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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Como el tiempo pasaba y tenía que estudiar, me puse a cavilar cómo darle a entender a mi jefe que necesitaba las tardes, por lo menos hasta que me examinara. Era consciente de la insignificancia de un marinero, de la carencia absoluta de derechos y no me atrevía a plantearle mis demandas a don Manuel directamente. Quizá no hubiera sido mal procedimiento, pero, imbuido en el ambiente militar, pensé que un mando sólo atiende a las palabras de otro mando. Recordé que mi padre conocía a un coronel de infantería en la Capitanía General de Sevilla. Cuando empecé a mover el asunto de la renuncia a la prórroga fuimos a visitarle. Era un hombre de aspecto bonachón y regordete, típico representante del viejo ejército español, antes de la profesionalización, que se quejaba de que, al haberle cambiado la uniformidad y sustituir la gorra de plato por la boina, parecía una seta. El Comandante de Marina de Sevilla había agotado ya su munición y se requería otro mando de las Fuerzas Armadas. Sólo se contaba con el coronel Espino. Así que hablé con mi padre y al cabo de unas semanas, don Manuel me llamó a su despacho en la oficina del muelle, me ordenó que cerrara la puerta y me mostró una cartulina con el membrete de la Capitanía General de Sevilla. Era una nota manuscrita, enormemente respetuosa donde el coronel Espino se presentaba, le aclaraba su relación con mi familia y le pedía por favor a don Manuel que me dejara las tardes para estudiar. La reacción de don Manuel fue bastante buena. Yo no las tenía todas conmigo porque podía salir por donde menos se le esperara. Pero hubo suerte. Me dijo que tenía las tardes libres hasta que me examinara y que luego, estaría a disposición suya. Conteniendo mi alegría, en respetuosa posición de firmes, le agradecí su generosidad y le prometí que me pondría a su servicio en cuerpo y alma una vez cumplidos mis planes. Así pues, a partir de ese instante, una vez terminada mi jornada laboral, una vez almorzado y descansado en una breve siesta (costumbre a la que me hice durante la mili y que desde entonces no me ha abandonado), volvía a la oficina, cuyas llaves yo controlaba sin problemas, me encerraba y me ponía a estudiar mis oposiciones.

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