1010.

CRISIS

Es domingo. La tarde comienza a caer sobre el salón donde una mesa ancha testifica el paso por su espalda de una comida bien nutrida. Hay platos de postre dispersos con restos de lo que posiblemente es una tarta donde el chocolate impera sin rivales. Junto a los sitios donde hay varones adultos descansan copas con los reflejos del coñac en su interior, y donde hay mujeres, las copas presentan otras tonalidades en sus contenidos mucho más diversos e inidentificables. Los niños retozan en el jardín que se enseñorea del espacio al otro lado de la gran puerta de cristales cuya transparencia difumina la separación entre el lugar de comer y el lugar de disfrutar. También se divisa una piscina, ahora cubierta porque están en invierno. Con todo, es un cálido inicio vespertino, con un sol poderoso en su timidez invernal. La conversación parece que se está extendiendo. Los hombres repiten de vez en cuando echando mano a la historiada botella de coñac. Incluso hay uno que fuma un puro, mientras que otros enredan sus rostros entre las volutas del humo de cigarrillos. Los contertulios despliegan diversas edades, hay un hombre viejo, muy viejo, encorvado, con un bastón reposando en el borde de la gran mesa, que parece ausente. Su silencio lo sugiere, aunque sus ojos siguen las intervenciones de los demás. Hay tres parejas de mediana edad, otra mujer al inicio de la madurez y un joven con gesto cariacontecido. El anciano fija su mirada en él porque lleva un rato describiendo su vida actual. Que si le cuesta cinco años acabar la carrera de ingeniero, que si tiene un máster, que si no para de hacer cursos, que si su expediente es impecable, que si no encuentra un trabajo digno. Las cosas están fatal con la jodida crisis, continúa. Cuando, milagrosamente, se topa con un empleo, es más propio de indocumentados que de un ingeniero industrial. Y los sueldos son propios de la esclavitud. Va desgranando su peripecia entre unas caras que con su aura de tristeza o de indignación revelan asentimiento. Su madre, una de las presentes, cree adivinar una lágrima a punto de saltar de uno de sus ojos. Que si está desesperado, que para eso mejor no estudiar, que si no puede ni alquilarse un estudio donde iniciar una vida propia. Se produce una pausa que vuelve más intensa la amargura del muchacho y la compasión del resto. El anciano toma su bastón. Todos lo miran. Le preguntan adónde va. Con dificultad se pone en pie y con un gesto le indica al joven que le siga. Uno de los comensales se interesa con su vecina sobre cómo está una de sus parientes. En adelante, empezadas otras charlas, nadie repara en la marcha del viejo, a pasitos cortos, la cabeza gacha, cargando sobre los hombros su interminable sarta de años. El anciano tiene su habitación en la casa, pero no en la planta de arriba. La escalera es ya un obstáculo que se le antoja más propio de un experimentado alpinista. Los dos atraviesan la cocina y llegan al lugar donde el hombre mayor tiene su cubículo. De confortables dimensiones, está limpio y tiene un aspecto bastante digno. Calefacción, aire acondicionado, cuarto de baño adjunto con ducha, amplio ventanal que da al jardín, cama, mesita de noche, sillón de orejas, reposapiés, televisión de respetables pulgadas, estantería con libros, armario. Los dos entran y el anciano cierra la puerta. Le indica a su nieto que se suba en el reposapiés y que tome de lo alto del armario un bulto envuelto en plástico. El joven le obedece. Una vez sobre la cama, limpiado el polvo que acumula, el viejo saca del interior algo. Es una traqueteada maleta de cartón, con lamparones, casi a punto de deshacerse. Con cuidado, la abre. Dentro hay otra bolsa, esta vez de tela. Se percibe claramente que cuenta con muchos años y mucho trasiego. El viejo toma la bolsa, la abre y saca del interior un objeto que el nieto no identifica. Le pregunta qué es al abuelo. Antes de responder, el anciano da vueltas en sus manos a aquel par de cosas. Son mis alpargatas, le responde el anciano y, a continuación, le pregunta al nieto el número que calza. Cuando le da la respuesta, el hombre cargado de años sonríe. Toma, le dice, te las regalo. Tenemos el mismo número.


1009.

Nadie parece haber reparado en el poderoso valor simbólico que tuvo el hecho de que el discurso donde Benedicto XVI anunciaba su deseo de abdicar de la Cátedra de San Pedro estuviera en latín. No se te olvida la cara de idiocia con que el colegio de cardenales lo acogió. Estás convencido de que ninguno de ellos lo estaba entendiendo. Se te antoja que no fue la edad del ex papa, su agotamiento físico, su impotencia ante la tarea de dirigir la Iglesia Católica lo que le empujó a tomar ese rumbo, sino la convicción de que los tiempos de seriedad, de coherencia, de la tradición en el seno de la Iglesia habían pasado. La labor demoledora del Concilio Vaticano II había conseguido ya sus fines. Por eso se fue dejando atrás un texto en latín, lengua litúrgica proscrita actualmente en los ritos. Era un modo de decirnos que él era el último de la católicos sujetos a la tradición, igual que fue el último en usar los zapatos rojos, esa reminiscencia de los borceguíes púrpura de los emperadores romanos del Bajo Imperio. Sabía que era ineluctable dejar paso a una Iglesia Católica vergonzante, que se oculta de su historia, que no defiende su legado y se doblega ante los nuevos bárbaros. El signo tonto de los tiempos exigía la llegada de ese personaje vacuo que le sustituiría, compendio de todos los tópicos de la modernidad más inane para que contribuyera a derribar los últimos muros que defienden la civilización.


1008.

Ya anteriormente apareció este fragmento de la Pasión según San Mateo de J.S. Bach. Vuelves a dejar constancia de una de las piezas musicales más hermosas nunca escritas.

 


1007.

Ante lo sucedido ayer en Bruselas, hay que recordar una vez más que el islam es una ideología política totalitaria que emplea la religión como cimiento. Por eso no es extraño que se alíe con el socialismo, otra ideología totalitaria pseudorreligiosa de Occidente.

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1006.

Hace años, un escritor andaluz llamado Aquilino Duque ideó la expresión “Castilla la Novísima” para aplicarla a Andalucía. Aquello le costó el anatema de la progresía proislámica (que es toda la progresía) y una tormenta de descalificaciones e insultos. Sin embargo, don Aquilino no hacía más que respetar con máxima atención la realidad histórica. Contrariamente a las ensoñaciones de orates como Blas Infante, la invasión musulmana fue una tragedia que apartó a estas tierras de su ámbito cultural. Por otra parte, del islam no queda en Andalucía más que algunos monumentos arquitectónicos, cierta toponimia y un vocabulario que cada vez más va siendo arrinconado por la modernidad ya que señalaba tareas u objetos anclados en la Edad Media. El resto del ser andaluz está caracterizado por los rasgos de los colonos procedentes de Castilla y León que fueron ocupando las tierras liberadas del yugo islámico. Este hecho daría para mucho más, pero te quedas aquí. Y como ofrenda a don Aquilino, he aquí la bandera de Andalucía que has inventado. Es mucho más respetuosa con la verdad histórica, ya que recoge el color rojo oscuro (en la medida en que tus escasas capacidades para el diseño por ordenador te lo han permitido) y los castillos, símbolos ambos del viejo Reino de Castilla. Ocho castillos, uno por cada provincia andaluza. Sabes que a nada llegará por la dominante y enfermiza islamofilia, y por el odio a todo lo cristiano y occidental, pero te has divertido haciéndolo.

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1005.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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En Arahal ejercí durante siete años. Durante ese tiempo utilicé el método Ruipérez con el que Esperanza Albarrán había implantado en el alma de sucesivas generaciones de adolescentes el amor por la antigua Grecia. En esto debo reconocer que me ajusté a lo que suelen decir los pedagogos. Es hasta cierto punto frecuente que el profesor reproduzca los procedimientos de enseñanza con los que aprendió en su momento. Este hecho no obsta para que también normalmente, los profesores vocacionales sientan como un deber, al tiempo que un placer, el estar al día de los avances en su materia y reflexionar sobre su actividad para mejorarla, algo que realizan sin que hayan tenido necesidad descubrirla después de tragarse los tochos infumables de la nueva pedagogía. Y afirmo esto con conocimiento de causa porque al hilo de la reforma educativa, durante un tiempo me impuse como deber de probo funcionario leer los números de la Revista de pedagogía que llegaban al instituto, folleto que me pareció un simple espectáculo de obviedades, cuando no el programa político de la izquierda. Por otra parte, el sintagma “en su materia” es el reducto en el que detengo la perspicacia de los pedagogos, ya que éstos se quedan antes, y afirman que lo importante no es la materia, sino la enseñanza en abstracto. Procuraba estar al corriente de lo que se hacía de nuevo en el campo de la docencia del griego. Acudía a cuantos congresos profesionales se convocaban. Fue aquella una época dorada. La Delegación y los inspectores no ponían obstáculos a los permisos, la formación dependía de los Departamentos universitarios, que, si bien sometidos ya a la endogamia y a la corrupción, todavía atesoraban antiguos maestros, y, en todo caso, siempre eran infinitamente mejores en ese terreno que los posteriormente creados Centros de Profesores. Como ya comenté anteriormente, éstos no han sido más que lugares de colocación de los desertores de la tiza (como muy bien los calificó cierto colega cuyo nombre no recuerdo) cuyo principal mérito era estar en posesión del carnet del PSOE o de la UGT. Tampoco se había inventado ese complemento llamado “sexenio” cuya principal función era llenar de alumnos las aulas de dichos centros, los cuales sin ese aliciente me temo que hubieran estado cubiertos de telarañas, dada la triste calidad de los contenidos que allí se impartían y el desprecio hacia la capacidad intelectual de los docentes que rezumaban. Para el profano aclararé que el sexenio es una cantidad de dinero que se acumula como complemento cada mes en la nómina del funcionario docente siempre y cuando en un período de seis años hubiera cumplido con la asistencia a un determinado número de horas en los cursos de los Centros de Profesores. Por supuesto, los cursos de formación realizados fuera de esos centros no contaban para el sexenio, salvo raras excepciones. Igualmente, la concesión de un sexenio aportaba puntos para poder acceder a una plaza nueva por traslado, actividad que constituye una de los objetivos más frecuentes en el colectivo. A la altura de los tiempos en los que escribo estas líneas, recordar aquellos momentos es volver a un clima donde todavía quedaban rescoldos de una concepción, hoy enterrada, del Bachillerato. En el fondo subyacía, creo, un respeto y una consideración a la altura intelectual del profesor de Bachillerato y una confianza en el valor de su trabajo. Todo ello desapareció con la LOGSE, fundamentada en una mentalidad que veía en el Bachillerato y en sus profesores una rémora del clasismo decimonónico y una variante de la opresión de la burguesía más infecta sobre las desgraciadas clases populares. Y, como suele ser habitual en la izquierda, dado que sus enemigos no son los pobres (cuya existencia es preciso eliminar facilitándoles los medios para que accedan a la clase media o alta), sino los ricos, en este caso el modo de resolver el problema era hundir a todo el mundo en la indigencia intelectual.


1004.

TRANSGRESIÓN

El hombre considera que es mejor no decirle nada a nadie. Su hija le trae aquel verano a su amiga del alma, veintitantos años repletos de vida. No es excesivamente hermosa ni su cuerpo provoca las miradas de los machos en celo que, por naturaleza, son casi la totalidad de su sexo. Pero es difícil que una joven no posea algún atractivo y su rostro exhala una cierta brisa de bondad que encandila al hombre. La circunstancia no daría más de sí, pero todo se vuelve enrevesado cuando la muchacha comienza a mirar al padre de su mejor amiga con unos ojos que claman una atención más intensa que el trato educado. Son quince días de convivencia en la casa de la playa que tiene el hombre y a la que acude la hija desde el divorcio. Durante ese tiempo, las mejores amigas cambian de rostro en varias ocasiones y crecen a la par de la criatura. Nunca el hombre procura ante esa presencia extraña más atenciones que la propia de la amabilidad y el deseo de que las niñas pasen unos días agradables bañándose y vagando, primero entre las olas y luego entre los muchachos que veranean en la localidad. Ahora es distinto. Es consciente de que hay electricidad entre los dos. Su primera preocupación es que no se entere la hija. La enamorada es prudente y discreta, aunque sus miradas, sus gestos, su tono, sus movimientos le dejan clara la ebullición que borbotea en su alma y en su cuerpo. Una mañana, el hombre se descubre mirándose al espejo en el cuarto de baño y reconociendo que a pesar de sus casi cincuenta años, todavía muestra una presencia agradable. Tiene mucho pelo, no sufre la típica barriga del hombre maduro, está musculado gracias al gimnasio y, como siempre le dicen en la empresa, goza de una simpatía natural que beneficia las ventas como ningún otro de los empleados. La conclusión a la que llega es simple. Aquella historia debe concluir con algo más que miraditas, sonrisas y actitudes. En el fondo, se siente orgulloso de sí mismo. Una mujer joven es una presa de caza mayor, mucho más que esas relaciones de una noche con las que ameniza su vida desde que, tras el divorcio, decidió firmemente no volver a comprometerse con ninguna mujer. Al final, la estancia de las dos chicas termina, hay una despedida en la estación del ferrocarril, unas lágrimas contenidas en la mejor amiga de su hija y una idea clara en la mente del cincuentón. Nada dirá de su transgresión. Hoy en día nadie comprendería que dejara escapar incólume la presa por el simple hecho de que quiere a su hija.