1030.

Lo que salvó al cristianismo de ser una fracasada religión mistérica oriental en el seno politeísta del Imperio Romano fue la rápida absorción de la mentalidad de su época. Nunca hubiera pervivido a través de los siglos si no hubiera adoptado la organización administrativa del Imperio. Por otro lado, sumamente determinante para el futuro de la nueva religión resultó el hecho de que sus textos fundacionales fueran escritos en griego, no en arameo o hebreo. También lo fue que pronto percibieran sus seguidores la necesidad de ganarse a la élite intelectual. Su control del pueblo llano era insuficiente. Su programa proselitista exigía el completo dominio de la sociedad y para ello la intelligentsia cristiana (formada en el espíritu racional griego y en el rigor administrativo romano) se planteó una auténtica estrategia à la Gramsci avant la lettre, toda una Kulturkampf en la que salieron triunfadores. San Juan inicia su obra diciendo Ἐν τῇ ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος. Emplea dos términos de rancia tradición filosófica: ἀρχή (principio) y λόγος (palabra-razón). La fundamentación racional del cuerpo dogmático era una exigencia marcada por la tradición mental griega. Pasados los siglos, esa impronta helénica facilitó una exégesis alegórica de los textos fundacionales y, posteriormente, una crítica de los mismos que derivó en el cuestionamiento de los principios cristianos. El islam carece de esa huella helénica. Los escasos representantes musulmanes que cultivaron la filosofía (siempre tomando como punto de partida la filosofía griega) fueron más tarde o más temprano expulsados del seno de los creyentes. Tanto la pretensión de fundamentar en la racionalidad los dogmas como la exégesis alegórica de los textos sagrados son fenómenos imposibles de asimilar a una mentalidad musulmana por carecer de esos cimientos de inspiración helénica. Esa es la lacra que impedirá siempre al islam comprender las raíces de la mentalidad occidental y ceder ante su carácter. 

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4 comentarios on “1030.”

  1. josemariajurado dice:

    Acaso cabe señalar que la filosofía griega y la ordenación jurídica latina estaban incompletas sin la “charitas” cristiana y que fue el cristianismo quien redimió lo mejor de aquellos sistemas cosmológicos y sociales bárbaros y, no menos importante, que no surge la “intelligentsia ” sin voluntad y aún verdad, sostenida en unos testimonios nunca vistos y en la coherencia sistemática de los textos sagrados que no precisan exégesis para incendiar el alma. La intervención de Dios en la historia no es una hipótesis descartable, la ciencia no nos da otra explicación mejor.

    • Emilio dice:

      En primer lugar, gracias por invertir una parte de tu tiempo en comentar mi entrada. Por empezar a partir del final, desde mi punto de vista, la hipótesis de Dios, como diría aquel científico, no se contempla. Y no creo que se pueda decir más. De otra parte, mi visión (ajena a la hipótesis de Dios) del cristianismo abunda en el hecho de que gracias a la absorción de la mentalidad grecolatina esa religión no sólo conquistó el mundo mediterráneo de su época, sino que dispuso de las herramientas para crear toda una civilización. Contar sólo con los aspectos originariamente cristianos, entre los que se encuentra esa “charitas” que mencionas, sólo lo hubiera conducido al olvido. De hecho, a lo largo de la historia del cristianismo los movimientos reivindicativos de la pureza evangélica siempre han atacado a la herencia grecolatina como mancilladora del mensaje originario y, ya en la modernidad, abandonada la hipótesis de Dios, ese mensaje primigenio se ha encarnado en la izquierda. Gustavo Bueno identificaba la extrema izquierda con los movimientos milenaristas y radicales que brotaron periódicamente en el seno del cristianismo. Desde otro punto de vista, Antonio Escohotado trabaja estas conexiones en los tomos aparecidos hasta ahora de la obra “Los enemigos del comercio” (Espasa, 2008 y 2013), cuya lectura, aunque ardua, recomiendo encarecidamente.

      • Siempre un placer, Emilio, gracias.

        Excluyendo la hipótesis de Dios, no cabe afirmar, sin más, la plausibilidad de que el cristianismo fuera una religión fracasada, precisamente porque el cuerpo de valores que instiló en la sociedad no solo revitalizó la podredumbre moral de Grecia y Roma, (en esto soy de la opinión contraria a Gibbon quien quiso ver en el cristianismo el final de la Civilización), sino que construyeron una civilización que añadía al orden romano y la belleza helena, el Amor. Se puede afirmar que en Platón o Sócrates ya figuraba esa categoría, pero sin duda sin la universalidad que aportó el cristianismo. La radicalidad que mencionas, fundada en los buenos sentimientos, supo ser modulada por la propia Iglesia, así sale renovada de los milenarismos a través de las órdenes mendicantes con la figura principal de Francisco de Asís. Aún siendo probable que el cristianimo pudiera incorporar el germen de la radicalidad, al excluir la venganza, se produjo siempre de facto el movimiento de reacción, contra la Reforma, contra el Comunismo o el Nazismo. Precisamente cuando occidente ha abandonado el pilar cristiano, (URSS, REICH), es cuando el sistema totalitario ha aniquilado la libertad individual -que el cristianismo consagra- llevando a las sociedades al colapso. Algo semejante sucede ahora, fuera de los valores cristianos, la resistencia a la realidad que implica el Islam radical, y aún sin Islam radical, es imposible en el estado actual de los sistemas morales. Refocilgándose en sus propias heces, Europa no es Europa, y actúa, solo con la libertad por bandera, como una quintacolumna de sí misma. Quienes estudian el fenómeno del Islam radical no deberían obviar la falta de respeto hacia sus propios valores que ha mostrado occidente y los propios valores NATURALES (en el sentido del Derecho) que el propio Islam aporta y que no se encuentran en los sistemas liberales ni comunistas. sucumbiremos, no me cabe duda a la media luna, mientras seamos esclavos irracionales de los valores laicos. En cualquier caso, ni el judaísmo era una religión más, en el siglo I, ni lo podía ser el cristianismo, y solo al resultado histórico hay que remitirse. ¿Por qué fracasaron los otros cultos mistéricos?¿Por qué fracasó el Islam?

        Un abrazo de Nafta a Septembrini en la Montaña Mágica.

  2. Emilio dice:

    La densidad de tu comentario me obliga a dejar pasar tiempo reflexionando sobre mi respuesta, aunque lo que más me conmueve de tus palabras es la referencia a la obra de Thomas Mann. Ese colofón ha obscurecido, como un rayo de sol mirado directamente, el bosque de tus palabras anteriores. Déjame revelarte que la novela de Mann es mi favorita y que entre los recuerdos más penetrantes de mi adolescencia se encuentran esos días en sus mañanas, tarde y noches, durante los cuales caí seducido por las páginas del libro. Pasados unos años volví a leer La montaña mágica y de nuevo experimenté esa magia que no sabe uno si achacar más al texto que al entorno donde se ambienta. Así pues, sólo espero que algún día caiga entre nuestras manos algún Hans Castorp al que someter a una intensa Bildung y que ni haya duelo ni, por supuesto, tú te suicides. Que no eres un jesuita de incógnito lo doy por supuesto.
    Entrando en harina, debo aclarar que no hay entre mis ideas ninguna que abjure de nuestra herencia cristiana. Muy al contrario, por más que sea un ateo, tiendo a ser más un extraño conservador que admite los logros técnicos y científicos de nuestro tiempo, pero se duele del abandono de sus tradiciones. Y convengo con tus palabras en que el abandono de esas tradiciones es el principal motivo de la decadencia que sufrimos, así como del empuje de unos nuevos bárbaros que, de modo similar a los antiguos hombres del norte y de la estepas, se diferencian de nosotros en que tienen dioses más convincentes en los que creer.
    Calificar de podredumbre moral el estado del Imperio Romano en el momento de aparición del cristianismo y en los posteriores de su triunfo es, a mi juicio, una valoración que está lejos de ser rigurosa. Creo que es un concepto basado en los tópicos difundidos por una cierta visión hollywoodiense, sin que en esto debas entender que rebajo la calidad intelectual de tus apreciaciones. La sociedad romana del Principado y del Bajo Imperio podía estar tan podrida como lo está la nuestra o la de Teodosio y el Imperio Romano de Oriente, tan cristiano él. Convendrás conmigo que el triunfo del cristianismo no depuró moralmente la mente de los súbditos cristianos ni de su élite rectora. Sencillamente, aquella mentalidad, llamémosle pagana, tenía diferencias respecto a la mentalidad que la herejía del judaísmo aportaba. Tampoco yo achaco al cristianismo la desaparición del Imperio Romano, aunque debo admitir que precisamente leyendo la magna obra de Edward Gibbon me percaté de la razón por la que el cristianismo triunfó entre las masas. El estado de la sociedad era penoso debido no a la podredumbre moral, sino a la evolución natural de las sociedades, que lleva a una incapacidad de afrontar los retos (A.J. Toynbee dixit), en este caso provocada por la actividad expansionista inevitable para una construcción política como era el Imperio Romano. Leyendo las páginas de Gibbon sobre el Bajo Imperio, uno entiende que la gente necesitara de una mentalidad que la consolara en el otro mundo de las miserias de éste. Añadamos que la religión romana era un religión cívica cuya función consistía en dotar de unidad a un cuerpo social y que precisamente, cuando ese cuerpo social se resquebraja, arrastra tras de sí al Panteón de sus dioses patentemente incapaces de contener la mutación doliente de los tiempos.
    Sobre la aparición del concepto de Amor (la charitas que mencionaste) como factor que enriquece la belleza helénica y el orden romano, te diría que semejante concepto nunca pasó en el cristianismo de un desideratum, lo cual demuestra lo escasa fortaleza de la raíz de esa religión. Es cierto que a lo largo de la historia han aparecido creyentes que en el seno de la Iglesia (y con frecuencia, extra Ecclesiam) han pugnado por hacer brotar una pureza evangélica supuestamente perdida. Pero te diría que, con todo su mérito y con el mérito de quienes han sacrificado sus vidas por los demás, no han dejado de ser una excepción. O si quieres, una coartada para mantener unos principios ideológicos que, como suele ocurrir en los colectivos humanos, tienen más de imaginario aglutinador que de realidad. En otros términos, ignoro si alguien alguna vez hizo una estadística de los cristianos que pusieron la otra mejilla, pero me temo que la imposibilidad de dicho estudio no estribaría tanto en la inaccesibilidad de las fuentes como en el peligro de acabar dando unos resultados ridículos.
    La ausencia de odio hacia el cristianismo me hace reconocer el papel fundamental que el cristianismo tuvo en el desarrollo de conceptos tales como los derechos humanos. Leyendo a Locke uno se da cuenta de que el grueso de su argumentación en pro de la tolerancia descansa en conceptos cristianos. Del mismo modo que, como frecuentemente afirmaba Gustavo Bueno, es la Iglesia la que promueve el desarrollo científico, por más que haya quien se pase los decenios restregándonos por las narices el caso de Galileo. Lo que me gustaría hacer hincapié es que gracias a la herencia helénica del cristianismo, todos esos desarrollos fueron posibles; que, dejado a la simplicidad de los evangelistas sinópticos o de los redactores de los Hechos de los Apóstoles o de cualquier otro, menos algo de San Pablo y algo San Juan, el cristianismo hubiera carecido de fuerza intelectual para forjar los cimientos de su edificio. Y nunca hubiera servido como terreno fértil de donde brotaran, pasados los siglos, la ciencia y la técnica. La teología no era necesaria para los primeros seguidores de Cristo.
    Concedo, por otra parte, que los mayores crímenes contra la humanidad los han cometido en nuestro pasado siglo XX ideologías ateas, aunque las dimensiones de sus apocalipsis se deben más al empleo de medios industriales para matar que a su cualidad de descreídas. Aniquilar de raíz a tu enemigo forma parte de una compulsión humana.
    Finalmente, aunque tengo poca fe en el triunfo, considero que la única barrera que tenemos frente a la morisma es el afianzamiento de los valores laicos e ilustrados. Y bien que me pesa porque, como dije, me siento heredero de la tradición cristiana. El cristianismo ha sucumbido antes que otros a la media luna. Acosado ante el avance de la laicidad en las sociedades occidentales, el cristianismo y, especialmente, la Iglesia Católica ve en el empuje islámico un refuerzo para sus propias posiciones dentro de la sociedad. Cree, la muy ingenua, que el Islam es una aliado en la pelea por hacer que la religión vuelva a ocupar el puesto central que vino ocupando en Europa desde el siglo V hasta el siglo XVII. Las palabras y las obras del papa argentino son buena prueba de ello. Y la laminación del papa alemán Benedicto XVI son también una prueba de que la Iglesia Católica ya no admite un intelectual a su cabeza, sino a un trasunto de populista vestido de blanco, tan vendido a los musulmanes como sus colegas progres. A Occidente no lo salvará de los alminares Cristo, sino Darwin. El problema es que ni Darwin ni otros como él seducen tanto las emociones humanas como para empujar a nadie a entregar su vida. Muchos murieron y siguen muriendo con el Evangelio en su mente; mucho también lo hicieron y lo hacen con las suras del Corán en sus labios, pero nadie perece recitando un capítulo de El origen de las especies.
    Me he extendido demasiado, pero la enjundia de tus palabras me han forzado a ello, mi querido Naphta. Y la pena es que no estemos en una frondosa y fresca montaña suiza, paseando entre el bosque, sino en este horno que es Sevilla en agosto.


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