958.

ENCUENTRO

La tarde de otoño cae cenicienta. Hay nubes de borrasca y un frío tímido que prepara sus garras para el invierno. Hay luces de neón en el local, ruido de gente joven y de adolescentes que pasan la tarde de domingo tomando brebajes y comidas que él no sabe apreciar. Una música que le suena a martillazos en los oídos tortura su cerebro. Pero él sonríe. La está mirando fijamente mientas ella sorbe un emplasto medio sólido de una copa larga a través de una pajita. A su lado, en una combinación que se le antoja cercana al sacrilegio, dos rebanadas de pan entre las que se cobija una masa de carne incógnita protegida por aditamentos a cada cual más poderoso. Gira su cabeza. Si no fuera por las circunstancias, nunca hubiera entrado en un lugar como ese. No se siente fuera de lugar, a pesar de todo. Aquí y allá, en otras mesas se ven casos como el suyo. Hombres de mediana edad y variopinto pelaje acompañado de muchachos y muchachas en plena adolescencia, a veces anunciada, a veces ya en plena flor. Y todos presentan idéntica puesta en escena. Ellos observan y los jóvenes engullen. A su lado, generalmente, sólo una cerveza o una botella de agua mineral. Finalmente, el silencio entre esas dos personas y el ruido exterior a su mundo. Ese domingo es el primero, después del divorcio, en el que conforme a lo estipulado en el convenio sale con su hija de quince años. 


957.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

52

Todo lo expresado o no borra el hecho de que hubiera quienes experimentaran el servicio militar de forma traumática y alguna que otra vez se sabía de alguien que se había suicidado. Pero creo que esas personas lo hubieran hecho igualmente en la vida civil, más tarde o más temprano. De todos modos, aquella organización era absurda a la altura de los tiempos que corrían. Dudo mucho que hubiera podido cumplir su misión en caso de necesidad. Los suboficiales, en su mayoría (porque había algunas raras excepciones), eran pobres diablos dados en buen número al alcohol, que estaban donde estaban porque no tuvieron otra opción. Sus valores patrióticos eran un pastiche cuyos chafarrinones se veían a la legua. Los oficiales y jefes se creían de una especie superior, pero en la mayoría de ellos esa cualidad de manifestaba con una actitud despótica. Supongo que el mundo militar de entonces propiciaba ese tipo de actitud. Los civiles estamos obligados a guardar unas ciertas normas de convivencia; pero cuando sabes que tienes a tu disposición una gente que debe siempre acatar tus palabras y agachar la cabeza ante tus veleidades, es muy difícil que alguien consiga un control de sí mismo lo suficientemente poderoso como para no abusar, o respetar a la otra persona como lo haría en una calle cualquiera y en el ámbito civil. Muchos hacían gala de esa contradicción que siempre me dolió entre quienes hacen del amor a su patria oficio, pero que consideran el robo a esa misma patria algo dentro de lo normal; en consecuencia, la operatividad de los barcos y las instalaciones era pésima y su función parecía consistir en abastecer de whiskey y tabaco libres de impuestos, y de gas-oil gratuito a la oficialidad más que en defender la nación. El último día de estancia en La Carraca, don Fernando, un subteniente buzo que había sido uno de mis jefes en la oficina, hombre íntegro, militar auténtico, frustrado por estar haciendo labores burocráticas cuando lo que él amaba era la acción, me llevó a un rincón y me ofreció  como una disculpa general ante lo que había vivido durante esos dieciocho meses. Me dijo que no creyera que todos los profesionales de la armada eran como el personal que había visto allí, que había gente seria y dedicada a su labor con honradez, que había quien cumplía con su tarea y que creía realmente en los valores militares. Yo apreciaba a ese hombre, ya en los umbrales de la madurez, de complexión fuerte, de pelo blanco, vasco y de una pieza. Lo había visto sufrir calladamente ante las chapuzas y las arbitrariedades que veía. En ese momento me permití ser sincero con uno de aquellos militares y le expresé mi aprecio. Y así acabó todo. Un buen día me vi licenciado de la mili, libre de obligaciones patrióticas y con un nuevo camino ante mí. Era funcionario (¡el sueño de todo español cabal!) y Catedrático de Bachillerato, aunque en prácticas.


956.

Por mucho que los separatistas catalanes abominen de “lo español”, sus actuaciones en los últimos tiempos dejan traslucir un carácter profundamente anclado en esa impronta que tanto odian. Su proceso hacia la independencia y esta misma en sí no dejan de ser una quijotada, un afrontar los molinos de viento como si fueran gigantes, un desfacer entuertos que no existen y que sólo fantasmean en sus mentes, una manifestación más moderna de aquello que dijo uno: “más vale honra sin barcos, que barcos sin honra”. Luego, este camino emprendido es tan español como la pulsión por destruir regularmente cada cierto número de decenios lo que se construyó con esfuerzo e ilusión. Si es con sangre por medio, mejor. El adanismo es tan profundamente español, como las muñecas vestidas de gitanas. Finalmente, su pretensión va tan a contrapelo del signo de los tiempos, es tan sumamente reaccionaria y retrógrada que revela esa tendencia instintiva de lo español a ignorar la época en la que se vive y aprovechar su impulso para avanzar. Es un aferrarse a las glorias del pasado para no tener que trabajarse las prosperidades del presente. Quizá odien tanto “lo español” porque en su inconsciente saben que no pueden verse libre de ello. Forma parte de su esencia, como lo llevan demostrando y como lo demostrarán cometiendo una inevitable, esperada, racial y española chapuza.


955.

Son continuas las manifestaciones de la autodestrucción espiritual de Europa, de su incapacidad para defenderse a causa de la aceptación de los argumentos de sus enemigos. En los últimos tiempos, la llegada abrumadora en grandes cantidades de refugiados procedentes del norte de África ha levantado un clamor en Europa y por extensión en todo el mundo. Pocos parecen darse cuenta de que la responsabilidad de las tragedias que a diario de producen en el Mediterráneo no es de Europa, sino de la incapacidad del mundo islámico para adecuarse al mundo contemporáneo, de una mentalidad ancestral que exige arreglar las tensiones con sangre. La causa de la emigración masiva hacia Europa no la tiene una prosperidad que los europeos se han ganado gracias a la ética del trabajo y de la responsabilidad personal de sus países del norte y centro (cuyos beneficios irradian hacia el sur), sino ese pozo oscurantista que es la mentalidad musulmana. Sin embargo, la opinión pública, monopolizada por la corrección política, se ensaña no con las guerrillas libias, ni con el sectarismo sirio, por poner dos ejemplos, sino con un supuesto egoísmo europeo que no tiene la generosidad de abrir sus puertas para que todos vengan, y coadyuvar a la invasión silenciosa que sueña con convertir Europa en una sucursal de Arabia Saudita.


954.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN 

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

51

Mi experiencia del servicio militar, pasados los años, no me dejó ninguna impronta de amargura ni malestar. La impresión general fue la de tiempo perdido inútilmente. Los días pasaban a la espera del siguiente fin de semana, cuando gracias a mis privilegios, podía coger el tren y largarme a mi casa. El ambiente no me fue tan hostil como podía preverse. Era cierto que estaba rodeado de gente que fuera del cuartel era poco recomendable en un gran porcentaje. No era extraño que al regreso de Sevilla, el domingo por la tarde, algunos de los compañeros del “cuartillo” comentaran entre densas humaredas de marihuana, que acababan por colocarme incluso a mí, los atracos que habían cometido o las viejas a las que les habían robado el bolso. Semejante compañía hubiera aterrado a otros. Uno no es valiente, ni mucho menos, pero si una cosa aprendí de la mili es mi capacidad de adaptarme a las situaciones externas que me vienen dadas al margen de mi voluntad. Ello, la noción clara de que dentro de aquel cuartel mi misión fundamental era evitar los líos y mi posición ventajosa en la oficina me proporcionó un cierto “status” dentro de los marineros que me permitió pasar todo el tiempo de mili sin tener ni un altercado y sin sufrir ni una agresión por parte de ninguna de aquellas joyas. Los marineros acudían a mí para consultarme el momento más adecuado, atendiendo al estado del humor de los jefes, para pedir un permiso, o les ayudaba con sus necesidades burocráticas. En otras ocasiones, cuando un suboficial u oficial me daba una lista manuscrita de marineros a los que arrestar y que yo debía pasar a máquina, eliminaba a quienes necesitaban estar limpios para poder ir a casa con permiso. No era tarea arriesgada porque para los mandos, la marinería estaba compuesta de seres dotados de tanta personalidad como la mesa en la que ponían los pies mientras tomaban su copita de coñac. Así me fui ganando favores que me permitieron una mili cómoda. Allí comencé a beber alcohol, además de adoptar la costumbre de la siesta, como he avanzado. No fumé porque nunca me atrajo ese vicio ni tampoco me di a las drogas. Pasé buenos momentos de borrachera con los compañeros, escondidos en la remota caseta de los electricistas, entre los productos de la tierra que las madres enviaban a sus hijos, es decir, buenos quesos, embutidos, licores y vinos de Galicia, Asturias, Cantabria, el País Vasco  y demás rincones del litoral español. Y no recuerdo ningún instante de dolor ni de sufrimiento.


953.

ESTAMPAS ANDALUZAS Y MEDITERRÁNEAS

“Durante el mes de agosto, el arquitecto técnico del ayuntamiento toma vacaciones normalmente. No es que su labor sea meritoria, pero algo hace el buen hombre, aparte de mirar para otro lado y aceptar alguna que otra ayuda para salir adelante cada mes con su familia. En todo caso, siempre hay gente en el pueblo que espera con calma (aquí nadie tiene prisa para nada) a que el funcionario se vaya. Una vez disparado el tiro de salida, que coincide generalmente con la disolución en el aire de los últimos humos del tubo de escape del citado arquitecto rumbo a la playa, una cierta masa anónima conocida de todos empieza una labor intensa de construcción en zonas prohibidas, no calificadas para ese uso, protegidas y demás variedad legal que impediría en circunstancias normales cualquier tipo de edificación en dichos terrenos. El frenesí, no por disimulado, menos vivo, dura hasta que el arquitecto regresa a su puesto. Como es funcionario, sus constantes vitales no se alteran cuando comprueba cierto desmesurado incremento en la actividad constructora durante un tiempo que para el resto de trabajos es inhábil y la aparición, como por ensalmo, de casas, o talleres, o naves en zonas que deberían estar vacías. Nada fuera de lo corriente durante el mes de agosto en esta tierra. El buen hombre seguirá con su labor, mirando para otro lado y aceptando alguna que otra ayuda para salir adelante cada mes con su familia.”


952.

Cuando hablas de silencio, no te refieres a la ausencia absoluta de sonidos. El silencio es, fundamentalmente, carencia de sonidos procedentes del ser humano. No es ruido el sonido de los pájaros, ni el ronroneo de las olas al fenecer en las arenas, ni el bamboleo de las hojas de los árboles en una tarde nubosa de otoño. Ni siquiera lo sería el trueno. Nada de eso te molesta ni lo encajas en la definición de ruido y, por tanto, no atenta contra el silencio. La molestia proviene del ser humano. Son ruido las voces del grupo que charla bajo la ventana de tu casa, el motor de los coches, los movimientos de las máquinas de construcción, la música que cualquiera pone, sea del estilo que sea, la aspiradora del vecino, por no decir de esa violadora de intimidades que es la televisión. Hasta el bisbiseo del que reza es ruido. El silencio, de natural que es, abraza todo lo que la naturaleza crea. El ruido, de artificial que es, nace en las entrañas de lo humano y desde allí propaga su pestilencia.