernando, obviamente. Porque también era posible ser destinado a una dependencia en tierra, pero terminar en Ferrol o en Cartagena. Y, de nuevo, la señora del Comandante de Marina cumplió su misión y fui destinado al Arsenal de La Carraca, en el mismo San Fernando. La felicidad pronto quedó congelada porque me enteré de que ese arsenal era el lugar donde solían ir a parar aquellos reclutas que nadie quería, fundamentalmente, delincuentes.


937.

EL GENIO GRIEGO

LA DIMENSIÓN SOCIAL DEL SER HUMANO

y II

Habla Protágoras en el diálogo homónimo de Platón:

ἐπειδὴ δὲ ὁ ἄνθρωπος θείας μετέσχε μοίρας, πρῶτον μὲν διὰ τὴν τοῦ θεοῦ συγγένειαν ζῴων μόνον θεοὺς ἐνόμισεν, καὶ ἐπεχείρει βωμούς τε ἱδρύεσθαι καὶ ἀγάλματα θεῶν· ἔπειτα φωνὴν καὶ ὀνόματα ταχὺ διηρθρώσατο τῇ τέχνῃ, καὶ οἰκήσεις καὶ ἐσθῆτας καὶ ὑποδέσεις καὶ στρωμνὰς καὶ τὰς ἐκ γῆς τροφὰς ηὕρετο. οὕτω δὴ παρεσκευασμένοι κατ’ ἀρχὰς [322b] ἄνθρωποι ᾤκουν σποράδην, πόλεις δὲ οὐκ ἦσαν· ἀπώλλυντο οὖν ὑπὸ τῶν θηρίων διὰ τὸ πανταχῇ αὐτῶν ἀσθενέστεροι εἶναι, καὶ ἡ δημιουργικὴ τέχνη αὐτοῖς πρὸς μὲν τροφὴν ἱκανὴ βοηθὸς ἦν, πρὸς δὲ τὸν τῶν θηρίων πόλεμον ἐνδεής —πολιτικὴν γὰρ τέχνην οὔπω εἶχον, ἧς μέρος πολεμική— ἐζήτουν δὴ ἁθροίζεσθαι καὶ σῴζεσθαι κτίζοντες πόλεις· ὅτ’ οὖν ἁθροισθεῖεν, ἠδίκουν ἀλλήλους ἅτε οὐκ ἔχοντες τὴν πολιτικὴν τέχνην, ὥστε πάλιν σκεδαννύμενοι διεφθείροντο. [322c] Ζεὺς οὖν δείσας περὶ τῷ γένει ἡμῶν μὴ ἀπόλοιτο πᾶν, Ἑρμῆν πέμπει ἄγοντα εἰς ἀνθρώπους αἰδῶ τε καὶ δίκην, ἵν’ εἶεν πόλεων κόσμοι τε καὶ δεσμοὶ φιλίας συναγωγοί. ἐρωτᾷ οὖν Ἑρμῆς Δία τίνα οὖν τρόπον δοίη δίκην καὶ αἰδῶ ἀνθρώποις· “πότερον ὡς αἱ τέχναι νενέμηνται, οὕτω καὶ ταύτας νείμω; νενέμηνται δὲ ὧδε· εἷς ἔχων ἰατρικὴν πολλοῖς ἱκανὸς ἰδιώταις, καὶ οἱ ἄλλοι δημιουργοί· καὶ δίκην δὴ καὶ [322d] οὕτω θῶ ἐν τοῖς ἀνθρώποις, ἢ ἐπὶ πάντας νείμω;” “ἐπὶ πάντας,” ἔφη ὁ Ζεύς, “καὶ πάντες μετεχόντων· οὐ γὰρ ἂν γένοιντο πόλεις, εἰ ὀλίγοι αὐτῶν μετέχοιεν ὥσπερ ἄλλων τεχνῶν· καὶ νόμον γε θὲς παρ’ ἐμοῦ τὸν μὴ δυνάμενον αἰδοῦς καὶ δίκης μετέχειν κτείνειν ὡς νόσον πόλεως.” οὕτω δή, ὦ Σώκρατες, καὶ διὰ ταῦτα οἵ τε ἄλλοι καὶ Ἀθηναῖοι, ὅταν μὲν περὶ ἀρετῆς τεκτονικῆς ᾖ λόγος ἢ ἄλλης τινὸς δημιουργικῆς, ὀλίγοις οἴονται μετεῖναι συμβουλῆς, καὶ ἐάν [322e] τις ἐκτὸς ὢν τῶν ὀλίγων συμβουλεύῃ, οὐκ ἀνέχονται, ὡς σὺ φῄς—εἰκότως, ὡς ἐγώ φημι—ὅταν δὲ εἰς συμβουλὴν πολιτικῆς 323aἀρετῆς ἴωσιν, ἣν δεῖ διὰ δικαιοσύνης πᾶσαν ἰέναι καὶ σωφροσύνης, εἰκότως ἅπαντος ἀνδρὸς ἀνέχονται, ὡς παντὶ προσῆκον ταύτης γε μετέχειν τῆς ἀρετῆς ἢ μὴ εἶναι πόλεις. αὕτη, ὦ Σώκρατες, τούτου αἰτία.

Dado que el ser humano tenía una parte de divino, en primer lugar, era el único de los animales que a causa de su familiaridad con la divinidad daba culto a los dioses, y procuraba erigir altares y estatuas de dioses. Luego, gracias a su saber hacer rápidamente articuló la voz y las palabras, y encontró el modo de procurarse hogares, vestidos, calzados, lechos y alimentos de la tierra. Así provistos, en un principio, los seres humanos vivían dispersos y no había ciudades; [322b] en consecuencia, los animales los esquilmaban, dado que eran en todo más débiles que ellos. Su habilidad artesanal era un adecuado auxilio para la alimentación, pero insuficiente para enfrentarse a los animales -carecían aún de la habilidad social, una parte de la cual es la habilidad para el combate-. Intentaban juntarse y sobrevivir construyendo ciudades; ahora bien, cuando se juntaban, cometían tropelías unos contra otros porque no tenían la habilidad social, de modo que volvían a dispersarse y a ser esquilmados. [322c]  Entonces, Zeus ante el temor de que toda nuestra especie fuera destruida, envió a Hermes para que llevara a los seres humanos la vergüenza y la justicia, de modo que ordenaran la ciudad y fueran vínculos que coadyuvaran a la convivencia. Hermes le preguntó a Zeus de qué modo daría la vergüenza y la justicia a los seres humanos. “¿De la forma en que están repartidas la habilidades, de esa misma forma repartiré también ésas? Éste es el modo en que están repartidas: uno posee la habilidad de curar y es capaz de hacerlo con muchos particulares. Ése es el caso del resto de los artesanos. ¿También la vergüenza y la justicia las depositaré así en los seres humanos, o las repartiré entre todos?”[322d] ”Entre todos,” dijo Zeus “y que todos participen de ellas. Porque no habría ciudades si sólo unos pocos participasen de ellas, como en el resto de las habilidades. E impón una ley de mi parte prescribiendo que quien no pueda participar de la vergüenza y la justicia sea ejecutado como si fuera una enfermedad de la ciudad.” Justamente así, Sócrates, y por ello, los atenienses y los demás, cuando se habla sobre las técnicas de construcción o sobre otra variedad artesana, se cree que a pocos les competen las opiniones y en el caso de que alguien ajeno a esos pocos diera una opinión, no se le acepta, [322e] como tú dices -lógicamente, como yo digo-; pero en el caso de que acudan a una opinión sobre la virtudes ciudadanas, [323a] que deben cursar siempre a través de la justicia y la moderación, lógicamente se admite de cualquier hombre, en la idea de que conviene a todos tener parte en estas virtudes,  o no habría ciudades. Ésta es, Sócrates, la razón de ello.

Platón, Protágoras, 320d-323a.


936.

EL GENIO GRIEGO

LA DIMENSIÓN SOCIAL DEL SER HUMANO

I

Habla Protágoras en el diálogo homónimo de Platón:

[320d] ἦν γάρ ποτε χρόνος ὅτε θεοὶ μὲν ἦσαν, θνητὰ δὲ γένη οὐκ ἦν. ἐπειδὴ δὲ καὶ τούτοις χρόνος ἦλθεν εἱμαρμένος γενέσεως, τυποῦσιν αὐτὰ θεοὶ γῆς ἔνδον ἐκ γῆς καὶ πυρὸς μείξαντες καὶ τῶν ὅσα πυρὶ καὶ γῇ κεράννυται. ἐπειδὴ δ’ ἄγειν αὐτὰ πρὸς φῶς ἔμελλον, προσέταξαν Προμηθεῖ καὶ Ἐπιμηθεῖ κοσμῆσαί τε καὶ νεῖμαι δυνάμεις ἑκάστοις ὡς πρέπει. Προμηθέα δὲ παραιτεῖται Ἐπιμηθεὺς αὐτὸς νεῖμαι, “νείμαντος δέ μου,” ἔφη, “ἐπίσκεψαι·” καὶ οὕτω πείσας νέμει. νέμων δὲ τοῖς μὲν ἰσχὺν ἄνευ τάχους προσῆπτεν, [320e] τοὺς δ’ ἀσθενεστέρους τάχει ἐκόσμει· τοὺς δὲ ὥπλιζε, τοῖς δ’ ἄοπλον διδοὺς φύσιν ἄλλην τιν’ αὐτοῖς ἐμηχανᾶτο δύναμιν εἰς σωτηρίαν. ἃ μὲν γὰρ αὐτῶν σμικρότητι ἤμπισχεν, πτηνὸν φυγὴν ἢ κατάγειον οἴκησιν ἔνεμεν· ἃ δὲ ηὖξε μεγέθει, τῷδε [321a] αὐτῷ αὐτὰ ἔσῳζεν· καὶ τἆλλα οὕτως ἐπανισῶν ἔνεμεν. ταῦτα δὲ ἐμηχανᾶτο εὐλάβειαν ἔχων μή τι γένος ἀϊστωθείη· ἐπειδὴ δὲ αὐτοῖς ἀλληλοφθοριῶν διαφυγὰς ἐπήρκεσε, πρὸς τὰς ἐκ Διὸς ὥρας εὐμάρειαν ἐμηχανᾶτο ἀμφιεννὺς αὐτὰ πυκναῖς τε θριξὶν καὶ στερεοῖς δέρμασιν, ἱκανοῖς μὲν ἀμῦναι χειμῶνα, δυνατοῖς δὲ καὶ καύματα, καὶ εἰς εὐνὰς ἰοῦσιν ὅπως ὑπάρχοι τὰ αὐτὰ ταῦτα στρωμνὴ οἰκεία τε καὶ αὐτοφυὴς ἑκάστῳ· καὶ [321b] ὑποδῶν τὰ μὲν ὁπλαῖς, τὰ δὲ θριξὶν καὶ δέρμασιν στερεοῖς καὶ ἀναίμοις. τοὐντεῦθεν τροφὰς ἄλλοις ἄλλας ἐξεπόριζεν, τοῖς μὲν ἐκ γῆς βοτάνην, ἄλλοις δὲ δένδρων καρπούς, τοῖς δὲ ῥίζας· ἔστι δ’ οἷς ἔδωκεν εἶναι τροφὴν ζῴων ἄλλων βοράν· καὶ τοῖς μὲν ὀλιγογονίαν προσῆψε, τοῖς δ’ ἀναλισκομένοις ὑπὸ τούτων πολυγονίαν, σωτηρίαν τῷ γένει πορίζων. ἅτε δὴ οὖν οὐ πάνυ τι σοφὸς ὢν ὁ Ἐπιμηθεὺς ἔλαθεν αὑτὸν [321c] καταναλώσας τὰς δυνάμεις εἰς τὰ ἄλογα· λοιπὸν δὴ ἀκόσμητον ἔτι αὐτῷ ἦν τὸ ἀνθρώπων γένος, καὶ ἠπόρει ὅτι χρήσαιτο. ἀποροῦντι δὲ αὐτῷ ἔρχεται Προμηθεὺς ἐπισκεψόμενος τὴν νομήν, καὶ ὁρᾷ τὰ μὲν ἄλλα ζῷα ἐμμελῶς πάντων ἔχοντα, τὸν δὲ ἄνθρωπον γυμνόν τε καὶ ἀνυπόδητον καὶ ἄστρωτον καὶ ἄοπλον· ἤδη δὲ καὶ ἡ εἱμαρμένη ἡμέρα παρῆν, ἐν ᾗ ἔδει καὶ ἄνθρωπον ἐξιέναι ἐκ γῆς εἰς φῶς. ἀπορίᾳ οὖν σχόμενος ὁ Προμηθεὺς ἥντινα σωτηρίαν τῷ ἀνθρώπῳ εὕροι, [321d] κλέπτει Ἡφαίστου καὶ Ἀθηνᾶς τὴν ἔντεχνον σοφίαν σὺν πυρί—ἀμήχανον γὰρ ἦν ἄνευ πυρὸς αὐτὴν κτητήν τῳ ἢ χρησίμην γενέσθαι—καὶ οὕτω δὴ δωρεῖται ἀνθρώπῳ. τὴν μὲν οὖν περὶ τὸν βίον σοφίαν ἄνθρωπος ταύτῃ ἔσχεν, τὴν δὲ πολιτικὴν οὐκ εἶχεν· ἦν γὰρ παρὰ τῷ Διί. τῷ δὲ Προμηθεῖ εἰς μὲν τὴν ἀκρόπολιν τὴν τοῦ Διὸς οἴκησιν οὐκέτι ἐνεχώρει εἰσελθεῖν—πρὸς δὲ καὶ αἱ Διὸς φυλακαὶ φοβεραὶ ἦσαν—εἰς δὲ τὸ τῆς Ἀθηνᾶς καὶ Ἡφαίστου οἴκημα τὸ κοινόν, ἐν ᾧ [321e] ἐφιλοτεχνείτην, λαθὼν εἰσέρχεται, καὶ κλέψας τήν τε ἔμπυρον τέχνην τὴν τοῦ Ἡφαίστου καὶ τὴν ἄλλην τὴν τῆς Ἀθηνᾶς δίδωσιν ἀνθρώπῳ, καὶ ἐκ τούτου εὐπορία μὲν ἀνθρώπῳ τοῦ [322a] βίου γίγνεται, Προμηθέα δὲ δι’ Ἐπιμηθέα ὕστερον, ᾗπερ λέγεται, κλοπῆς δίκη μετῆλθεν.

[320d] Hubo un tiempo en el que había dioses, pero no había seres mortales. Cuando les hubo llegado el momento fijado para nacer, los moldearon los dioses dentro de la tierra mezclando tierra y fuego, y cuantas cosas se mezclan con fuego y tierra. Cuando iban a sacarlos a la luz, ordenaron a Prometeo y a Epimeteo que los aderezasen y les repartieran capacidades a cada uno según conviniera. Epimeteo le rogó a Prometeo que le dejara repartir: “Y una vez hecho el reparto” dijo “ven a comprobarlo.” Lo convenció y emprendió el reparto. Durante el reparto, otorgaba a unos la fuerza sin la rapidez [320e] y a los más débiles los aderezaba con la rapidez. A unos los dotó de defensas, a otros les concedió una naturaleza sin defensas, pero recurrió a concederles otro tipo de capacidad para sobrevivir. A aquéllos que envolvía en un tamaño pequeño, les otorgó en el reparto alas para huir o un habitáculo subterráneo. A los que les incrementó de tamaño, esta misma cualidad les permitía sobrevivir; y con diversas medidas de compensación iba realizando el reparto. [321a] Empleaba esos recursos con prudencia, para que ninguna especie acabara siendo exterminada. Una vez que fueron suficientes las medidas para escapar de la mutua destrucción, ideó recursos para sobrellevar las estaciones que proceden de Zeus. Los cubrió de densa pelambrera y duras pieles, suficientes para defenderlos del invierno y capaces de hacerlo también con las quemaduras del sol, y para que, cuando iban a dormir estas mismas le sirvieran de lecho propio y natural a cada uno. [321b] A unos calzó con garras y a otros, con pieles duras y sin sangre. A partir de ahí, proporcionó una manera de alimentarse a unos; y otra, a otros. A éstos, los pastos del suelo; a ésos, los frutos de los árboles; a aquéllos, las raíces. A algunos les hizo que su alimento fuera comerse a otros animales; a otros, les otorgó una escasa camada y a los que eran devorados por ésos, una abundante camada, permitiendo así la supervivencia de la especie. Pero como Epimeteo no era muy inteligente, tuvo un olvido a la hora de gastar las capacidades entre los irracionales. [321c] Al final, aún le quedaba sin aderezar la especie humana y no sabía qué hacer. En estos apuros estaba, cuando se le presentó Prometeo para comprobar el reparto y vio que el resto de los animales estaba cuidadosamente dotado de todos los recursos, pero que el ser humano estaba desnudo, descalzo, sin abrigo y sin defensas. El día fijado se estaba acercando en el que el ser humano debía también salir de la tierra a la luz. Prometeo, viéndose en el apuro de tener que encontrar algún medio de supervivencia para el ser humano, [321d] robó a Hefesto y a Atenea la habilidad artesanal junto con el fuego -pues era imposible sin el fuego que aquélla se pudiera adquirir por alguien o que le fuera útil- y de ese modo se la regaló al ser humano. Por tanto, el ser humano tuvo una habilidad para vivir por ese medio, pero no tenía la habilidad social, porque ésta la poseía Zeus. Pero a Prometeo ya no le estaba permitido acceder a la ciudadela de Zeus, su morada –además, los guardianes de Zeus eran temibles-. Penetró, entonces, subrepticiamente en la casa común de Hefesto y Atenea, en la cual solían ejercer su labor artesanal, [321e] robó la técnica del manejo del fuego de Hefesto y la habilidad de Atenea, y se las entregó al ser humano. Gracias a éstas, el ser humano tuvo recursos válidos para vivir. [322a] Según se cuenta, Prometeo y Epimeteo fueron castigados posteriormente por el robo.

Platón, Protágoras, 320d-323a.


935.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

41

No sería este el lugar para contar las batallitas del casi abuelo, dado que el asunto sobre el que tratan estas líneas es la experiencia vital de un enamorado del mundo griego. No obstante, pido disculpas al respetable si no puedo evitar contar aquí algunas historias de la mili, poniendo siempre el pretexto de que tienen que ver con el meollo de este escrito. Como dije, me tocó ir a la Marina. Eso significaba seis meses más de servicio que el resto de los conscriptos en los ejércitos de Tierra y Aire. Por otra parte, en Sevilla había cuarteles de éstos, pero la dotación de Marina (responsable de que hubiera un cupo de reclutas para esa arma) estaba reducida a un escaso número de personal en la Comandancia de Marina a cargo del río Guadalquivir. Digo esto porque las posibilidades de hallar esa panacea del recluta que era un “enchufe” que le procurara un buen pasar durante el tiempo de servicio, se convertía en tarea mucho más complicada. Los marineros reclutas que servían en la Comandancia de Sevilla eran la élite del enchufe, los privilegiados de los privilegiados, una muy selecta minoría. Por el contrario, las dotaciones de los cuarteles de Tierra y Aire estaban repletas de sevillanos con las ventajas de poder ir a dormir a sus casas y tener mucho más a mano el disfrute de los permisos. Mi reemplazo fue el 6º del año 1980. La tramitación de la renuncia a la prórroga fue víctima de la lentitud burocrática y en vez de ir camino del Cuartel de Instrucción de Marinería en San Fernando en septiembre, hube de esperar a noviembre.