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Ves inundado de asombro y admiración un documental sobre el CERN (el acelerador de partículas) construido en Suiza, y te acude a la memoria el libro del Génesis. Intuitivamente, los redactores de ese texto avanzan el destino de nuestra Europa actual. Los científicos que se afanan en el CERN buscan la verdad del mundo y en su búsqueda destruyen a Dios. Desde los últimos decenios del siglo XVII, en que tuvo lugar lo que Paul Hazard llama acertadamente “la crisis de la conciencia europea”, la parte más inquieta de los europeos optó por comer la fruta del árbol del bien y del mal. Desde entonces, buena parte de los habitantes del continente y de sus extensiones por el resto del globo han sufrido la expulsión del paraíso. La religión es un consuelo que permite al ser humano vivir lo más cerca del jardín del Edén en esta tierra y aspirar al auténtico tras la muerte; pero el afán de conocer, propiciado por esa serpiente que nos corroe las entrañas a los europeos desde Tales de Mileto, nos priva del consuelo, de la esperanza, del sentido. Así, en medio de una existencia que, propiciada por la aplicación práctica del conocimiento, nunca antes en la historia de la Humanidad ha sido más plácida, más segura y más confortable, el espíritu del tiempo, expuesto en manifestaciones plásticas, literarias o filosóficas, nos refleja una vida sórdida, temerosa, inestable, dolorida, desconcertada, perpleja. Es otra más de las paradojas del ser humano. Todo en él tiene dos caras y con cada avance en su bienestar nace una contrapartida que hace su existencia más dolorosa.

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Ya ha salido a la calle la reedición de mi traducción de La Alexíada en la editorial Ático de los libros. Se puede encontrar en este enlace: http://www.aticodeloslibros.com