991.

HOMBRE

Cierra el portalón sur de la nave una vez lanzado al exterior el cuerpo. El hombre que aprieta los botones no se preocupa de envolverlo en ningún sudario. Por supuesto, nada de ataúdes ni objetos que a estas alturas son preciosos. El muerto se aleja de la nave, destacado en la negrura del cosmos por la claridad ajada de su ropa. No flota como un guiñapo, ni ejecutando aspavientos ridículos, sino rígido, estirado, diríase que solemne. El hombre se pregunta si allá fuera los organismos que finiquitan la materia del cuerpo abandonado por la vida pueden ejercer su labor. Lo más probable es que ese cuerpo consiga una eternidad incorrupta, tal vez momificado; tal vez, objeto de estudio para alguna especie de habitantes del espacio que se encontrarán con él en un plazo de varios millones de años. Terminada la faena, el hombre se vuelve lentamente y sale de la estancia. Sus pasos a través de los túneles y de los pasillos de la nave retumban suavemente. Es el único ruido de la nave, aparte de los zumbidos que atestiguan el funcionamiento de los soportes vitales. Hace tiempo que dejan de oírse otras voces. Primero son los sonidos emitidos por los animales; luego, las voces de los niños; luego, las de las mujeres. Voces estas cuya ausencia más siente el hombre mientras camina en dirección a su cámara. Aunque bien podría acomodarse en alguna otra de las cientos que tiene la nave. Todas vacías. Si por él fuera, dejaría de cultivar en los huertos, de fabricar proteínas en el laboratorio, de renovar el agua y controlar la sala de oxígeno. Todos de un tamaño tan excesivo para un solo ser humano, que queda abrumado cuando entra en sus recintos. Ya no habrá más funerales en la nave porque el hombre es el último ocupante. Al igual que aquel cuerpo ahora vagando por el espacio, la nave será hallada en millones de años por otros seres vivos y será estudiada. Y se preguntarán dónde están los tripulantes de ese armatoste inmenso que navega errante entre las galaxias cuyo origen, destino y errores podrán conocer gracias a los archivos. Y se extrañarán de que haya sólo un esqueleto perdido en algún rincón cuya calavera, a pesar de la rigidez de los huesos, deje entrever una silenciosa resignación, porque él nada dejará en los registros, nada le hablará a los ordenadores, ninguna constancia dejará de la libertad que al cabo encuentra entre esas soledades de metal.

Anuncios


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s