1122.

EPICURO

EL PLACER, EL AZAR Y, AL FINAL, LA LIBERTAD 

III

Pero, justamente, en función de esa postura que prescribe no hacerse notar, Epicuro dice a sus seguidores que deben participar en los cultos de la ciudad, en las ceremonias donde se exponen públicamente los lazos que mantienen unidos a los integrantes de la polis. Como buen griego y mejor ateniense, Epicuro era consciente de que esos cultos a los dioses están en el fundamento de la cohesión social y que ausentarse de ellos es excluirse notoriamente de la sociedad en la que vive. Hay que ser moderado también en el afán de apartarse del mundo exterior.

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El principal efecto práctico del ateísmo epicúreo es eliminar de la mentalidad griega el destino fatal, tan incrustado en la creencia sobre los dioses. Pensar que somos marionetas de un destino prefijado desde unas esferas divinas cuyos arcanos son incomprensibles incluso para los dioses más comunes, hacía sufrir a los griegos de ese pesimismo que Nietzsche bien identificó en su obra sobre el nacimiento de la tragedia. Borrada la acción de la divinidad del mapa, los seres humanos pueden respirar tranquilos, que los acontecimientos de su existencia se deberán al simple azar que todo lo domina en la naturaleza. Nada hay prescrito y todo depende de nuestra capacidad para afrontar con imperturbabilidad (ἀταραξία) las veleidades de la vida. Ese ánimo imperturbable, en un giro tan propio de la pretensión de omnipotencia de la racionalidad entre los pensadores griegos, debe ganarse gracias a un ejercicio de la razón basado en los conocimientos que las reflexiones del maestro nos proporcionan. En este sentido, Epicuro sigue el criterio de la filosofía helenística de dividir su pensamiento en tres partes, la Epistemología (llamada Canónica), la Física y la Ética. El proceso que sigue esta división tripartita reside en que primero hay que establecer el medio para conocer. Posteriormente, esos medios de conocimiento se aplican a conocer la naturaleza para extraer, finalmente, el contenido del objetivo final que es fijar unas normas de comportamiento para una vida feliz. Virgilio (Geórgicas, II.490) lo expresó mejor que nadie en su famoso verso Felix qui potuit rerum cognoscere causas: «feliz (Ética) quien puede conocer (Canónica) las causas de las cosas (Física)».

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imagesEl principio fundamental de la Física epicúrea, una vez que ya hemos esbozado su Ética y su Canónica, es la absoluta materialidad del ser. Todo lo que es se conforma a partir del juego libre y azaroso de esos corpúsculos invisibles e indivisibles llamados «átomos» (ἄτομα), que caen en el vacío y que, debido a la variedad de sus formas, se enganchan unos con otros hasta formar los cuerpos,  desde los más compactos hasta los más sutiles. Quien mejor supo exponer la teoría atómica epicúrea fue el romano Tito Lucrecio Caro, quien en su poema didáctico sobre la naturaleza titulado, precisamente, De rerum natura, llevó a su más fina extensión las consecuencias de esa teoría.

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Continuará

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