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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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En el camino emprendido para escapar de la enseñanza media, eran imprescindibles una tesis y un currículum. Lo primordial era acotar el campo de trabajo. Dados mis inicios en ese terreno, decidí emplear mis esfuerzos intelectuales en la historiografía. No era sólo un efecto de la casualidad arriba mencionada, que me llevó a trabajar en una obra histórica trufada de biografía y de retórica como es La Alexíada, también me empujaba el interés que tenía para mí la disciplina de la historia. Calibré algo seguir la senda de la filosofía en Bizancio, pero pronto me percaté de que ese campo era más bien pobre y que estaba profundamente imbuido de teología, materia que para mí carecía de interés. También estaba el campo de lo que convencionalmente se llamaría “humanismo”, esto es, la recepción y cultivo de artes literarias de la Antigüedad helénica. Ocurrió algo parecido a lo que sucedió con la filosofía. Lo que el mundo bizantino podía ofrecerme era un repertorio de imitaciones bastante escasas de creatividad. El mérito de los eruditos bizantinos, como reputados investigadores modernos han reconocido, estriba en la conservación de materiales antiguos y su comentario. Lo demás es una retórica momificada y esclerotizada. La historiografía bizantina, por el contrario, aunque tenga un medio de expresión en un nivel lingüístico ya no usado en la vida cotidiana y una dependencia de modelos antiguos, posee una vitalidad producto del asunto que trata, ya que la rama más productiva de la misma versa sobre la historia contemporánea del autor, rasgo que convierte al historiador en un testigo cuasi periodístico de su momento. Por otro lado, el registro de los hechos sucedidos a los colectivos humanos de lengua griega presenta una línea sin interrupciones que abarca desde los primeros logógrafos del siglo VI a.C. hasta las crónicas de la toma de Constantinopla en 1453 y sus secuelas escritas por historiadores bizantinos como Miguel Critóbulo de Imbros o Jorge Esfrantzes. Esa cadena de eslabones que cubre casi dos mil años me permitía igualmente aprovechar la familiaridad que ya poseía con los historiadores de la Antigüedad y trabajar en las relaciones entre las concepciones de la historia que corrían por autores como Heródoto, Tucídides, Polibio o los historiadores griegos del Imperio Romano y sus seguidores en el Imperio Romano de Oriente. Todas estas consideraciones me llevaron no sólo a redactar una serie de artículos, sino a plantear como tema de la imprescindible tesis doctoral las influencias de la historiografía antigua en la obra de Ana Comnena.

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