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MIRADA

En la pequeña ciudad hay muchas cuestas. Las distancias más exiguas se incrementan en agotadores trayectos cuando la dirección es ascendente. Constituye un elemento de incomodidad al que nunca se acostumbra el hombre, que camina hacia la plaza donde está su piso. Lleva más de treinta años en esa ciudad, su tercer destino en la carrera de funcionario y lugar donde se asienta definitivamente con su mujer y el primero de los hijos, al que, posteriormente, se unen dos más. Hace un mes se jubila y desde entonces no para de rondar su menta la idea de irse de allí. Poco sociable que es, no tiene amistades en la pequeña ciudad, sólo algunos conocidos a los que la jubilación, lejos de acercar, ha alejado porque son personas relacionadas con su lugar de trabajo. Tampoco se esfuerza en fomentar las relaciones sociales. Su vida transcurre desde hace un mes entre paseos, el periódico, la televisión y las conversaciones con sus hijos. Echa de menos a su mujer. Tiene la mala fortuna de morir poco antes de que se vea liberado del yugo diario de aquella mórbida oficina donde pasó su vida activa. Y está solo. Camina, como siempre, mirando al suelo, paso tras paso, saludando a alguien con quien apenas tiene la vinculación de un trato comercial y que se cruza con él esporádicamente, una costumbre que aproxima la ciudad al carácter de un pueblo. No tiene amigos, pero lo conocen en la panadería de siempre, en el kiosco de siempre, en la tienda de alimentación, en la peluquería, en el taller, antes de que venda el coche, y en tantos sitios adonde los días lo han llevado impenitentemente. Sus hijos le dicen que se vaya de allí, que venda el piso y se compre otro en la gran ciudad donde viven todos ellos. Allí tiene también a sus nietos, sobre todo el segundo de su primogénito, que todos afirman es un calco físico y espiritual suyo y al que, no iba a ser menos, adora. Sin saber por qué, realiza un gesto que nunca tiene. Por una vez, mientras camina en esa pequeña ciudad llena de cuestas, levanta la mirada y ante él, asombrado, se despliega la efigie de las montañas de cumbres nevadas que rodean la población. El sol de invierno se refleja en el blanco, que hace a su vez coro con las volutas de las nubes y adorna el limpio celeste del cielo. No puede menos que detenerse y quedarse mirando el espectáculo. Por primera vez.    

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