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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Con todo, sea por el paso del tiempo y el acrecentar del número de años de vida, sea por las tempestades que se avecinaban con los nuevos planes docentes, mi entusiasmo empezó a decaer y mis clases comenzaron a serme cada vez más difíciles de sobrellevar. A la par que se iba deteriorando el ambiente general debido a la actitud de administración, alumnos y padres, empecé a plantear mis clases con la intención de mantener el orden dentro del aula, apartando el fin del aprendizaje del griego y su cultura a un último lugar. Por ello también, comencé a planear mi escapada. Había varias posibilidades y la más afín a mis intereses era intentar acceder a la Universidad. Fue, por mi parte, una decisión llena de ingenuidad. Sabía lo difícil que era ese camino, pero nunca pensé que fuera una vía de imposible tránsito. A esa conclusión llegué cuando las circunstancias me apartaron definitiva y afortunadamente de la docencia. En aquel primer momento, me embarqué en la elaboración de un currículum que me permitiera salir de la enseñanza media. Me animó igualmente a iniciar ese camino sin salida el hecho de que a fines de los años 80 me fue concedida una ayuda del Ministerio de Cultura en el apartado de traducción. Todo resultó producto de la casualidad. De algún modo, llegó a mi conocimiento la convocatoria de aquellas ayudas, fui a consultar el texto legal en el B.O.E. y decidí presentarme. A esas alturas de mi proceso intelectual, la filosofía griega había pasado a un segundo plano y mis intereses se había desplazado hacia el mundo bizantino. Poco antes de presentarme a la convocatoria, había adquirido la edición en Les Belles Lettres de La Alexíada de Ana Comnena. La única razón de esa compra fue que constaba en el catálogo como la primera obra en la sección de Bizancio. Ignoraba todo de la autora y de su circunstancia. En el fondo yacía la intención de hacerme con la colección completa de autores bizantinos en la mencionada editorial francesa. Nada había en mi horizonte que no fuera la simple curiosidad de empezar a conocer un poco más a fondo la literatura bizantina. Como tenía a mano La Alexíada, emprendí la traducción del Proemio y de los primeros capítulos del Libro I para presentarla a la convocatoria, ya que era requisito ofrecer una muestra de la obra que se deseaba traducir. Lo hice sin la menor perspectiva de obtener ayuda económica alguna. Primero, porque intuía que el mundo bizantino no interesaba a nadie salvo a algunos especialistas y a algunos curiosos. Segundo, porque no ignoraba que en España el acceso a las prebendas oficiales depende de los contactos en los centros burocráticos mucho más que en los méritos de los demandantes. Y tercero, porque carecía de currículum y de posición como para que mis méritos académicos e intelectuales compensaran la carencia de los dos primeros puntos. Sin embargo, contrariamente a lo que me temía, una mañana recibí la notificación de que tenía en correos un telegrama a mi nombre que no había podido ser entregado en mi domicilio por mi ausencia. Cuando pude acudir a recogerlo y comprobé que el Ministerio me había concedido 750.000 pesetas como ayuda para traducir La Alexíada, mi incredulidad dio paso a una sensación de alegría indescriptible. Cuando mi empuje en la enseñanza del griego en las clases del instituto comenzaba a menguar, la vida me ofrecía ampliar mis aspiraciones con una labor más creativa. Y, además, remunerada.

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