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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Mis últimos movimientos en este terreno se llevaron a cabo en el mismo campo de la enseñanza secundaria (como ya se llamaba en aquellos tiempos la antigua enseñanza media). Aprovechando la amistad cercana con un compañero del instituto donde trabajaba, que era jefe del departamento de Filosofía, acabé el último año de mi labor profesional como docente impartiendo el curso de Historia de la Filosofía en el C.O.U. Fue esa maniobra posible porque una profesora interina de la materia, que llegaba a cubrir una plaza en el departamento durante aquel curso, tenía pánico a impartirla. En aquel año, las autoridades académicas de la Junta de Andalucía ya habían conseguido derrotar, después de decenios de lucha, a los catedráticos de griego y nos obligaron con éxito a impartir asignaturas afines. Por primera vez en mi vida profesional me vi forzado a dar clases de una materia que no era de mi especialidad. No deja de ser un cierto mérito para nosotros que sólo lo lograran después de tanto tiempo. El caso es que me vi en la necesidad de completar mi horario con un curso de la E.S.O. de Ética y con las cuatro horas de Historia de la Filosofía. Este movimiento mío era totalmente inusual. Cuando de dar afines se trataba, todo el mundo prefería los niveles inferiores. Yo, por el contrario, abusando de la amistad de mi compañero y de las especiales circunstancias que se me presentaron, opté por irme lo más arriba posible. Más me asustaban los vándalos de la E.S.O. que los últimos alumnos del viejo B.U.P. Y estudiar Historia de la Filosofía aquel curso fue un placer. Estaba claro que la parte de Filosofía griega no me planteaba ningún problema; en cuanto al resto, siempre tuve ganas de estudiar autores como Descartes o Kant (no Nietzsche; sus obras como renovador de la Filología clásica me apasionaron, pero sus escarceos posteriores se me antojaron vomitonas de un alma inteligentísima en plena locura). Tengo que reconocer que me lo pasé mejor ese curso con los alumnos de Historia de la Filosofía que con mis alumnos de Griego. Por aquel entonces, ya estaba plenamente desengañado y aburrido de dar una signatura que ocupaba el mismo rango en la mentalidad dominante que el Hogar en los tiempos potreros de sistema educativo franquista, y que se veía abocada a compartir espacio con el Latín y ese engendro llamado Cultura Clásica. Por cierto, que ese último año tuve que dar mi primer y postrero curso de dicha materia. Me lo planteé como me ordenaban los cacúmenes de la pedagogía, así que me pasé el curso imaginando chorraditas para entretener a la masa. En esta tarea recuerdo que tuvo un relativo éxito un juego de la oca con los viajes de Ulises elaborado por un alumno con unas dotes magníficas para el dibujo. El resto de la clase y el curso en sí fue una de las mayores pérdidas de tiempo que nunca experimenté. Mi éxito, con todo, fue tener a la masa controlada sin ejercer autoridad y no tener que mandar a ninguno de sus integrantes al jefe de estudios, ni expulsar a nadie, ni soportar revueltas o sediciones. Cumplí, pues, a la perfección como probo funcionario el objetivo primordial del actual sistema educativo.

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