967.

NEOLIBERALES, OTRA VEZ

 y III

Tú también protestaste mucho cada vez que, durante tu vida laboral activa, los gobiernos de cualquier signo daban dentelladas a la presencia del Griego y el Latín en los planes de enseñanza. Sólo te manifestaste una vez y a regañadientes porque eres de derechas y eso de interrumpir el tráfico y jorobarle la vida a los demás no va contigo. Pero los viejos argumentos eran apoyados por ti con convicción. Hoy, quizá porque la vida te ha puesto fuera del circuito habitual, ves las cosas de otra manera. Realmente, lo que defendías en aquellos tiempos eran tus horas de trabajo. Sabías que quedarte sin horas suponía tener que dar otras materias con las que no estabas familiarizado. Esto no sólo era un ataque a la formación de los alumnos, sino, fundamentalmente, una victoria de lo que se llamaba despectivamente “Administración”, eterna enemiga del profesor y del maestro. En una ocasión, llevado por un idealismo ingenuo, como todo idealismo, ante la inminencia de la reconversión del centro donde trabajabas a los nuevos planes de la LOGSE, se te ocurrió intentar que todos los Departamentos relacionados con las Humanidades ofreciéramos al alumnado un programa coordinado y atractivo para fomentar la matriculación. El idealismo no sólo se mostraba en la esperanza de que los profesores de la enseñanza pública se pusieran de acuerdo en algo, sino también en no percibir que para un Instituto de barrio de clase baja hundido en el marasmo igualitario de la LOGSE ofrecer una buena formación en Humanidades era tan atractivo como pretender que un futbolista ame los libros. En todo caso, preparé una presentación y una propuesta, convoqué a reuniones y fomenté una cierta agitación. Aquello se desbarató al poco tiempo porque la mayoría de los compañeros sólo quería tener más horas de su materia. Debes confesar que también influyó en que no siguieras adelante en el proyecto el hecho de que tu espíritu estaba ya naufragando y tus fuerzas psíquicas empezaban a escasear. Lo que quieres decir es que, habiendo, como también los hay, argumentos altruistas, lo que fundamentalmente mueve a esos profesores en Francia es lo mismo que los mueve en España o en cualquier otro sitio. Quieren más de lo suyo. En cuanto a los contribuyentes, que paguen y callen porque los profesionales saben mejor que ellos lo que les conviene.


966.

NEOLIBERALES, OTRA VEZ

 II

Estos tiempos, a tu juicio, como dijiste en otra entrada del blog, exigen tres tipos de personas, el científico, el técnico y el empresario. También exigen abolir las fronteras comerciales y apostar por una economía cuanto más libre, mejor. En este contexto, los profesionales de la antigüedad deben buscar su hueco. Un intento modesto de acercamiento a estas posturas lo hiciste en un breve artículo que los responsables de la página web del Instituto Juan de Mariana tuvieron la gentileza de publicarte. Dejando aparte las cuestiones de si estas posturas son neoliberales o mediopensionistas, lo que ves claro es que sin los ingresos de una economía viva, abierta y libre no hay dinero para pagar el estado del bienestar. Los profesores que se manifiestan en Francia pretenden mantener un sistema económico que está imposibilitado por su esclerosis para generar la prosperidad que pagará sus sueldos. Y, precisamente, Francia es un buen ejemplo de cómo un país anclado en una mentalidad de postguerra se ve abocado a una ruina lenta por seguir confiando en las viejas fórmulas estatalistas.


965.

NEOLIBERALES, OTRA VEZ

I

Hay palabras cuya sola presencia despiertan en ti la curiosidad. Ayer, durante la lectura de una página de internet, te encontraste con el adjetivo “neoliberal”. Cuando lo ves, te pasa lo mismo que cuando observas que alguien es calificado de “facha”. Inmediatamente, sientes una curiosidad no exenta de simpatía por el objeto del insulto (se profieren esos términos como insulto) y consideras que sus víctimas pueden aportarte algo positivo para la vida. La palabra en cuestión brotó dentro del texto de una noticia sobre una manifestación de profesores en Francia contra la reducción de la presencia de las Lenguas Clásicas en el sistema educativo francés. La propuesta partía del gobierno, es decir, del Partido Socialista. Los protagonistas de la manifestación aireaban los argumentos ya conocidos. Y entre ellos se coló la acusación de “neoliberal” a la postura del gobierno socialista. Como bien saben los que leen este blog, uno ha sido profesor de Griego en el Bachillerato y es doctor en Filología Clásica, sección de Griego. Y uno es helenista de vocación. Nadie necesita convencerte de que la sabiduría de aquellos antiguos sigue vigente hoy en día y de que la herencia clásica griega y romana es fundamental para entendernos como civilización y para evitar cometer errores del pasado. Pero, al mismo tiempo, eres consciente de que, a la manera de Heráclito el Oscuro, todo fluye y nada permanece. Los tiempos cambian y hay que adaptarse a ellos para sobrevivir. Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente, diríamos a la manera popular. Que sientas la cultura griega de la antigüedad como algo imperecedero no te habilita para que se la impongas a una sociedad cuya supervivencia estriba en acomodarse a los tiempos modernos. O en otras palabras, a un muchacho cuyo interés estriba en formarse para encontrar un trabajo que le permita una existencia decente desde el punto de vista económico los dilemas de Antígona le vienen anchos, muy anchos.


964.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

54

Me licenciaron del servicio militar en abril de 1982. Inmediatamente, fui a la Delegación de Educación a presentar mi alta en el cuerpo. Yo no tenía más experiencia vital que mis estudios y la mili, esferas ambas cerradas y aisladas de la realidad de la vida. Recuerdo que verme a mis 22 años, tímido e inseguro entrando en aquel edificio antiguo en pleno centro de Sevilla me cohibía. Tenía que ver al inspector jefe. Sólo pensar en entrevistarme con ese señor temblaba de pánico. Estaba metido en un traje que venía demasiado ancho para mi saber de la vida y mi estar en ella. Pero no había otra alternativa, así que, tras pasar los filtros burocráticos imprescindibles, me vi sentado en su despacho y ante su mesa. Me recibió formal, pero amablemente. Y me dio a conocer mi situación. En el Instituto “Al-Ándalus” de Arahal había en ese curso sólo 4 horas de Griego en el 3º de BUP (para los que no lo saben: Bachillerato Unificado y Polivalente… cosas de final de régimen). Lo estaba impartiendo un profesor agregado de Latín que completaba su horario con ese grupo. Mi llegada obligaba legalmente a que me cediera esas horas. Intrigado le pregunté al inspector si tan pocas horas de clase iban a justificar mi puesto y mi sueldo. Comprendió el hombre mi extrañeza, pero me dijo que la ley no ponía obstáculos a ese extremo. Yo era catedrático numerario de Bachillerato de la asignatura de Griego (aunque en prácticas) en aquel centro y debía hacerme cargo de aquellas horas. Si no había más, no era mi problema y mis derechos como catedrático impedían que se me recortase el sueldo o se me obligase a completar con otras asignaturas, hecho que, a pesar de todo, hubiera sido imposible dada la altura a la que estaba el curso y a que los horarios llevaban funcionando ya mucho tiempo. Aquella noticia me produjo un estado de ánimo ambivalente. De un lado, ganar aquel nutrido sueldo me producía una comprensible euforia. En mi bolsillo iba a entrar cada mes el doble de lo que mi padre ganaba como administrativo en la delegación de un ministerio con treinta años de antigüedad. Pero embolsarme esa cantidad respetable por trabajar cuatro horas a la semana me dejaba el mal sabor de boca de quien cree que está abusando de los contribuyentes y de la moral más elemental. El inspector se encogió de hombros y yo (donde manda patrón…) también. Así que me dispuse a presentarme en el centro con mis papeles en regla, mis temores y mis ilusiones. Porque junto al miedo de enfrentarme a una realidad totalmente diferente a la que había informado mi existencia, también sentía la alegría de poder empezar a transmitir a gente de aquellas edades tan influenciables todo el entusiasmo de mi vocación de helenista. Las ideas bullían en mi mente y las ansias evangelizar a los adolescentes también.


963.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

53

La época que me tocó vivir cuando ingresé en el funcionariado y en la instrucción pública fue tan apasionante como curiosa. Experimenté el ocaso de un sistema que consideraba prestigioso el Bachillerato y de una sociedad que a sus profesores los estimaba como un cuerpo preparado para la tarea que se les encomendaba. A eso se añadía un resto fósil más. Los profesores de Griego y Latín disfrutábamos de una posición que no tenían otros compañeros. Había Geografía e Historia, juntando dos disciplinas que, si bien la primera actúa como auxiliar de la segunda en ciertos momentos, no tienen nada que ver. O Física y Química, tan dispares. Bajo el epígrafe de Ciencias Naturales se agrupaban aspectos tan diferentes como Geología, Biología, Paleontología y algunas más. Todos ellos convergían de diferentes carreras en una sola oposición y en un solo Seminario (como se llamaban entonces los Departamentos en los Institutos de Bachillerato). Nosotros, habiendo cursado la misma carrera, teníamos dos oposiciones diferentes y dos Seminarios independientes. Se decía que este estado de cosas provenía de tiempos de la postguerra, cuando el sistema docente estaba muy influido por humanistas y cuando las Clásicas gozaban de prestigio. Las mentes retorcidas por la ideología achacaban esos favores a que ni el Griego ni el Latín amenazaban al régimen del General Franco y que, por tanto, debía fomentarse su enseñanza frente a disciplinas donde un profesorado disidente podía inclinar la docencia hacia terrenos no aceptables por el régimen. Podría ser, no digo que no, pero también sería dado pensar que aquel mundo era distinto y que en aquellos tiempos todavía las Humanidades significaban alta cultura, formación sólida y posibilidades de una modesta, pero prestigiosa, promoción social. No hemos de olvidar que una parte de la élite intelectual del régimen eran humanistas (Tovar, Laín Entralgo, Ridruejo, Pérez de Ayala) que vieron en Franco una posibilidad de salvar la civilización frente a la barbarie y que, quiérase o no, el mundo grecolatino es el fundamento de esa civilización que la barbarie siempre pretendíó y pretende destruir. A pesar de que la reforma de Villar Palasí (ese aggiornamento a lo Vaticano II laico) había dado el primer golpe a la antigua concepción de la Enseñanza Media, en aquel Bachillerato demediado todavía pervivían rescoldos del viejo  mundo. Como dije, viví los estertores de una situación cuyo derrumbe contemplé poco a poco, a cámara lenta, durante veinte años y a cuyos inicios pude asistir en primera fila desde aquel instituto de pueblo donde, como si de un microcosmos se tratara, se manifestó el cambio que la sociedad española iba a experimentar desde el momento de la mayoría absoluta del PSOE en las elecciones de 1982.


962.

Mis escritos para descargar gratuita y libremente. En caso de difusión o cita, sólo se ruega dejar constancia del autor. Formato PDF.

Emilio Díaz Rolando.- Resueños (Relatos)

Emilio Díaz Rolando.- El jardín de grava (Cien haikus)

Emilio Díaz Rolando.- Haikus para mi hija

Emilio Díaz Rolando.- Primera luz. Cincuenta haikus para María


961.

FLUIR

Su padre le enseña a cumplir con el gesto diario. Llega a casa, al mediodía, entre el tintinear de llaves, abrir y cerrar de puerta, salto al cuello con beso incluido, el suyo y el de su hermana. Es la costumbre, no recuerda desde cuando, aunque no debe de ser muy pronto, porque el interés  hacia esos objetos no surge en la infancia más remota, sino cuando el espíritu comienza a madurar y la realidad que se expande más allá de los muros de la casa o del colegio empieza a ser interesante. Toma en sus manos el rollo, porque el padre lo trae siempre enrollado, y se va al comedor a desplegarlo y a empaparse de lo que ofrece. Mientras, el padre se sienta a la mesa y come. Él siempre come después. Son tiempos en los que, tras esa pausa, tiene que volver al trabajo, años anteriores a la costumbre europea de tener una jornada sin cortes para almorzar y digerir los platos de potaje o cocido, arroz o lentejas, seguidos de carne con patatas o pescado con ensalada, postre y café. Es su padre el que, sin ser consciente del movimiento, le empuja a llevar a cabo el gesto diario cuando gana su primer sueldo, cuando se va de casa, cuando hace su vida propia, cuando conoce a la mujer, forma un hogar, vienen los hijos, trabaja durante decenios y ve todavía algo lejos el momento de la liberación de una labor que lo tiene ya consumido de aburrimiento, de días y días anodinos e insensibles. Esa mañana, sin darse cuenta, sin pensarlo, pasa de largo por delante de aquel sitio donde repite la ceremonia desde que se muda al barrio, aquel año en que compraron el piso y se instalaron. Luego, en la soledad de la oficina, rodeado del rumor de los papeles, el teclear de los ordenadores y las palabras de los presentes, reflexiona sobre el gesto de esa mañana. Lo hace y no siente el mordisco de la abstinencia en su alma, como aquellos dos o tres días al año en que no le prestan el servicio por vacaciones. Por primera vez en cuarenta y tantos años, no ha comprado voluntariamente el periódico en el kiosco de Emeterio. Y no se siente huérfano.