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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

 RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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La comodidad que sentí impartiendo Historia de la Filosofía me animó a intentar una maniobra permitida por las autoridades académicas. Se trataba de la novedosa figura de la habilitación. Mediante una versión reducida de unas oposiciones de promoción interna, un profesor de materias desahuciadas podía convertirse en titular de otra materia con todos sus derechos. Decidido a ser profesor de Clásicas y de Filosofía al mismo tiempo, me estuve preparando dichas oposiciones durante aquel curso, al tiempo que estudiaba la materia para impartirla en clase. Me compré el temario oficial ya elaborado por una de esas academias que se dedican a esa función. Firmé la convocatoria, pero llegado el momento de acudir a Almería para examinarme, se me agudizó la depresión que llevaba padeciendo desde hacía meses y de la cual me estaba tratando con uno de los psiquiatras supuestamente más hábiles de Sevilla (y también de los más caros, que todo hay que decirlo). Al final, me quedé en casa sentado en un sillón, con el temario a mi lado y con la conciencia clara de que dicha habilitación no me facilitaría la huida del instituto, sino que me encadenaría con mayor fuerza a él. En este ánimo, comenzó el curso siguiente. Y cayó la gota definitiva que desbordó mi vaso de lágrimas y que por la vía rápida de la enfermería me sacó de la lidia en que se había convertido el trabajo. Mi amistad con el compañero hacía prever que podría repetir la maniobra del curso anterior. Aunque mis ánimos estaban cada vez peor, creía que conservar el status quo me permitiría seguir al pie del cañón. El problema surgió cuando la plaza ocupada por la interina el año anterior fue cubierta ya por un funcionario titular que, con toda la razón del mundo, no aceptó que alguien ajeno al departamento impartiera una materia estrella como era la Filosofía del 2º de Bachillerato (ya imperaba el nuevo plan logsiano). Este hecho me provocó dos sacudidas anímicas que me mandaron al hule. En primer lugar, estaba siendo yo causante de una irregularidad que siempre había visto mal y que, cuando la había conocido, me había provocado una rabia contenida. Uno es de derechas y por tanto, aplicado a la ley y al orden. Provocar que el amiguismo perjudicara al que era titular del mejor derecho y atacar a la raíz de mi propia dignidad me hundió. Por otra parte, dejar de impartir ese curso de 2º de Bachillerato me hacía descender a las zahúrdas más infernales del instituto. Antes de que empezara el curso, reventé. Mi psiquiatra me dio la baja, el inspector médico me llamó y, ante mi estupor más profundo, me dijo que mi única salida era la jubilación anticipada. Me explicó detalladamente lo que tenía que hacer y en el plazo de dieciocho meses, tal como estipula la legislación vigente, me vi liberado para siempre de tener que impartir clases en un instituto. Lo que vino después fue más desastroso aún que lo vivido anteriormente. Pero eso es otra historia y nada tiene que ver con mi vocación de helenista.

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