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ENCUENTRO

La tarde de otoño cae cenicienta. Hay nubes de borrasca y un frío tímido que prepara sus garras para el invierno. Hay luces de neón en el local, ruido de gente joven y de adolescentes que pasan la tarde de domingo tomando brebajes y comidas que él no sabe apreciar. Una música que le suena a martillazos en los oídos tortura su cerebro. Pero él sonríe. La está mirando fijamente mientas ella sorbe un emplasto medio sólido de una copa larga a través de una pajita. A su lado, en una combinación que se le antoja cercana al sacrilegio, dos rebanadas de pan entre las que se cobija una masa de carne incógnita protegida por aditamentos a cada cual más poderoso. Gira su cabeza. Si no fuera por las circunstancias, nunca hubiera entrado en un lugar como ese. No se siente fuera de lugar, a pesar de todo. Aquí y allá, en otras mesas se ven casos como el suyo. Hombres de mediana edad y variopinto pelaje acompañado de muchachos y muchachas en plena adolescencia, a veces anunciada, a veces ya en plena flor. Y todos presentan idéntica puesta en escena. Ellos observan y los jóvenes engullen. A su lado, generalmente, sólo una cerveza o una botella de agua mineral. Finalmente, el silencio entre esas dos personas y el ruido exterior a su mundo. Ese domingo es el primero, después del divorcio, en el que conforme a lo estipulado en el convenio sale con su hija de quince años. 

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