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LIBRERÍA

El hombre está de viaje con su esposa. Es primavera y Semana Santa, unos días en los que se rompe el gris habitual de las jornadas en la oficina. Este año, desde enero, tienen previsto escaparse en ese período. Entre las opciones, se deciden por patear alguna vieja ciudad de su país, con sus iglesias casi milenarias, sus casas ya vencidas por el tiempo, los soportales, las calles adoquinadas, los edificios de gobierno ajados por la garra del tiempo. Y las gentes, tan semejantes a sus ancestros, aunque cambien las túnicas o los jubones por pantalones vaqueros y sudaderas. Pasean por esos rincones donde no hay tráfico porque con dificultad cabe un coche. Aquí y allá, brotando de una ventana abierta, se escucha como un denso tributo a la modernidad la música de estos tiempos, con frecuencia insoportable en su machaconeo y sus mostrencas armonías. Pero, en general, el ambiente es acogedor, tanto que apenas se hace presente a la pareja que ese suelo que están pisando se encuentra a más de mil kilómetros de su casa. Al pasar junto a una librería de viejo, el hombre comenta a su esposa que va a entrar un momento. Es una antigua afición que se repite en cada ciudad que visitan, aunque rara vez compra un libro. Los prefiere nuevos, pero el hurgar entre aquellos objetos que un día fueron importantes para ser desahuciados tiempo después le provoca un leve placer al que no renuncia siempre que se le presenta la oportunidad. Entra en el establecimiento y ojea las estanterías, las mesas con los volúmenes apilados en un orden caótico que sólo el librero, un vejete con melena blanca, gafas caídas en la nariz, manos huesudas y ropa pasada de moda, conoce con la exquisitez de un amante. El viajero toma algunos ejemplares, pasa sus hojas, curiosea. Mientras examina uno de esos libros abierto por su mitad, cuyo título nada le dice, observa los subrayados que un antiguo dueño ejecuta sobre las páginas, lee con cierta dificultad los comentarios que tiene escritos al margen. La letra le resulta conocida. Va a las primeras páginas y allí está, el viejo ex libris que utiliza durante algunos años en su perdida juventud y que deja de estampar tras el primer gran expurgo de su biblioteca. 

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