988.

REITERACIÓN

Lo encuentra la madre mientras investiga los bolsillos del pantalón que va a meter en la lavadora. Es un gesto inconsciente y mecánico que repite cada vez que lleva  a cabo la acción. Así no aparecen luego bolas de papel procedentes de pañuelos olvidados, caramelos mutados en bloques duros como el acero o, como sucedió en una ocasión, lo que antaño fue un reloj de plástico, ahora destripado, de esos que venden en los chinos por unas pocas monedas. Lo encuentra y lo observa un rato. Su mente vacila entre la preocupación y la serenidad. De un lado, es normal que su hijo de dieciséis años tenga ya relaciones sexuales y que precise del condón. Demuestra por su parte una madurez tranquilizadora. De otro lado, el paso del tiempo, la despedida de aquel niño que ya hace tiempo dejó de ser se hace más patente con la aparición de un objeto que indica, como ningún otro, el avance de un hijo por un camino en el que su padre y su madre ya no son necesarios. La mujer se guarda el preservativo, deposita el pantalón junto con el resto de la ropa de color dentro de la lavadora, llena el cajetín de detergente con suavizante y pone en marcha la máquina. Un poco más tarde, cuando el marido regresa del trabajo, le comenta el descubrimiento. Ambos deciden que el hombre debe hablar seriamente con el chaval y no puede evitar, mientras se dirige al cuarto del adolescente un poco más nervioso de la habitual, recordar aquella conversación, la única que tuvo con su padre en la que se trataba de algo diferente a las vicisitudes más cotidianas. En aquellos días del pasado, se vive con otra mentalidad. El padre, mientras conduce el coche camino de no recuerda dónde, le comenta que se ha enterado de que sale con una chica. El entonces joven de dieciocho años se lo confirma. Mientras llama a la puerta de la habitación, evoca la tensión implícita que pesaba en el interior de aquel coche, sin aire acondicionado, ni dirección asistida, ni elevalunas eléctrico, y evoca las palabras de su padre cuando le dice sobriamente, sin más explicaciones ni recomendaciones, que espera el comportamiento propio de un caballero. Del mismo modo que aquellas palabras de nada le sirvieron porque tenía la intención de comportarse como un crápula a la primera que se lo permitiese aquella morenita que fue su primera novia, sospecha que su charla con el hijo va a ser escuchada con escasa atención. Tampoco le sirve apelar a una caballerosidad que ya no está de moda. Quizá sea ahora más fácil, porque basta con decirle que siga teniendo cuidado, confiado en que las clases de educación sexual del colegio sean de mayor ayuda que los comentarios de los compañeros de curso, manual no impreso en el que aprende como buenamente puede, los rudimentos de la procreación. Su hijo le da permiso para entrar y al abrir la puerta, hollando aquel sancta sanctorum tan inviolable como el refugio en sagrado para el delincuente sorprendido in flagranti, reconoce que todo ahora es mucho más fácil. Incluso lo son las chicas, porque aquella morenita que fue su primera novia nunca le permitió hacer el crápula y tuvo que comportarse, muy a su pesar, como un caballero.

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987.

El bueno de Javier Reverte en esta conferencia no sabe cómo pedir perdón por la colonización de África. Es una buena muestra del complejo de culpa que nos corroe en Europa cuya más nociva consecuencia es la paralización ante las agresiones de sus enemigos. No podemos olvidar que los mayores esclavistas que ha habido y hay son los árabes. Todavía hoy en día la esclavitud existe y se fomenta en algunos países musulmanes. Hay que recordar que los primeros en vender a seres humanos como esclavos eran las tribus negras africanas. Recordemos que la esclavitud ha existido desde el origen de los tiempos y que sólo comenzó a cuestionarse su legitimidad cuando los europeos se rebelaron contra ella. Gracias a los europeos la esclavitud es considerada una aberración. Y lo dicho respecto a la esclavitud se puede aplicar íntegramente al racismo. Por otro lado, los europeos sí descubrieron los accidentes geográficos africanos, como descubrieron América. En manos de sus aborígenes, aquellos rincones seguirían aislados del resto del globo terráqueo. Los europeos les ofrecieron lo mejor que siempre tuvieron, el conocimiento, la curiosidad, la inquietud por saber. Claro que hubo explotación. Nadie nunca hizo nada por nada. Pero, en comparación con otras civilizaciones que nunca han pedido perdón por nada y que se sienten orgullosas de sus fechorías, Europa y Occidente han dado a la humanidad más beneficios que ninguna otra. No hay, pues, lugar para la culpa.


986.

El comportamiento de los medios de comunicación y de las fuerzas de seguridad alemanes durante los abusos, robos y violaciones que miles de musulmanes ensoberbecidos han llevado a cabo sobre mujeres en la noche de fin de año en varias ciudades de Alemania, Austria, Finlandia y otros países europeos trasluce, fundamentalmente, miedo. Difícilmente podrá defenderse Europa de sus enemigos si ante los ataques la respuesta es el miedo. Europa tiene miedo de sí misma, de su fuerza, de sus valores, de su razón, de sus tradiciones, de su historia. Mal nos va a ir si ante los retos, la única respuesta es pedir perdón. Una vez más.


985.

NAVIDAD

En aquel tiempo lejano, se espera la fiesta con ansiedad. La niñez con su ingenuidad primaria envuelve el acontecimiento de expectativas y gozo. Acompañan las presencias de la familia que el resto del año están dispersas y que se reúne en esos días en torno a la abuela, cada vez más vieja y más arrugada, cada vez más ajena a las sacudidas de esta vida. Son momentos de acumulación de comida, de regalos, de gente, de luz. Luego, la edad va desbrozando las hierbas más frágiles y dejando el tronco y las raíces. Pero, por ser el sostén del árbol, aguantan los embates de las edades y conservan la originaria prestancia de lo cálido. Comienzan en aquellos momentos las ausencias y una mueca cada vez más honda de tristeza acompaña cada fiesta. Hay nuevas incorporaciones que empañan con sus zarpas la atmósfera limpia de los años infantiles. Y el arañazo de la desidia va horadando poco a poco la esperanza de vivir unos momentos agradables y humanamente felices. Los que eran maduros se convierten en ancianos, alguno de ellos, alguno muy cercano, resentido con otros miembros del grupo por agravios tan lejanos como inciertos. Hay vetos, hay malentendidos que se riegan y abonan para justificar el abuso de la dignidad agredida. Aunque haya nuevos niños, la fragmentación los aísla y los reúne en otros hogares. Y así pasan los años y aparecen las fiestas, de esperadas a temidas. Y así, muertos unos, agraviados otros, desaparecidos otros, llega esa persona a acostarse en Navidad a las diez y en Nochevieja a las once, con la compañía del ruido que provocan unos monigotes inundados de purpurina en la pantalla del televisor.


984.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

 RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

58

Mi actitud ante la calificación de los alumnos invalidaba de entrada el empleo del suspenso como principal arma de motivación para los sumisos y de disciplina para los rebeldes. De un modo inconsciente, sin embargo, y de la misma manera que durante el servicio militar sobreviví con holgura al peligroso ambiente del Arsenal de La Carraca, pude salir adelante sin agravios a mi dignidad en las procelosas aguas de un Instituto de Educación Secundaria (el de Bachillerato era otra cosa). Puedo decir con orgullo que nunca eché a ningún alumno de mi aula, que nunca mandé a ningún alumno al Jefe de Estudios, que nunca tuve una discusión con ningún alumno mío y que jamás se me presentó un problema de disciplina dentro de mi clase. Los problemas de disciplina se me presentaban siempre con aquellos alumnos que no eran míos, durante las guardias o durante mi intervención en aquellos remedos de proceso penal en que se convirtieron los expedientes a los alumnos que habían protagonizado actos contra el orden y el respeto a los profesores o a sus compañeros. Con algún altibajo debido a mis problemas psíquicos, mi fórmula de ser exigente conmigo mismo en mi trabajo, de respetar hasta el extremo a los alumnos, de dejar las cosas claras desde el primer día, de mantener una coherencia hasta el límite y de ser suave en la calificación del trabajo hecho por los jóvenes funcionó siempre. Dentro de mi aula había un buen ambiente. Todo lo que cuento debe entenderse de acuerdo a una concepción de la docencia que ahora, cuando veo las cosas desde fuera, ha cambiado notablemente. En el fondo, lo que hacía era un intento de adaptación de los planteamientos de la instrucción pública que había vivido durante toda mi vida estudiantil a una época muy diferente, que yo, al igual que casi todos mis compañeros, experimentaba como decadente y degradante por no valorar aquello que nosotros sí apreciábamos. Si además pensamos que la materia impartida en mi caso estaba vinculada de forma muy patente a ese viejo mundo desaparecido, la situación de mi labor profesional se volvía aún más incomprensible para los tiempos que corrían.

 


983.

Don Claudio Sánchez Albornoz pasó buena parte de su vida intelectual intentando hallar la esencia del carácter español. Ese objetivo ha sido desacreditado fundamentándose en el hecho de que tal esencia es una entelequia. Tanto en el caso español como en cualquier otro colectivo nacional. Sin embargo, hoy piensas que algo de eso debe de haber en el corral. Porque parece que nuestras gentes en su mayoría gozan de una  ancestral e inveterada miopía aguda a la hora de ver por dónde van los caminos más adecuados para sobrevivir en el futuro. Nuestra élite junto con una buena parte de la población debería preocuparse por avanzar en el terreno tecnológico, por gestionar adecuadamente sin prejuicios ideológicos los fondos recaudados en los impuestos, por fomentar la iniciativa particular, por orientar la instrucción pública hacia las exigencias de una sociedad en continuo cambio, por impulsar la investigación científica. En lugar de esos movimientos, observamos una cúpula intelectual, política y económica, secundada por un sector significativo del pueblo llano, que sólo está preocupada por vengar la derrota del bisabuelo en una guerra que tuvo lugar hace casi un siglo (cuando no flagelarse por aquel otro bisabuelo que la ganó), por imitar modelos económico patentemente fracasados y ruinosos, por mantener un gasto público inaceptable que sólo sobrevive gracias al dinero obtenido en préstamos, por cegarse ante las soluciones que otros ya han experimentado y encontrado para hacer viable una sociedad próspera, por erigir un sistema docente cuyo objetivo es convertir a los futuros ciudadanos en súbditos sometidos a la ideología de turno. Seguimos siendo un pueblo en su mayoría incapaz de ver más allá de unas anteojeras que la mediocridad, la picaresca, el conformismo, el rencor, la cerrazón, la desconfianza y los dogmas más periclitados y nocivos alimentan.