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ESCAPADA

No hay otra. Las amigas le aseguran que los hombres nunca dejan una mujer si no tienen otra a la que agarrarse. Pero ella está segura en este capítulo de la triste historia que su marido abandona la casa y el matrimonio sin que ninguna otra mujer le sirva de muleta. Ni de rampa de lanzamiento en dirección a otra galaxia más confortable que la dejada atrás. En los pocos momentos de comunicación, reproches, acusaciones, lágrimas, puños cerrados de rabia, él le asegura que no hay otra mujer, que su decisión parte de sí mismo exclusivamente, que le espera la soledad de un apartamento alquilado, ya se sabe, aparador de desecho que los caseros odian por haberlo heredado de la abuela, apaños de cocina grasientos, ollas desconchadas, televisión de cuando salieron las primeras en color, sillones desfondados, sillas pegajosas de estilo castellano y demás ajuar que es habitual en los pisos de alquiler. La decisión es personal y no hay otra mujer que le haya empujado a abandonar la casa, la esposa y el hijo recién nacido. Ella, al principio, no le cree. Las amigas le dicen mientras agitan la cucharilla del café en aquella cafetería de moda y diseño la tarde de un sábado otoñal, que es imposible, que no le crea, que miente, como todos los hombres. Hay otra mujer, una lagartona a buen seguro más joven y con aspecto de vampiresa circense, embaucadora y conocedora de algún exótico mecanismo sexual que le ha limpiado el cerebro y dado nueva vidilla a sus genitales. Una puta, vamos, con sus cuatro letras. Ella encuentra el modo de investigar sobre el asunto. Como gana un buen sueldo y tiene una alta categoría en el banco, se permite el lujo de ponerle un detective. Sólo por darse el gusto de descubrir su mentira, porque su decisión de largarse es irreversible. A las pocas semanas, el profesional del husmeo le dice que no hay otra mujer, que vive solo en un apartamento de alquiler y que apenas si sale de su casa. Así hasta que queda solventado el asunto del papeleo, abogados, fiscales y jueces, la pensión alimenticia y el régimen de visitas. Pasado un cierto tiempo, cuando la herida comienza a cerrarse, ella le pide que confiese esa razón oculta que le empuja a cambiar de existencia. Ella sabe que las mujeres tienen más de esos seis sentidos que se le atribuyen. Tienen hasta un séptimo y un octavo. Salvo cuando son madres y tienen a su recién nacido entre los brazos y colgado de sus pechos. En esos instantes, la hembra no vive sino para la criatura y no capta esas señales imperceptibles que, a veces, le da su hombre en las que, como esas maderas que crujen antes de romperse, le dice sin palabras y sin consciencia que antes, cuando estaban solos ellos dos, era mucho más feliz. 

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