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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

 RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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El colofón de la historia sobre la tesis vino dado por la concesión del Premio Extraordinario de Doctorado. Sumaba así un nuevo galardón a mi currículo que me otorgaba un cierto grado de esperanza en mis deseos de abandonar el instituto y escapar a la Universidad. Era necesario ahora incrementar ese mismo currículo con aportaciones tales como ponencias, comunicaciones y artículos en revistas especializadas. Me lancé a la tarea con energía y en el plazo de unos pocos años conseguí inflar las páginas de mi carrera investigadora con ese tipo de contribuciones al saber universal. Asistía a todo congreso, jornadas, curso que me era posible ampliando los aspectos ya tratados en mi tesis. Al tiempo, las revistas me abrían sus páginas y publicaba artículos también relacionados con esa temática. Buceaba las convocatorias en el BOE y en el BOJA en busca de una plaza de asociado en alguna Facultad. En este apartado, mis intentos (todos fallidos antes de que la crisis existencial y de salud me atacase) se plasmaron en dos solicitudes para acceder a plazas de profesor asociado, una en la Universidad de Huelva y otra en la de Sevilla, y una firma de oposiciones para una plaza de profesor titular en la Universidad de Extremadura en Cáceres, a la que no llegué a presentarme. Para la plaza de asociado en la Facultad de Sevilla fui a entrevistarme con el Catedráticos de Filología Griega para darle a conocer mis intenciones y, al tiempo, para sondear mis posibilidades. Como ya conté en una entrada de este blog, salí de allí con la idea clara de que nada podía hacer. Ya se sabe que si Einstein se presentase a una plaza de profesor asociado o titular en la Facultad de Física, sería derrotado por el becario de turno al que le tocaba acceder al funcionariado. Y conste que en este ejemplo no pretendo sugerir que mis cualidades intelectuales sean similares a la de Einstein, ni mucho menos. En un ejercicio de cierto cinismo, era consciente de que mis capacidades no estarían a la altura de una Universidad que realmente acogiera a la élite intelectual de la sociedad, pero habida cuenta de la mediocridad dominante en las aulas de la docencia superior, creía que mi presencia no desentonaría. En todo caso, cualquier persona avisada y no un alma cándida como la de uno podría haber previsto que la vía de escape a través de la Universidad era un callejón sin salida. Finalmente, me di cuenta de que debía tomar otro camino. Así que me dispuse a mandar mi currículum a toda clase de fundaciones y de universidades privadas. Nunca nadie respondió a mis requerimientos. Ser doctor en Filología Clásica no da acceso más que a la docencia en el sector público o a un tipo de periodismo cultural en cuyos huecos sólo pueden introducirse quienes se mueven diestramente en el terreno de las relaciones públicas, habilidad que mi carácter no me proporcionaba.

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