982.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

 RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Pronto tropecé con la principal contradicción que me acompañó durante toda mi carrera profesional. De un lado, salvo unos momentos a los que me referiré más adelante, mi mentalidad y mi forma de ser me llevaban a considerar fundamental el esfuerzo, la dedicación, el estudio, el respeto a la autoridad, el civismo, el orden; pero, por otro lado, siempre me provocó una repulsión instintiva pensar que un suspenso puesto por mí en un acta y en un boletín de notas perjudicaba la vida de esas criaturas a las que yo daba clase. En mi fuero interno, nunca me sentí legitimado ni me agradaba ser dueño de un poder tan decisivo sobre otros seres humanos. Y reconozco que era una deficiencia en un trabajo como el de profesor. Por supuesto que siempre el suspenso pensado pero no manifestado era merecido. Pero me costaba tanto trabajo llevarlo a cabo. La consecuencia es que mis notas siempre fueron escandalosamente benevolentes con los alumnos. Sólo caían en el Hades evaluador quienes no aparecían por clase o quienes tenían una actitud tan descaradamente pasiva que hacía imposible la ayuda. El ambiente individualista del instituto y la mentalidad funcionarial de los compañeros impidió el reproche a mi actitud. Sólo una vez alguna compañera, a la que respetaba por su profesionalidad, me acusó en una sesión de evaluación de que mis aprobados no valían nada. Recuerdo que fue la respuesta a una defensa por mi parte de una alumna bastante cortita de rendimiento, pero que, como era habitual, me había contado su vida en mi despacho (la puerta de la estancia siempre abierta, por si las moscas), una vida, como era frecuente, propia de un folletín dickensiano. Esa labor de padre confesor que oye las desgracias de los adolescentes era otra de las consecuencias de mi forma de proceder. En los primeros años de profesión, con un planteamiento ingenuo de las relaciones entre profesor y alumnos, esa contradicción no me resultó dolorosa. Pero conforme iban avanzando los años, la vocación se me iba enfriando por culpa de la edad y de los embates de los cambios administrativos, esa contradicción empezó a herir mi amor propio. Al final, percibía una brecha insalvable y casi vergonzante entre una actitud seria, radicalmente exigente conmigo mismo, entre una concepción de la docencia como un ámbito de autoridad y orden, y la blandura en las calificaciones de mis alumnos. Como, salvo el caso narrado, uno en veinte años de trabajo, nadie nunca me hizo el menor comentario sobre mi forma de evaluar, supongo que más de uno en su fuero interno justificaría mi comportamiento por el hecho de que la materia que impartía, tan optativa siempre, requería un trato beneficioso para los alumnos a fin de que muchos eligieran la asignatura y así poder contar con carga docente en mi horario.

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