1024.

DE VITA BEATA

 Algo así como una cabaña hecha de troncos de madera,
austera y confortable, con el ajuar imprescindible,
al borde de un mar siempre calmado,
en un lejano y blanco país cerca de Thule,
la última de las tierras conocidas,
allí donde la luna y el sol contienden cada año
por dominar el curso absoluto de los días.        
Ver árboles llegar al cielo,
rotunda su presencia,
bordeando el único sendero,
una vegetación sin tregua
que oculte la señal del horizonte
y montañas altas como nubes.
Vivir solo sin anhelar más compañía
que la del hombre que traiga cada semana el suministro.
Estar rodeado de libros y un piano, quizás, con partituras.
Escuchar el ruido de tus manos,
mientras pasas lentamente las páginas de un libro
o el tocar en las teclas la música que amas.
Oír el rumor de las aguas,
el sonido del viento en el follaje
y el ulular de las criaturas.
Ignorar la enfermedad,
no por miedo a su zarpazo,
sino por evitar salir de tu refugio.
Gozar de rentas que permitan
la escueta comodidad del ermitaño,
y ver cómo pasan los días uno a uno,
sin dejar tras de ti nada que pueda perecer 
derrotado por la impía vastedad del tiempo.
Y una noche,
después de ir a dormir libre de miedos, libre de esperanza,
hundirte sin saberlo en el cuerpo desnudo de la nada.

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