1023.

Te llegan comentarios sobre un recurso que parece ser está de moda en las guarderías. Las maestras reúnen a las criaturas para celebrar una “asamblea”. El hijo, dos años y unos meses, de alguien cercano a ti no es muy amigo de las asambleas y cuando los demás niños se sientan, él decide irse a hacer otras cosas. Las maestras han dado cuenta del hecho a la madre y en el tono frailuno e hipocritón de los pedagogos le hacen saber que no es una buena actitud. Mientras te contaban el suceso, algo en tus tripas se revolvía. Desde que el viejo régimen comenzó a cuartearse, se achacó a la instrucción pública de tu niñez el ser represora. Cierto es, no lo puedes negar. Pero es que la moderna pedagogía a su modo incurre en iguales represiones. Recuerdas cómo tu carácter poco sociable siempre aborreció los trabajos en grupo, esa avanzadilla de la invasión que se avecinaba. No te gustaba colaborar con nadie; no obstante, tu docilidad nunca te permitió el desahogo de la rebeldía y pasabas por las Horcas Caudinas sin rechistar, aunque bastante incómodo. Los curas que rodean tu infancia escolar fueron tan nocivos como los maestros progresistas de estos tiempos. Conforme pasa el tiempo, y aunque sea demasiado tarde con tus casi sesenta años de edad y aunque hayas vivido de ella, más odias la institución escolar. Nunca tuvo la intención de formar desinteresadamente a los niños, sino ahogar su auténtico ser para convertirlos en dóciles miembros del colectivo. Antes tenías que ser buen católico; ahora tienes que ser buen progre y odiar el individualismo. Tanto monta, por citar unas palabras que a buen seguro écrasent l´infâme.


1022.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Tras la realización de los pertinentes cursos de doctorado, la presentación de mi traducción como tesina (lo que me valió la convalidación de algunos créditos) y seis años de labor, una tarde llamé por teléfono a mi director y le comuniqué que la tesis estaba concluida. Mi satisfacción se congeló cuando al otro lado del auricular, el hombre se reveló molesto por mi actitud. Y tenía razón. En todo ese asunto, el presuntuoso era yo, bien cierto que con una pizca de ingenuidad. Pero nada disculpaba por mi parte la carencia de una mínima cortesía y un mínimo respeto por su función. Durante unos instantes, vi todo mi esfuerzo dilapidado. Mi director, sin embargo, una vez expresado su enfado en términos corteses y educados, me dijo que fuera a verlo en Granada con mi borrador. Así lo hice. Pasé allí un día entero, conocí a su familia, comimos juntos en un ambiente cordial y cómodo para mí. Regresé por la noche con el alivio de que iba a firmarme el trabajo después de unas recomendaciones que me dio en el transcurso de la mañana que pasamos en el estudio de su casa. Puestas así las cosas, llegó el día de la lectura. Me planté un traje de verano que compré para la ocasión y la corbata, agarré el tomo de la tesis y mi presentación, y procedí a pasar por el rito. Como era de prever, ya que la lectura de una tesis en España es un mero trámite cuyo resultado es previsible, todos los miembros del tribunal alabaron mi obra. Mi director, al final, pidió la palabra para añadir más argumentos a favor de mi trabajo y, tras deliberación obtuve el consabido “Apto cum laude”. Y digo “Apto” porque en el período en que presenté mi tesis se habían abolido las calificaciones. Todo quedaba en “Apto” o “No apto”. Luego creo que se ha vuelto al sistema antiguo. Hubo el consabido banquete en un restaurante a costa del nuevo doctor y la despedida. Y como no podía faltar la autoflagelación que tanto me asalta en cada cosa que hago en la vida, he de reconocer que uno solo de los miembros del tribunal acertó a hallar el fallo esencial de mi trabajo. No tengo duda alguna de que mi recopilación de datos, mi estudio en profundidad de las características de la historiografía escrita en griego antiguo (ya sea en los períodos de la Antigüedad, como en el período bizantino) son exhaustivos y dignos de encomio. La estructuración de la tesis me hace sentir orgulloso de mis capacidades intelectuales y el pundonor con que me embaulé la mayor parte de la literatura secundaria y la lectura reflexiva de casi todos los historiadores antiguos y buena parte de los bizantinos hasta la época de Ana Comnena me confirman la validez de mi trabajo. Sin embargo, si no olvidamos que la función de una tesis, como su propio nombre indica, es el establecimiento de un concepto y su verificación a través de la investigación, no puedo menos que reconocer mi fracaso en dicha validación. Mi tesis consistía en defender una continuidad no sólo formal en el empleo de un nivel lingüístico del griego, no sólo en la concepción de lo que debe ser la narración histórica, sino también en las ideas que subyacen a la hora de escribir un relato histórico. Y, como bien expresó el miembro del tribunal anteriormente citado, entre la mentalidad de un Tucídides y la de una Ana Comnena se hunde un abismo. Todos mis intentos de demostrar mi tesis, a estas alturas, creo que no fueron convincentes por el hecho de que mi objetivo estaba equivocado. Con todo, la seriedad de la obra y la minuciosidad de todos los apartados, salvo el de las conclusiones, avalaron la calificación. Conseguir terminar una tesis me hizo y me hace sentirme orgulloso y me demostró que la indolencia y de falta de vigor psíquico que algún antiguo amigo me reprochaba con frecuencia no eran sino el resultado de un carácter que pone sobre el tablero todas las energías precisas cuando encuentra un objetivo que considera valioso. El problema consiste en que muy pocos, muy pocos objetivos en mi vida he considerado valiosos. Desde luego, no es uno de ésos montarle una bronca a un dependiente que no me ha dado el cambio exacto porque piense que pretende engañarme


1021.

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Me dispuse, pues, a escribir una tesis doctoral. La primera dificultad era encontrar un director que entendiera del mundo bizantino en Sevilla, o al menos en España. Lo hallé en un Profesor Titular de la Universidad de Granada, de origen griego, al que conocía de mis andanzas con un colectivo de aficionados a la Grecia moderna y a su lengua desde hacía tiempo. Cuando pensé en la tesis, me vino inmediatamente a la memoria. Así que acudí a él. Me aceptó y debo reconocer aquí que mi comportamiento hacia él fue de injustificada prepotencia, como más tarde contaré. Por otra parte, la normativa exigía que si el director de la tesis pertenecía a un claustro diferente a la Facultad donde se iba a presentar la tesis, era preciso contar con un tutor que sí formara parte del profesorado de esa Facultad. Habida cuenta de mi cercanía con el catedrático del Departamento de Filología Griega por ser amigo de Esperanza Albarrán, le solicité que ocupara ese puesto y accedió. Hacer aquella tesis resultó complejo. No por la voluntaria ausencia de guía, ya que desde que aprobé las oposiciones estaba acostumbrado a no tener a nadie diciéndome lo que tenía que hacer. El problema esencial se encontraba en la ausencia de bibliografía en Sevilla sobre la parte bizantina del asunto que investigaba. Algo había en la Complutense y, por supuesto, en los innumerables departamentos universitarios e instituciones de Alemania, Francia, Gran Bretaña o EE.UU. con tradición en ese campo. Τambién contaba en Atenas con el Centro de Investigaciones Bizantinas (Κέντρο Βυζαντινῶν Ἐρευνῶν), que consideraba el lugar de más fácil acceso para mis capacidades. Otro obstáculo se alzaba en el hecho de que hacer la tesis fuera del manto protector del Alma mater me cortaba las vías de acceso a los instrumentos auxiliares para la investigación. Cualquier becario del Departamento podía pedir libros o fotocopias de artículos a cargo de los fondos oficiales. Yo tenía que pagar de mi bolsillo hasta la última fotocopia que pedía a una oficina del C.S.I.C. dedicada a facilitar bibliografía a los investigadores, por no decir los libros que pedía al extranjero. Y no eran precisamente baratos ni unas ni otros. Afortunadamente, la mayor parte del material preciso para cumplimentar el apartado de historiografía antigua estaba disponible en los fondos bibliográficos del Departamento de Sevilla. Mis viajes a Madrid, para saquear revistas y libros en la Complutense fueron frecuentes en verano y, finalmente, pude permanecer un mes en el Centro de Investigaciones Bizantinas de Atenas gracias a la ayuda para la investigación que mencioné en el capítulo 61. Al final, tuve a mi disposición miles de fotocopias en toda clase de variedades de la letra impresa. Todavía recuerdo con cierta nostalgia, la lectura de los textos de historiadores antiguos y bizantinos mientras regresaba en autobús del instituto o durante los exámenes que hacía a mis alumnos, las innumerables fichas que elaboré con citas, las noches en que me pasé buena parte del tiempo antes de dormir dándole vueltas al modo de plantear el trabajo. Porque, al final, lo que aparecía como núcleo de la investigación era un estudio de la filosofía de la historia aplicado a esos dos períodos. Ello me condujo a profundizar en ese apartado, lo que complicó aún más la labor. De hecho, el presidente del tribunal que juzgó la tesis, el eminente catedrático de Latín y académico de la lengua, don Juan Gil reconoció en el acto de la defensa que había hecho un trabajo sobre filosofía de la historia.


1020.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

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En el camino emprendido para escapar de la enseñanza media, eran imprescindibles una tesis y un currículum. Lo primordial era acotar el campo de trabajo. Dados mis inicios en ese terreno, decidí emplear mis esfuerzos intelectuales en la historiografía. No era sólo un efecto de la casualidad arriba mencionada, que me llevó a trabajar en una obra histórica trufada de biografía y de retórica como es La Alexíada, también me empujaba el interés que tenía para mí la disciplina de la historia. Calibré algo seguir la senda de la filosofía en Bizancio, pero pronto me percaté de que ese campo era más bien pobre y que estaba profundamente imbuido de teología, materia que para mí carecía de interés. También estaba el campo de lo que convencionalmente se llamaría “humanismo”, esto es, la recepción y cultivo de artes literarias de la Antigüedad helénica. Ocurrió algo parecido a lo que sucedió con la filosofía. Lo que el mundo bizantino podía ofrecerme era un repertorio de imitaciones bastante escasas de creatividad. El mérito de los eruditos bizantinos, como reputados investigadores modernos han reconocido, estriba en la conservación de materiales antiguos y su comentario. Lo demás es una retórica momificada y esclerotizada. La historiografía bizantina, por el contrario, aunque tenga un medio de expresión en un nivel lingüístico ya no usado en la vida cotidiana y una dependencia de modelos antiguos, posee una vitalidad producto del asunto que trata, ya que la rama más productiva de la misma versa sobre la historia contemporánea del autor, rasgo que convierte al historiador en un testigo cuasi periodístico de su momento. Por otro lado, el registro de los hechos sucedidos a los colectivos humanos de lengua griega presenta una línea sin interrupciones que abarca desde los primeros logógrafos del siglo VI a.C. hasta las crónicas de la toma de Constantinopla en 1453 y sus secuelas escritas por historiadores bizantinos como Miguel Critóbulo de Imbros o Jorge Esfrantzes. Esa cadena de eslabones que cubre casi dos mil años me permitía igualmente aprovechar la familiaridad que ya poseía con los historiadores de la Antigüedad y trabajar en las relaciones entre las concepciones de la historia que corrían por autores como Heródoto, Tucídides, Polibio o los historiadores griegos del Imperio Romano y sus seguidores en el Imperio Romano de Oriente. Todas estas consideraciones me llevaron no sólo a redactar una serie de artículos, sino a plantear como tema de la imprescindible tesis doctoral las influencias de la historiografía antigua en la obra de Ana Comnena.


1019.

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Para terminar con las andanzas provocadas por mi traducción de la obra de la princesa Comnena, hay alguna anécdota más que me resulta divertido recoger aquí. Un buen día, en mis trasiegos por el Secretariado de Publicaciones con motivo de la edición del libro, mientras esperaba audiencia y ausente la secretaria del secretario, casualmente observé en su mesa un documento donde se le entregaba en concepto de anticipo de edición 100.000 pesetas a otro de los traductores de un libro integrante de la colección donde se publicaba mi libro. Dicho traductor era un conocido profesor de la Universidad de Sevilla, persona excelente en todos los sentidos por lo que he oído. La confianza de la funcionaria había dejado a la vista el papel y yo lo había visto. Me sentí mal. Era como si me hubieran estafado por cuanto el secretario no me había dicho nada de anticipos. Lo interpreté como una muestra más de esa especie de cosa nostra que es la universidad española, donde los que están dentro gozan de prebendas sustanciosas y quienes desde fuera se acercan son considerados una extraña variedad de la bazofia. Superando mi insana timidez (tanta sería mi rabia), le comenté al secretario la posibilidad de que me dieran un anticipo de edición. Supongo que el hombre, persona para la que sólo tengo palabras de agradecimiento, que se portó siempre conmigo de forma exquisita y que sólo seguía la costumbre de la institución de velar por su clientela, se vio entre la espada y la pared. Su propia honradez le impidió, supongo, negarme ese anticipo cuando se lo daba a otros. Así que, al final, mi cuenta de resultados de La Alexíada sumó otra cantidad a la ya conseguida. De hecho, hasta hace poco me han ido abonando cada dos años cantidades en derechos de autor. Aunque nunca pasaran de los cuarenta y tantos euros, eran bienvenidas. Finalmente, hubo dos consideraciones que me turbaron el sueño en más de una ocasión. De un lado, el hecho de que el Premio Nacional me fuera concedido gracias a la intervención de esa persona mencionada arriba, especialista en Bizantinística y Griego Moderno, me dio que pensar si debía hablar con él y preguntarle si era costumbre académica ofrecer un porcentaje de la dotación económica en concepto de “protección” y “apadrinamiento”. Reconozco que mi timidez me impidió plantearle el asunto en cuantas ocasiones coincidí con él. El hecho de que ese señor nunca me hiciera ninguna indicación al respecto me calmó y me hizo pensar que la fama de mafiosillo de la que gozaba en el ambiente no llegaba a aspectos crematísticos. Al menos, en mi caso. Por otro lado, tampoco me dejó dormir en más de una ocasión el temor de que se descubriera que mi obra no era tan perfecta como se debía esperar y que ello redundara en detrimento de mi hipotética carrera docente en la universidad. En esos momentos, el hecho de que, como he comentado antes, no fuera sino una impostura más en medio de un mundo corrompido por la impostura generalizada, no calmaba mis escrúpulos porque siempre me ha atemorizado la transgresión. Es que, además, temía que si se descubrieran los defectos, pudieran naufragar mis planes. Iba conociendo el percal y sabía que a la hora de ascender en el escalafón no había reparos por parte de los enemigos en sacar a relucir cualquier pequeño borrón; mucho más cuando el borrón tenía cierta intensidad. Como dicha carrera nunca llegó a nada, nadie reparó en los fallos de mi obra. Creo, por otra parte, que influyó también otra de las características del contexto profesional universitario. Las críticas de los enemigos son siempre consideradas malintencionadas y desde el primer momento nadie de cada partido se toma la molestia de considerar su posible validez. Al final, uno era insignificante y ninguno de los becarios ni asociados temió jamás que un profesor de instituto amenazara su carrera; así pues, salí indemne del embrollo.

 

 

 

 

 


1018.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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La historia de mi traducción tuvo largo recorrido. A poco de haber entregado el trabajo, un catedrático del departamento de Historia Antigua de la Universidad de Sevilla, que era a la sazón secretario de publicaciones, se enteró, no sé cómo, de que tenía hecha la traducción de La Alexíada. Me propuso publicarla, a lo que accedí encantado. Pedidos informes de referencia a expertos, uno de ellos se percató de los fallos en la obra y desaconsejó la publicación. El otro fue más positivo y recomendó la edición. El secretario de publicaciones optó por publicarla y ese año, ante mi sorpresa, fue galardonada con el Premio Nacional de Traducción. Posteriormente, y en la línea de la concesión de la ayuda mencionada arriba, me enteré de que había seguido el mismo proceso. Le tocaba ese año el premio a una traducción de una obra en lenguas clásicas y, además, coincidió en el comité de decisión un especialista en Bizantinística y Griego Moderno. Mi contacto con el intramundo universitario me enseñó que lo principal dentro de él es la lucha por el poder, una especie de strugge for life darwinista donde la supervivencia se manifiesta en invitaciones a congresos con todos los gastos pagados y en los mejores hoteles y restaurantes, en la vía libre permanente a toda clase de publicaciones hechas por el individuo dominante, independientemente de su calidad, en el control de los recursos y de los departamentos, en la configuración de una cohorte de subordinados leales y militantes a la hora de tomar partido en el reparto de los mencionados recursos, etc. Como se puede uno figurar, la calidad intelectual de las personas implicadas y de su labor no es requisito básico; a veces, ni siquiera es requisito. Por lo tanto, sospecho que en la concesión del premio influyó, antes que los méritos puramente intelectuales, el hecho de que determinadas figuras del mundillo universitario pudieran realzar su ámbito de trabajo y ganar espacio a través de persona interpuesta y de la cierta notoriedad que confería un galardón de esa talla. En todo caso, la fortuna me sonrió y recibí el galardón ex æquo con un equipo de sacerdotes que habían traducido la Biblia al gallego. Me correspondieron 1.250.000 pesetas, creo recordar. También recibí los parabienes de algunos escasos integrantes del Departamento de Filología Griega y Latina de la Universidad de Sevilla, mi alma mater, y el desprecio envidioso de la mayoría de ellos. Al poco de serme otorgado el premio, recibí una carta manuscrita de uno de los miembros del comité. Se trataba de un prestigiosísimo profesor universitario especialista en filosofía alemana y traductor de enorme fama de textos de autores fundamentales en su especialidad. Esa persona, cuyo nombre me reservo, me felicitaba y me daba importantes datos sobre lo que ocurre en el proceso de elección de premiados. Reconocía que le habían dado mi traducción con escasa antelación al momento del fallo y que, si bien contaba con el original griego, no conocía la lengua. Con todo, me dio a entender que le había convencido la calidad de mi español y me animaba a que continuara en la senda de la traducción. Tras alguna otra consideración sobre el escaso reconocimiento que la labor del traductor tiene en la cultura española, se despedía amablemente de mí. Como colofón humorístico a este relato sobre los avatares que experimenté con el texto de la princesa Ana Comnena, recuerdo que en un congreso al que fui invitado como ponente (única vez en mi vida), mientras algunos colegas se lamentaban de que la filología griega no permite disfrutar de unos ingresos económicos elevados en comparación con otros ámbitos profesionales, yo, ufano e inconsciente, dije que ese no era mi caso, ya que gracias a La Alexíada me había embolsado más de 2.000.000 de pesetas (alrededor de 12.000€). Uno fue lo suficientemente tonto como para no reparar en las caras de odio que, a buen seguro, me dirigieron los eruditos presentes.


1017.

HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Quizá una cierta honradez profesional hubiera exigido mi renuncia. Pero ese supuesto nunca pasó por mi mente. Hasta bien entrado el año y tras la experiencia acumulada, no fui consciente de lo improbable de que mi traducción cumpliera con los requisitos exigidos para concluir una obra de calidad, pero renunciar al dinero y herir mi amor propio no entraban en mis planes. A esto se añadieron otras complicaciones. El último tomo de la edición del texto que usaba se encontraba agotado y no me lo pudieron servir desde Francia. Una joven bibliotecaria, inusitadamente amable conmigo, con la que entré en contacto en la biblioteca del Departamento de Clásicas en la Complutense de Madrid durante uno de mis viajes a la capital para recabar algo de bibliografía, tuvo la gentileza de fotocopiarme el libro entero. Supongo que mis lamentos en la carta y mi angustia por no contar con el libro en un plazo de tiempo que me permitiera cumplir con mis compromisos ablandaron su corazón. Mientras, para ganar tiempo tuve que recurrir a la antigua edición de la Patrología Griega, ampliamente superada por la nueva edición francesa. El resultado fue que los libros de La Alexíada que contenía aquel tercer tomo siguen la edición moderna sólo en la medida en que una rápida revisión de última hora me lo permitió. La ayuda a la traducción se pagaba en dos partes. Una cuando se concedía y otra cuando se entregaba el original, siempre que cumpliera con las exigencias de calidad. Sólo puedo imaginar que la tradicional incuria de la burocracia española (también la académica) permitió que me abonaran la segunda parte del dinero. No quiero reconocer con estas palabras mías que la traducción fuera una chapuza. Tenía su mérito y poseía un cierto nivel. Pero, cuando pasados los años, pude detenerme en ella, ya con el bagaje de una tesis doctoral donde examiné con detenimiento el fenómeno de la historiografía clásica y de la historiografía bizantina, con especial atención a la obra de Ana Comnena, aprecié mis errores. Lo mejor de mi trabajo, como me reconocieron en el momento de concederme el Premio Nacional de Traducción del año 1990, fue mi español. Ello fue debido a que, poco antes de expirar el plazo de entrega e insatisfecho con el estilo que presentaba la traducción en español, decidí obviar el texto griego y la fidelidad perruna que mostraba, y releer el texto en español corrigiendo en el mejor estilo que podía lo que había escrito. Aquello quería que sonara a un español normal, no a la jerga mostrenca que siempre tienen las traducciones para la clase o para un examen. Como se puede suponer, esta decisión tuvo como consecuencia el alejamiento en más de una ocasión de la correspondencia con el estilo original de la autora. En suma, incurrí en más de una ocasión en eso que los teóricos de la traducción llaman una “bella infiel”.