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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

 RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Mi actitud ante la calificación de los alumnos invalidaba de entrada el empleo del suspenso como principal arma de motivación para los sumisos y de disciplina para los rebeldes. De un modo inconsciente, sin embargo, y de la misma manera que durante el servicio militar sobreviví con holgura al peligroso ambiente del Arsenal de La Carraca, pude salir adelante sin agravios a mi dignidad en las procelosas aguas de un Instituto de Educación Secundaria (el de Bachillerato era otra cosa). Puedo decir con orgullo que nunca eché a ningún alumno de mi aula, que nunca mandé a ningún alumno al Jefe de Estudios, que nunca tuve una discusión con ningún alumno mío y que jamás se me presentó un problema de disciplina dentro de mi clase. Los problemas de disciplina se me presentaban siempre con aquellos alumnos que no eran míos, durante las guardias o durante mi intervención en aquellos remedos de proceso penal en que se convirtieron los expedientes a los alumnos que habían protagonizado actos contra el orden y el respeto a los profesores o a sus compañeros. Con algún altibajo debido a mis problemas psíquicos, mi fórmula de ser exigente conmigo mismo en mi trabajo, de respetar hasta el extremo a los alumnos, de dejar las cosas claras desde el primer día, de mantener una coherencia hasta el límite y de ser suave en la calificación del trabajo hecho por los jóvenes funcionó siempre. Dentro de mi aula había un buen ambiente. Todo lo que cuento debe entenderse de acuerdo a una concepción de la docencia que ahora, cuando veo las cosas desde fuera, ha cambiado notablemente. En el fondo, lo que hacía era un intento de adaptación de los planteamientos de la instrucción pública que había vivido durante toda mi vida estudiantil a una época muy diferente, que yo, al igual que casi todos mis compañeros, experimentaba como decadente y degradante por no valorar aquello que nosotros sí apreciábamos. Si además pensamos que la materia impartida en mi caso estaba vinculada de forma muy patente a ese viejo mundo desaparecido, la situación de mi labor profesional se volvía aún más incomprensible para los tiempos que corrían.

 

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