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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Quizá una cierta honradez profesional hubiera exigido mi renuncia. Pero ese supuesto nunca pasó por mi mente. Hasta bien entrado el año y tras la experiencia acumulada, no fui consciente de lo improbable de que mi traducción cumpliera con los requisitos exigidos para concluir una obra de calidad, pero renunciar al dinero y herir mi amor propio no entraban en mis planes. A esto se añadieron otras complicaciones. El último tomo de la edición del texto que usaba se encontraba agotado y no me lo pudieron servir desde Francia. Una joven bibliotecaria, inusitadamente amable conmigo, con la que entré en contacto en la biblioteca del Departamento de Clásicas en la Complutense de Madrid durante uno de mis viajes a la capital para recabar algo de bibliografía, tuvo la gentileza de fotocopiarme el libro entero. Supongo que mis lamentos en la carta y mi angustia por no contar con el libro en un plazo de tiempo que me permitiera cumplir con mis compromisos ablandaron su corazón. Mientras, para ganar tiempo tuve que recurrir a la antigua edición de la Patrología Griega, ampliamente superada por la nueva edición francesa. El resultado fue que los libros de La Alexíada que contenía aquel tercer tomo siguen la edición moderna sólo en la medida en que una rápida revisión de última hora me lo permitió. La ayuda a la traducción se pagaba en dos partes. Una cuando se concedía y otra cuando se entregaba el original, siempre que cumpliera con las exigencias de calidad. Sólo puedo imaginar que la tradicional incuria de la burocracia española (también la académica) permitió que me abonaran la segunda parte del dinero. No quiero reconocer con estas palabras mías que la traducción fuera una chapuza. Tenía su mérito y poseía un cierto nivel. Pero, cuando pasados los años, pude detenerme en ella, ya con el bagaje de una tesis doctoral donde examiné con detenimiento el fenómeno de la historiografía clásica y de la historiografía bizantina, con especial atención a la obra de Ana Comnena, aprecié mis errores. Lo mejor de mi trabajo, como me reconocieron en el momento de concederme el Premio Nacional de Traducción del año 1990, fue mi español. Ello fue debido a que, poco antes de expirar el plazo de entrega e insatisfecho con el estilo que presentaba la traducción en español, decidí obviar el texto griego y la fidelidad perruna que mostraba, y releer el texto en español corrigiendo en el mejor estilo que podía lo que había escrito. Aquello quería que sonara a un español normal, no a la jerga mostrenca que siempre tienen las traducciones para la clase o para un examen. Como se puede suponer, esta decisión tuvo como consecuencia el alejamiento en más de una ocasión de la correspondencia con el estilo original de la autora. En suma, incurrí en más de una ocasión en eso que los teóricos de la traducción llaman una “bella infiel”.

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