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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Me licenciaron del servicio militar en abril de 1982. Inmediatamente, fui a la Delegación de Educación a presentar mi alta en el cuerpo. Yo no tenía más experiencia vital que mis estudios y la mili, esferas ambas cerradas y aisladas de la realidad de la vida. Recuerdo que verme a mis 22 años, tímido e inseguro entrando en aquel edificio antiguo en pleno centro de Sevilla me cohibía. Tenía que ver al inspector jefe. Sólo pensar en entrevistarme con ese señor temblaba de pánico. Estaba metido en un traje que venía demasiado ancho para mi saber de la vida y mi estar en ella. Pero no había otra alternativa, así que, tras pasar los filtros burocráticos imprescindibles, me vi sentado en su despacho y ante su mesa. Me recibió formal, pero amablemente. Y me dio a conocer mi situación. En el Instituto “Al-Ándalus” de Arahal había en ese curso sólo 4 horas de Griego en el 3º de BUP (para los que no lo saben: Bachillerato Unificado y Polivalente… cosas de final de régimen). Lo estaba impartiendo un profesor agregado de Latín que completaba su horario con ese grupo. Mi llegada obligaba legalmente a que me cediera esas horas. Intrigado le pregunté al inspector si tan pocas horas de clase iban a justificar mi puesto y mi sueldo. Comprendió el hombre mi extrañeza, pero me dijo que la ley no ponía obstáculos a ese extremo. Yo era catedrático numerario de Bachillerato de la asignatura de Griego (aunque en prácticas) en aquel centro y debía hacerme cargo de aquellas horas. Si no había más, no era mi problema y mis derechos como catedrático impedían que se me recortase el sueldo o se me obligase a completar con otras asignaturas, hecho que, a pesar de todo, hubiera sido imposible dada la altura a la que estaba el curso y a que los horarios llevaban funcionando ya mucho tiempo. Aquella noticia me produjo un estado de ánimo ambivalente. De un lado, ganar aquel nutrido sueldo me producía una comprensible euforia. En mi bolsillo iba a entrar cada mes el doble de lo que mi padre ganaba como administrativo en la delegación de un ministerio con treinta años de antigüedad. Pero embolsarme esa cantidad respetable por trabajar cuatro horas a la semana me dejaba el mal sabor de boca de quien cree que está abusando de los contribuyentes y de la moral más elemental. El inspector se encogió de hombros y yo (donde manda patrón…) también. Así que me dispuse a presentarme en el centro con mis papeles en regla, mis temores y mis ilusiones. Porque junto al miedo de enfrentarme a una realidad totalmente diferente a la que había informado mi existencia, también sentía la alegría de poder empezar a transmitir a gente de aquellas edades tan influenciables todo el entusiasmo de mi vocación de helenista. Las ideas bullían en mi mente y las ansias evangelizar a los adolescentes también.

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