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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Tras la realización de los pertinentes cursos de doctorado, la presentación de mi traducción como tesina (lo que me valió la convalidación de algunos créditos) y seis años de labor, una tarde llamé por teléfono a mi director y le comuniqué que la tesis estaba concluida. Mi satisfacción se congeló cuando al otro lado del auricular, el hombre se reveló molesto por mi actitud. Y tenía razón. En todo ese asunto, el presuntuoso era yo, bien cierto que con una pizca de ingenuidad. Pero nada disculpaba por mi parte la carencia de una mínima cortesía y un mínimo respeto por su función. Durante unos instantes, vi todo mi esfuerzo dilapidado. Mi director, sin embargo, una vez expresado su enfado en términos corteses y educados, me dijo que fuera a verlo en Granada con mi borrador. Así lo hice. Pasé allí un día entero, conocí a su familia, comimos juntos en un ambiente cordial y cómodo para mí. Regresé por la noche con el alivio de que iba a firmarme el trabajo después de unas recomendaciones que me dio en el transcurso de la mañana que pasamos en el estudio de su casa. Puestas así las cosas, llegó el día de la lectura. Me planté un traje de verano que compré para la ocasión y la corbata, agarré el tomo de la tesis y mi presentación, y procedí a pasar por el rito. Como era de prever, ya que la lectura de una tesis en España es un mero trámite cuyo resultado es previsible, todos los miembros del tribunal alabaron mi obra. Mi director, al final, pidió la palabra para añadir más argumentos a favor de mi trabajo y, tras deliberación obtuve el consabido “Apto cum laude”. Y digo “Apto” porque en el período en que presenté mi tesis se habían abolido las calificaciones. Todo quedaba en “Apto” o “No apto”. Luego creo que se ha vuelto al sistema antiguo. Hubo el consabido banquete en un restaurante a costa del nuevo doctor y la despedida. Y como no podía faltar la autoflagelación que tanto me asalta en cada cosa que hago en la vida, he de reconocer que uno solo de los miembros del tribunal acertó a hallar el fallo esencial de mi trabajo. No tengo duda alguna de que mi recopilación de datos, mi estudio en profundidad de las características de la historiografía escrita en griego antiguo (ya sea en los períodos de la Antigüedad, como en el período bizantino) son exhaustivos y dignos de encomio. La estructuración de la tesis me hace sentir orgulloso de mis capacidades intelectuales y el pundonor con que me embaulé la mayor parte de la literatura secundaria y la lectura reflexiva de casi todos los historiadores antiguos y buena parte de los bizantinos hasta la época de Ana Comnena me confirman la validez de mi trabajo. Sin embargo, si no olvidamos que la función de una tesis, como su propio nombre indica, es el establecimiento de un concepto y su verificación a través de la investigación, no puedo menos que reconocer mi fracaso en dicha validación. Mi tesis consistía en defender una continuidad no sólo formal en el empleo de un nivel lingüístico del griego, no sólo en la concepción de lo que debe ser la narración histórica, sino también en las ideas que subyacen a la hora de escribir un relato histórico. Y, como bien expresó el miembro del tribunal anteriormente citado, entre la mentalidad de un Tucídides y la de una Ana Comnena se hunde un abismo. Todos mis intentos de demostrar mi tesis, a estas alturas, creo que no fueron convincentes por el hecho de que mi objetivo estaba equivocado. Con todo, la seriedad de la obra y la minuciosidad de todos los apartados, salvo el de las conclusiones, avalaron la calificación. Conseguir terminar una tesis me hizo y me hace sentirme orgulloso y me demostró que la indolencia y de falta de vigor psíquico que algún antiguo amigo me reprochaba con frecuencia no eran sino el resultado de un carácter que pone sobre el tablero todas las energías precisas cuando encuentra un objetivo que considera valioso. El problema consiste en que muy pocos, muy pocos objetivos en mi vida he considerado valiosos. Desde luego, no es uno de ésos montarle una bronca a un dependiente que no me ha dado el cambio exacto porque piense que pretende engañarme

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