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Pasado el tiempo, me enteré de las razones que permitieron la concesión de tan jugoso estipendio a un desconocido sin contactos ni méritos académicos como era yo. Todo pareció deberse a que ese año estaba en el comité que decidía la concesión una de las figuras sobresalientes en el mundo de la Filología Clásica y, cosa extraña, abierta a los nuevos horizontes que en el ámbito de la Filología Griega suponía hacer incursiones en el mundo helénico medieval y moderno. Mi propuesta le supuso, creo, una agradable novedad. Eso junto a unas cuotas que reparten la entrega de la ayuda a determinadas familias de lenguas en cada año (aquel año le tocaba a las Clásicas) propició la decisión final. Sin embargo, no todo era miel sobre hojuelas. La tarea de traducir La Alexíada se reveló mucho más ardua de lo que podía imaginar mi inexperiencia. En primer lugar, contaba con un año escaso para presentar el trabajo. Para los que ignoran todo sobre la obra, la edición de Les Belles Lettres, bilingüe griego-francés, ocupa tres tomos de alrededor 600 páginas de media cada uno. A todas luces, un año trabajando por las tardes y en vacaciones era un plazo insuficiente para poder elaborar una obra decente. En segundo lugar, mi práctica de la traducción era puramente escolar. Creía, en mi ignorante soberbia, que era suficiente para crear una traducción que cumpliera con los requisitos de una buena labor. Nunca, desde que empecé con el griego y a pesar de que la tarea fundamental era siempre la traducción, había reflexionado sobre el hecho de traducir. Para mí, ese ejercicio escolar era el único posible y cuando percibí mi error, estaba embarcado en una labor de mucha altura que hubiera requerido a alguien más formado que yo. Mi traducción estaba resultando infumable. No me presentaba ante un examen de la carrera, ni frente a los deberes diarios para exponer en clase, ni siquiera ante las oposiciones. Esto era otra cosa. Había que hacer un trabajo que fuera fiel al contenido del texto original, fiel a su estilo y, al mismo tiempo, elegante en español. Para conseguir este objetivo, como cualquier traductor profesional sabe, es necesario conocer perfectamente tanto la lengua original como la de llegada. Ambas en el estadio diacrónico en que se hallen. Es fundamental tener amplísimos conocimientos del contexto cultural, político, sociológico, filosófico, cotidiano y religioso del autor. Tengo que reconocer que salvo un cierto dominio de mi propia lengua materna, carecía de todos los demás requisitos en un nivel adecuado. Ya he confesado anteriormente que nunca mi nivel de conocimiento de la lengua griega me permitió afrontar un texto sin ayuda del diccionario y, con mucha frecuencia, el sentido se me escapaba. Por otra parte, el griego que usa Ana Comnena pretende ser fiel a la lengua común (koiné) que se extendió por el mundo helenófono tras Alejandro; pero el tiempo no había pasado en vano. Ana Comnena emplea un nivel de lengua que ya no está viva en el mundo que habita. Es, como el latín en la Edad Media y Moderna, una lengua aprendida en los textos y que responde a unos criterios literarios donde la imitación y la retórica son fundamentales. No debemos olvidar, tampoco, que los hechos y la realidad que recoge en su obra está lejos del contexto que tenía el griego que ella pretendía emplear, lo que crea, inevitablemente, la adjudicación de nuevos significados a términos que expresaban otra realidad en su origen. Podría seguir añadiendo características que dejaban mis conocimientos y práctica del griego aprendido en un grado de inutilidad bastante grande. Por otro lado, mis conocimientos de la realidad bizantina se limitaban a la lectura de libros sobre generalidades de la historia y la cultura de Bizancio.

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Con todo, sea por el paso del tiempo y el acrecentar del número de años de vida, sea por las tempestades que se avecinaban con los nuevos planes docentes, mi entusiasmo empezó a decaer y mis clases comenzaron a serme cada vez más difíciles de sobrellevar. A la par que se iba deteriorando el ambiente general debido a la actitud de administración, alumnos y padres, empecé a plantear mis clases con la intención de mantener el orden dentro del aula, apartando el fin del aprendizaje del griego y su cultura a un último lugar. Por ello también, comencé a planear mi escapada. Había varias posibilidades y la más afín a mis intereses era intentar acceder a la Universidad. Fue, por mi parte, una decisión llena de ingenuidad. Sabía lo difícil que era ese camino, pero nunca pensé que fuera una vía de imposible tránsito. A esa conclusión llegué cuando las circunstancias me apartaron definitiva y afortunadamente de la docencia. En aquel primer momento, me embarqué en la elaboración de un currículum que me permitiera salir de la enseñanza media. Me animó igualmente a iniciar ese camino sin salida el hecho de que a fines de los años 80 me fue concedida una ayuda del Ministerio de Cultura en el apartado de traducción. Todo resultó producto de la casualidad. De algún modo, llegó a mi conocimiento la convocatoria de aquellas ayudas, fui a consultar el texto legal en el B.O.E. y decidí presentarme. A esas alturas de mi proceso intelectual, la filosofía griega había pasado a un segundo plano y mis intereses se había desplazado hacia el mundo bizantino. Poco antes de presentarme a la convocatoria, había adquirido la edición en Les Belles Lettres de La Alexíada de Ana Comnena. La única razón de esa compra fue que constaba en el catálogo como la primera obra en la sección de Bizancio. Ignoraba todo de la autora y de su circunstancia. En el fondo yacía la intención de hacerme con la colección completa de autores bizantinos en la mencionada editorial francesa. Nada había en mi horizonte que no fuera la simple curiosidad de empezar a conocer un poco más a fondo la literatura bizantina. Como tenía a mano La Alexíada, emprendí la traducción del Proemio y de los primeros capítulos del Libro I para presentarla a la convocatoria, ya que era requisito ofrecer una muestra de la obra que se deseaba traducir. Lo hice sin la menor perspectiva de obtener ayuda económica alguna. Primero, porque intuía que el mundo bizantino no interesaba a nadie salvo a algunos especialistas y a algunos curiosos. Segundo, porque no ignoraba que en España el acceso a las prebendas oficiales depende de los contactos en los centros burocráticos mucho más que en los méritos de los demandantes. Y tercero, porque carecía de currículum y de posición como para que mis méritos académicos e intelectuales compensaran la carencia de los dos primeros puntos. Sin embargo, contrariamente a lo que me temía, una mañana recibí la notificación de que tenía en correos un telegrama a mi nombre que no había podido ser entregado en mi domicilio por mi ausencia. Cuando pude acudir a recogerlo y comprobé que el Ministerio me había concedido 750.000 pesetas como ayuda para traducir La Alexíada, mi incredulidad dio paso a una sensación de alegría indescriptible. Cuando mi empuje en la enseñanza del griego en las clases del instituto comenzaba a menguar, la vida me ofrecía ampliar mis aspiraciones con una labor más creativa. Y, además, remunerada.


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Un episodio chusco que demuestra la orientación que estaba tomando la instrucción pública allá por los años 90 del siglo pasado es el de la búsqueda de un nombre oficial para aquel centro. Debido a acontecimientos sucedidos antes de mi llegada, “El 20” había sufrido cierta fama entre el público en general. Resultaba que una profesora se había encontrado un comentario obsceno en su silla. En estos tiempos, ese hecho hubiera sido alabado como muestra de la liberación sexual de una juventud todavía aherrojada por los grilletes del franquismo. Por aquel entonces, la reacción fue dar parte a la autoridad. El responsable fue hallado y castigado. Los padres protestaron y la administración, preparando ya la línea dominante en el futuro, les dio la razón y desautorizó a la directiva y al claustro. Este hecho provocó en el gremio un movimiento generalizado de rebelión y manifestaciones. Fue uno de los últimos coletazos de dignidad en un grupo profesional hoy reconvertido a un papel similar al de la nanny en una familia de nuevos ricos resentidos.  En suma, eso de ser llamado “El 20” tenía cierta resonancia épica. Pero llegó el momento en que era preciso dotar al centro de un nombre oficial conforme a la costumbre. El órgano de decisión sería, como ya era corriente, el consejo escolar. Debatido el asunto en un claustro previo, yo propuse dos nombres: Publio Elio Adriano o Valdés Leal, personajes ambos vinculados a Sevilla y protagonistas de hechos relevantes en el ámbito de la política y del arte. No recuerdo cuál fue la decisión del claustro. Finalmente, los padres en el consejo escolar postularon el nombre de “La Paz”. Corrían los años de la I Guerra del Golfo y la sociedad, azuzada por la izquierda, estaba muy concienciada con la violencia de los EE.UU. y de Occidente, aunque en una actitud típica de los socialistas españoles, enviaron barcos de guerra con tripulaciones de reclutas y a la explosiva cantante de pop Marta Sánchez para calentar sus corazones y otras partes de su maltratado cuerpo. No es marginal decir que el barrio estaba dominado por el P.S.O.E. al igual que la asociación de padres. Como símbolo de que la instrucción pública es un ámbito de manipulación y lavado de cerebro con vistas a crear futuros ciudadanos-votantes afectos a la ideología dominante, el instituto pasó a denominarse “La Paz”, en vez de llevar por nombre una referencia a un patrimonio y a una tradición cultural. Alboreaba una época en la que el paraíso terrenal se impondría sobre la una humanidad hasta entonces doliente por culpa de las clases dominantes y de sus valores caducos. O en otras palabras, ser mansos antes que cultos.


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Tras siete años en el instituto “Al-Ándalus” de Arahal, conseguí el traslado a un nuevo centro en Sevilla capital. Estaba ya cansado de ir y venir cada día en coche, viajando durante cuarenta y cinco kilómetros por una carretera bastante mala. Poco pude aprovechar la autovía A-92, cuya construcción tuve que sufrir junto con mis compañeros. Al poco de ser inaugurada, pasé a trabajar en la capital. Mi destino fue un centro que funcionaba por la tarde como desdoble del “Luis Cernuda”. Por no tener, no tenía ni nombre. Era, sencillamente, “El 20”. Estaba situado en un barrio de clase media baja que fue deteriorándose a lo largo del tiempo que pasé allí. El alumnado estaba más resabiado que en el pueblo, pero todavía conservaba un cierto sentido del orden y se respetaba más que hoy la figura del profesor. Como era habitual en mí, nunca tuve problemas de ningún tipo con mis alumnos y las situaciones conflictivas que hube de padecer provenían de alumnos a quienes no daba clase. Cansado del método Ruipérez, comencé a indagar otras vías. El principal problema del método era el mismo que pude comprobar en todos de cuantos me serví a lo largo de mi carrera profesional. El aprendizaje avanzaba con facilidad y el método era ameno, pero cuando se saltaba a los textos originales, aquello naufragaba. Puede ser, en este caso, porque el sistema estaba ideado para el antiguo Bachillerato Superior con dos cursos de griego antes de presentarse a los textos originales, mientras que en el B.U.P. sólo había un año. En aquellos tiempos se puso de modo el método Reading Greek. Alabado en los cursos de actualización a los que acudía, lo utilicé durante un período. Corría por los cenáculos de los colegas una versión al español que alguien había elaborado de forma clandestina, aunque conocida por los interesados. En aquellos tiempos, no se era tan cuidadoso con los derechos de autor como hoy en día. El resultado fue el mismo. Mientras se empleaba el método, todo iba como la seda, pero el paso en el C.O.U. a Platón o a Jenofonte, era insalvable. Parecía que se había perdido el curso de 3º de B.U.P., ya que el alumno encontraba algo que estaba escrito en la misma lengua a la que se había acercado el año anterior, pero cuyo contenido le era muy ajeno. Desengañado, decidí regresar a un sistema tradicional, al estilo de la vieja gramática con ejercicios del clásico Berenguer Amenós. Hubo un curso en que me lié la manta a la cabeza y cometí un desaguisado que hoy en día me hubiera costado bastante caro. Todavía no había una inspección cuya función esencial era perseguir con el reglamento en mano a los profesores díscolos. Había burocracia, pero mucho menos que la actual y era obviada, cuando no despreciada abiertamente, por los compañeros sin que nunca hubiera represalias por parte del mando. Todo esto comenzó a cambiar cuando la presión política exigió que los profesores se plegaran a las consignas y la mejor manera de tenerlos atados y temerosos era ordenarles la compilación de inmensos rimeros de papeles para, en caso de necesidad, represaliarlos por no haber redactado un apartado de una sección, de un capítulo, de una memoria, de una… Como decía, a pesar de que en mi programación (el currículum y las zarandajas curriculares torturaban entonces sólo a los centros reformados) no dejé constancia de ello, ideé un curso experimental en uno de los dos grupos que me correspondieron. Fue el menos numeroso, para no hacer demasiado daño. Mientras en el más abultado de alumnos seguía el método tradicional, en el de menos personal, pretendí enseñar griego partiendo del texto original de la Antígona de Sófocles, junto con una traducción al lado mediante un sistema de comparación. Al tiempo, el asunto de la tragedia me daba pie para plantear debates en clase sobre la mentalidad en la Atenas del siglo V a.C. frente a la actual. Llevé a compañeros de Inglés, Francés y Lengua Española a clase para que hablaran sobre la influencia de la literatura y cultura griegas en sus correspondientes literaturas. Utilicé en la medida de las posibilidades del momento, películas, diapositivas, recortes de prensa, artículos de revistas y cualquier recurso que se me ocurriera tomado del mundo actual en el que hubiera huellas del mundo griego antiguo. Esta tarea me requería un continuo estado de alerta porque cada clase debía ser preparada con poca antelación. La aparición de un artículo de opinión en un periódico donde se mencionara la Guerra de Troya, o un personaje mitológico, o un personaje histórico de la antigüedad griega me forzaba a replantear la clase desde cero. Por otro lado, les dije a los alumnos que el aprobado no iba a depender de los resultados en unos exámenes, que no iba a celebrar, sino en su actitud en clase. El resultado del experimento fue nefasto desde el punto de vista del conocimiento del griego. Mi pretensión requería muchos más años y un planteamiento mucho más elaborado que la improvisación en la que se basaba mi clase. Hasta tal punto que, el día final del curso, les recomendé a aquellos alumnos que no eligieran griego en C.O.U. porque deberían ponerse al nivel del otro grupo. Personalmente, me sentí satisfecho por la creatividad que pude desplegar, por el ambiente agradable de la clase, por la libertad en la que me movía, aunque más de una noche me costó trabajo conciliar el sueño pensado en la barrabasada que estaba cometiendo con aquel grupo y la discriminación que estaban sufriendo los alumnos del grupo sometido al método tradicional.


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PUERTO

 Si algo destaca de ella es su discreción. No sólo respecto a ese ámbito de exploración de intimidades ajenas que son los vecinos del bloque, del barrio, de la ciudad, sino, especialmente, ante sus hijos. El hombre no recuerda jamás una presión sobre un comportamiento, anunciado o realizado; jamás una opinión no requerida, un reproche, una reprimenda exacerbada. Sólo hay en la memoria suavidad y blandura, tanto como protección y guía. Y amor. También hay fuerza cuando la adversidad asalta la vida de la familia. Se presenta, como en todas, con frecuencia, de forma inesperada, invadiendo el círculo que se refugia entre las cuatro paredes del piso y llena de inquietudes a los moradores. El padre, por el contrario, es víctima de sus miedos, reflejados en el control que los nervios acaparan sobre su conducta. Las zozobras lo desbaratan y entonces, aparece ella con su calma, su serenidad, su certeza en medio de la incertidumbre, sin alharacas ni estridencias. Y se mantiene igual a pesar de la viudedad, a pesar del natural abandono del hogar que sus hijos llevaron a cabo en el momento adecuado, a pesar de la soledad en que transcurren sus días sólo rota por las visitas de esos mismos hijos acompañados de cónyuges y nietos en los fines de semana. Por eso, cuando se presenta en aquel hogar que es el suyo dieciocho años y dos meses después de que lo deja para casarse, el hombre siente que vuelve al refugio en calma. Consigo viene una maleta. Lo demás irá llegando poco a poco, aunque serán escasos objetos. La casa al completo queda a disposición de su ya ex esposa y de sus hijos hasta que éstos se emancipen. La mujer, la madre lo abraza, lo besa y enjuga una lágrima que surca débilmente la mejilla del hombre. Mientras lo acompaña a su antiguo cuarto, ya preparado, con esa voz que recuerda siempre como un amanecer tibio de principios de primavera, le revela que uno, siempre, acaba regresando al lugar del que parte un día.


1011.

Sustitúyase homo sovieticus por “homo podemicus” y veremos nuestro futuro.

En el libro que cierra el ciclo, El fin del «Homo sovieticus», el protagonismo recae en el Homo sovieticus, así como en el cataclismo de sus sueños rotos, y se hace explícito un «nosotros»: «El laboratorio del marxismo-leninismo creó un singular tipo de hombre: el Homo sovieticus. Algunos consideran que se trata de un personaje trágico… Tengo la impresión de conocer bien a ese género de hombre. Hemos pasado muchos años viviendo juntos, codo con codo. Ese hombre soy yo. Ese hombre son mis conocidos, mis amigos, mis padres. Durante años viajé recogiendo testimonios por toda la antigua Unión Soviética, porque a la categoría de Homo sovieticus no sólo pertenecen los rusos, sino también los bielorrusos, los turkmenos, los ucranianos y los kazajos». Pero, ¿qué significa este apelativo seudolatino y cuál es su origen? Fue el sociólogo, filósofo y novelista emigrado ruso Aleksandr Zinóviev quien acuñó esta expresión sarcástica en una novela homónima publicada en 1982, que ya antes circulaba clandestinamente en la Unión Soviética. En el libro vertía una crítica acerada y demoledora contra la política estatal soviética. Además, hacía observaciones críticas a las descripciones de Trotski sobre «el hombre del futuro». A grandes rasgos, el Homo sovieticus era un individuo indiferente al trabajo –ilustrado en el chiste soviético «nosotros simulamos que trabajamos, y ellos simulan que nos pagan»–, carente de iniciativa y espíritu crítico, sumiso a todas las directrices del Estado, aislado de la cultura mundial al no poder viajar ni leer textos extranjeros, y un oportunista camaleónico que se adaptaba a todas las circunstancias. En un claro guiño a la obsesión soviética por las siglas, abreviaturas y acrónimos, Zinóviev crea su propio acrónimo a partir de «Homo sovieticus»: homosos, que podría traducirse por hombre chupóptero, pues «-sos» evoca el verbo «sosat» [chupar, succionar]. Zinóviev, por tanto, subvierte el arquetipo de Trotski: en lugar del hombre que se sacrifica en aras de la sociedad, tenemos al homosos, un parásito que anda a la sopa boba y vive a costa del Estado sin prestarle ningún servicio.