1097.

Miguel Critóbulo nació en el primer decenio del siglo XV en la isla de Imbros. Su apellido era originariamente Critópulo, pero, siguiendo una moda que se impuso en los círculos eruditos del agonizante Imperio Bizantino de su época, lo cambió a otro muy similar en sonido, pero de rancio abolengo clásico. Critóbulo es el hijo mayor de Critón, personaje que aparece en varios de los diálogos platónicos.

Miguel Critóbulo fue testigo del derrumbe de los últimos restos del Imperio Romano de Oriente ante el empuje de los otomanos, gobernados por Mehmet II, apodado con justicia el Conquistador. Fue nombrado por éste gobernador de la isla de Imbros tras negociar su entrega a los turcos sin combatir. Posteriormente, en 1466, cuando la isla cayó en manos de los venecianos, se instaló en Constantinopla. Carecemos de datos sobre su muerte, aunque parece ser que murió sobre 1470.

El interés que presenta este personaje es su labor como historiador. Narra los estertores de la vieja Constantinopla romana, su caída y las victoriosas campañas del sultán en tierras europeas. Heredero de la larguísima historiografía griega, iniciada hacía más de dos mil años antes, y con todas las más acendradas características de la misma, da la vuelta al género para someterlo a las necesidades de los tiempos. Ese mestizaje es muy interesante y una muestra de algo más que oportunismo y adaptación a las circunstancias reinantes. Te vienen a la memoria aquellas palabras que en las jornadas postreras de la Constantinopla bizantina, los clérigos y la jerarquía ortodoxa gritaban por las calles de la ciudad: “Antes el turbante turco que la mitra del papa”. Hacía unos años, impelido por la necesidad de ayuda procedente de los únicos capaces de aportarla, los cristianos católicos, el emperador bizantino había aceptado el sometimiento del patriarcado ortodoxo a la primacía papal romana. Los turcos, así, no sólo eran el efecto de la voluntad de Dios, sino un mal menor ante la barbarie de esos latinos que en 1204 había saqueado la capital y la habían puesto en el sendero de su definitivo aniquilamiento como centro de la cristiandad oriental.

Lo que aquí vas a dejar es tu traducción de la carta dirigida por Miguel Critóbulo al sultán como dedicatoria de su Historia. Debes disculpar su tono retórico, su pesada prosa y sus larguísimos e intrincados períodos, tan chocantes a la sensibilidad estética contemporánea; pero es lo que hay en el texto griego. Has utilizado la antigua edición de los Fragmenta historicorum græcorum, vol. V, editados en París en 1873 por Carl Müller. Hay una edición nueva:  Critobuli Imbriotæ Historiæ, de Diether Roderich Reinsch, en el Corpus Fontium Historiæ Byzantinæ – Series Berolinensis, vol. 22, Berlín, 1984. Como filólogo, debes disculparte por no tomar como base del texto griego la última edición, pero el amable lector tiene que tomar en cuenta que este trabajo está elaborado por alguien ajeno a los privilegiados círculos de la Universidad o del CSIC, que pagarían sin ambages los 289€ que cuesta la edición en PDF del libro.

Igualmente, debes pedir disculpas por romper la norma que siempre has seguido en tus traducciones de textos griegos. La edición que tomas como base está disponible en internet, pero en un documento PDF como imagen, lo que te obligaría a picar el texto griego para poder dejar constancia del mismo en este blog. Esa labor excede ya la fuerza de tu afición, así que, indulgente lector, prescindirás de ese privilegio, algo que, en el caso de ignorar los arcanos de la lengua griega antigua, no te pesará en absoluto.

Y ya, sin más retórica bizantina, el texto…

 

CARTA DE CRITÓBULO AL GRANDÍSIMO SOBERANO, CONTENIENDO EL OBJETO DEL LIBRO, LOS HECHOS EN ÉL HISTORIADOS DE FORMA RESUMIDA Y MOSTRANDO LA CAUSA DE LA NARRACIÓN.

 

            Carta de Critóbulo, su leal súbdito, al grandísimo soberano, rey de reyes, Mehmet, feliz, vencedor, triunfante, celebrado, invencible, señor de tierra y mar por voluntad de Dios.

             [1] Al ver que tú fuiste autor de muchas y grandes obras, muy gran soberano, y que afirmo sobrepasas a muchos y grandes antiguos generales y reyes, no sólo persas y de otras razas, sino también romanos y griegos, y que ni siquiera es posible compararte con ellos en gloria, valentía, prudencia y excelencia estratégica, creí que no era justo que aquellos, sus obras y sus acciones transmitidas desde entonces hasta ahora a lo largo del tiempo en las historias y narraciones griegas, fueran celebradas, admiradas por todos y disfrutaran de memoria para siempre, y que tú, siendo de tal calidad e importancia, que gobiernas casi todas las tierras bajo el sol y eres venerado por tus brillantes y grandes obras, poseyeras una excelencia desconocida en los tiempos venideros y que los hombres de hoy tuviesen la mayoría, las más importantes, las más hermosas de tus obras por algunas de las ignoradas y sin gloria, dignas además de ninguna memoria ni narración griega, y que las dejasen para ser entregadas a los abismos del olvido, mientras que las obras de otros, siendo nimias y en nada similares a las tuyas, se convirtieran gracias a los griegos y la historia de los griegos en mucho más ilustres y gloriosas para los hombres, siendo tus obras muy grandes y en nada diferentes a las de Alejandro de Macedonia y a las de los generales y reyes de su tiempo, y que no fueran publicadas en griego para los griegos ni transmitidas al tiempo futuro para alabanza inmarchitable y honra del triunfador, hermosísimo motivo de imitación y enseñanza para los virtuosos. Tú eres el único de los reyes, o de los muy pocos, que uniste palabras, sabiduría y reinado, siendo en uno mismo “un rey bueno, poderoso y guerrero”.

            [2] Por ello, justamente, creí conveniente y justo, confiando en tu buena fortuna, asumir la presente labor y recoger, en la medida de mis capacidades, tus hazañas y acciones, que superan con mucho a las demás por su número e importancia, en una historia escrita en griego.

            [3] Tal vez, muchos afamados árabes y persas pondrán por escrito estas cosas con mayor exactitud y las transmitirán a los que nos van a seguir, ya que las conocen bien y han presenciado los hechos, pero nada hay como la lengua griega, que posee la mayor reputación entre todas. Aquéllas obras serán conocidas sólo por los árabes y los persas, y por los que entienden sus lenguas; pero éstas no sólo lo serán por los griegos, sino también por todos los pueblos de Occidente, incluyendo aquellos que habitan más allá de las Columnas de Hércules y las Islas Británicas, y, al ser traducidas a sus lenguas, para muchos otros serán un motivo de orgullo y admiración, ya que son amigos de la cultura helénica y estudiosos de ella. Todo lo cual me incitó en mayor medida a la tarea, tomando en cuenta que tendré muchos jueces y testigos de mi historia.

            [4] Así pues, muy gran soberano, después de mucho trabajo, pues no sólo yo mismo presencié los hechos para conocerlos con precisión, sino que investigando y recabando al mismo tiempo más información de lo que conocía y, en la medida de lo posible, indagando cuidadosamente, compuse este libro y lo dividí en cinco partes. Puse como inicio de la narración el momento de iniciar tu reinado, cuando pasaste de Asia a Europa por primera vez, en el momento en que tu padre te dio paso a ti. [5] Contiene la guerra contra los romanos, la toma de Constantinopla, cómo fue la guerra contra Eno, contra los foceos y los los tribalos, su completa derrota y sometimiento; [6] también, la primera y segunda campaña en el Peloponeso y cómo fue sojuzgado todo él, sus ciudades, sus fortalezas y cómo fueron sujetas a impuestos; [7] además, los acontecimientos relativos a Trapezunte y Sinope, ciudades merecedoras de mención y renombradas, cómo cedieron mediante un acuerdo y cómo toda la región de su entorno se volvió súbdita del rey; [8] también, la sublevación de Dracul y la sedición de los getas, la campaña contra ellos del rey, su derrota y sometimiento y cómo se erigió señor de ésos a Rado por orden del rey, una vez expulsado su hermano Dracul; [9] asimismo, la toma por entero de Mitilene y Lesbos, isla esta una entre las primeras, renombrada y muy célebre por su fama, su tamaño, poderío y riqueza; [10] también, la primera y segunda campaña contra los dálmatas, los bostros y los peones, cómo fue sometida y derrotada toda su tierra, cómo se tomaron sus castillos, fortalezas, casi trescientas, y cómo fueron capturados sus señores; [11] además, la primera y segunda campaña contra los ilirios del golfo Jónico y su derrota; [12] la guerra de cinco años contra los venecianos, la primera y segunda derrota de éstos a manos de los sátrapas en el Peloponeso y cómo se apaciguó la cólera del rey por estos hechos. [13] Junto a esto, se narran las esplendorosas edificaciones de Constantinopla, los barcos, los astilleros, los palacios, los bazares, los pórticos, los baños, las fortificaciones, las concentraciones de fortalezas y castillos, tan útiles y necesarias, las del Helesponto, el Quersoneso y el Bósforo, y otras, no pocas, semejantes, por no dejar los discursos muy importantes del rey. [14] El lapso de tiempo que abarcan estos hechos es de diecisiete años.

            [15] Una vez dejados por escrito en este libro y narrados todos estos acontecimientos, lo remito a tu atención y tu saber para que sea estudiado y juzgado. [16] Si algo digno se hallare en él, ajustado a la verdad y equiparable a tus hechos, que sea ratificado con tu sanción, y daremos gracias a Dios y a ti, señor, quien nos ha suministrado semejante materia con las mejores obras para la exhibición de nuestra elocuencia, y, animados al mismo tiempo, nos prepararemos para toda competición ulterior. Con alegría procederemos a las restantes obras que, con ayuda de Dios, llevarás a cabo, apoyados sólo en la información sobre los acontecimientos importantes y que desconozcamos. [17] No obstante, si nuestras palabras pareciesen de forma evidente muy inferiores a tus obras y no alcanzasen su grandeza, padezcan lo que es de completa necesidad, que se deseche el libro como inútil y, en ese caso, prosternándome yo mismo ante ti y abrazando el silencio, cederé la redacción de la historia a otros mucho mejores que yo en tales menesteres.    

Anuncios

1096.

Como persona que ha dedicado su vida a las Humanidades, estás, en cierto modo, curado de espanto en lo concerniente a la naturaleza humana,  Con todo, no dejas de sentirte perplejo ante la necesidad que tus congéneres sufren de destruir lo que han construido. Está demostrado de sobra que nunca antes la humanidad ha vivido mejor. La supervivencia de los individuos es hoy mucho más factible y en condiciones inimaginables hace solo unos cuantos decenios. En Occidente, nuestros niveles de subsistencia muestran opulencia general y, sin embargo, brotan por doquier gentes que no hacen sino maquinar procedimientos para echar por tierra todo lo conseguido. Son, se te antoja, elucubraciones de gentes aburridas, ahora que no es preciso pelear mucho para sobrevivir. No otra cosa son las imbecilidades de los adalides de la corrección política, que están llegando a niveles de ridículo, si no fueran tan peligrosos. En tu España, donde después de siglo y medio matándonos, conseguimos por fin una estabilidad envidiable en todos los sentidos, a pesar de los defectos que todo lo humano padece, dilapidamos el tiempo destrozándonos, con una élite preocupada en debates estériles y perniciosos, en vez de concienciar a los españoles para que se preparen frente a los retos que el futuro plantea si queremos continuar con una forma de vida donde la lucha por lo esencial sea cosa del pasado. Aquí lo importante es la bandera que ondeas, no tu competencia profesional. Vendrán tiempos de llanto y crujir de dientes; no por guerras, sino por la miseria.