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TRANSGRESIÓN

El hombre considera que es mejor no decirle nada a nadie. Su hija le trae aquel verano a su amiga del alma, veintitantos años repletos de vida. No es excesivamente hermosa ni su cuerpo provoca las miradas de los machos en celo que, por naturaleza, son casi la totalidad de su sexo. Pero es difícil que una joven no posea algún atractivo y su rostro exhala una cierta brisa de bondad que encandila al hombre. La circunstancia no daría más de sí, pero todo se vuelve enrevesado cuando la muchacha comienza a mirar al padre de su mejor amiga con unos ojos que claman una atención más intensa que el trato educado. Son quince días de convivencia en la casa de la playa que tiene el hombre y a la que acude la hija desde el divorcio. Durante ese tiempo, las mejores amigas cambian de rostro en varias ocasiones y crecen a la par de la criatura. Nunca el hombre procura ante esa presencia extraña más atenciones que la propia de la amabilidad y el deseo de que las niñas pasen unos días agradables bañándose y vagando, primero entre las olas y luego entre los muchachos que veranean en la localidad. Ahora es distinto. Es consciente de que hay electricidad entre los dos. Su primera preocupación es que no se entere la hija. La enamorada es prudente y discreta, aunque sus miradas, sus gestos, su tono, sus movimientos le dejan clara la ebullición que borbotea en su alma y en su cuerpo. Una mañana, el hombre se descubre mirándose al espejo en el cuarto de baño y reconociendo que a pesar de sus casi cincuenta años, todavía muestra una presencia agradable. Tiene mucho pelo, no sufre la típica barriga del hombre maduro, está musculado gracias al gimnasio y, como siempre le dicen en la empresa, goza de una simpatía natural que beneficia las ventas como ningún otro de los empleados. La conclusión a la que llega es simple. Aquella historia debe concluir con algo más que miraditas, sonrisas y actitudes. En el fondo, se siente orgulloso de sí mismo. Una mujer joven es una presa de caza mayor, mucho más que esas relaciones de una noche con las que ameniza su vida desde que, tras el divorcio, decidió firmemente no volver a comprometerse con ninguna mujer. Al final, la estancia de las dos chicas termina, hay una despedida en la estación del ferrocarril, unas lágrimas contenidas en la mejor amiga de su hija y una idea clara en la mente del cincuentón. Nada dirá de su transgresión. Hoy en día nadie comprendería que dejara escapar incólume la presa por el simple hecho de que quiere a su hija.  

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