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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Tenía por delante seis meses. Estaba convencido de que las oposiciones no eran un obstáculo insalvable y de que la tarea consistía, en última instancia, en refrescar todo lo aprendido en los cinco años de carrera. En aquella época, no había oposiciones a agregaduría en griego, así que hube de ir directamente por cátedras. Se trataba de asimilar un temario con 128 temas teóricos donde entraba todo: Fonética, Morfología, Sintaxis, Literatura, Métrica, Historia y algo más que no recuerdo. Las oposiciones consistían en tres pruebas. La primera era práctica. Había que traducir varios textos y me parece recordar que había también que comentarlos desde diferentes puntos de vista. Uno de ellos era de Homero y se permitía diccionario. Otros dos eran de prosa y no se permitía el diccionario. La segunda prueba era la teórica donde se sacaban por sorteo dos temas del temario y había que desarrollarlos por escrito. La tercera era llamada “la encerrona”. Se extraían por sorteo tres temas, el opositor elegía uno y, armado con todo el material bibliográfico que tuviera, se metía en un aula durante tres horas a prepararlo. Una vez agotado el plazo, se exponía oralmente ante el tribunal durante una hora. Me armé pues, de una buena colección de fotocopias de textos bilingües y de todos los apuntes acumulados durante la carrera. Hube de hacerme con algunos temas que no habíamos dado en la Facultad, pero como estaba en contacto con mis compañeros, la tarea no presentó dificultades. De este modo pasé aquel tiempo. Recuerdo que una tarde, mientras estaba en la oficina estudiando, entró uno de los prácticos del puerto, un tal don Francisco, retaco mal encarado, igualmente frustrado, de una mala leche considerable, que se creía el más guapo y el más listo del mundo, Repetidamente suspendía las asignaturas que le quedaban de una carrera ignota, aunque relacionada con sus esperanzas de ascenso, hecho que siempre achacaba a la ignorancia de los profesores. Entró, decía, a la oficina y al verme, me preguntó qué estaba haciendo. Le respondí que estaba estudiando oposiciones. Consciente, como era, de que dedicarse a la Filología Clásica era considerada cosa de personas alejadas del sano juicio en el mundo exterior a los pasillos de una Facultad, me reservé los detalles. Pero el hombre insistió en preguntar. No tuve más remedio que aclarar los extremos. Con cara de desprecio, mientras entraba en su despacho me dijo: “¡Pero bueno! ¿Todavía se estudian esas mariconadas?”. De pie, en posición de firmes, sonreí tímidamente y di la callada por respuesta.

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