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El título de la película en sueco es Offret. La traducción al español es El sacrificio, pero el auténtico significado de la palabra en su idioma original es La víctima. No es, con todo, éste de las versiones españolas de filmes extranjeros un asunto de calado. Lo más señalado de esa obra es su insoportable pesadez. Has tenido la inadvertencia de intentar verla. Desde los primeros planos se te antojó un pestiño. Pero por aquello de no dejarse llevar por los prejuicios, aguantaste durante casi dos horas. Al final, optaste por adelantarla a mayor velocidad y darla por finiquitada. No contento con la sarta de lugares comunes, de escenas sosas, de planos lentos, de actores diciendo chorradas, encima, se le propina al espectador casi dos horas y media de atragantón. Como sospechabas, al acudir a internet para conocer las opiniones sobre el muermo, semejante estupidez es puesta por las nubes. El perpetrador, Andrei Tarkovskij, pasa por ser un genio del séptimo arte. Es junto a otras lumbreras como Manoel de Oliveira o Theo Angelópulos de esos directores que con poner varias frases tópicas (del estilo: “Mira las nubes. El tiempo pasa y nos morimos”) y detenerse durante quince minutos en un rostro impávido se consideran y son considerados creadores de obras de arte imperecederas. Mis largos años de bizantinista te evocan un fenómeno similar. La oratoria cortesana bizantina es tan pestiñosa como el cine de autor. Durante los siglos de vigencia, fue admirada y cultivada. Sus creadores fueron celebridades. Hoy en día duerme incluso a las marmotas y sólo es pasto de eruditos. Lo mismo le pasará a esas películas ante cuya profundidad cualquier charlotada de Pajares y Esteso es un tratado de estética.

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Tarde en la que nada deseas hacer. Y ves Fort Apache, una de las películas de John Ford. Te gusta ese John Ford que, como un moderno Homero, ha trenzado la única épica posible en estos tiempos. Cuántas veces has visto esa película y sólo ahora percibes el intenso trasfondo que la cruza. Es una descripción real del mundo de aquellos soldados de frontera. No se oculta el clasismo, no se oculta la soberbia de los jefes, no se oculta la doble moral de los nuevos americanos, no se oculta la corrupción, no se oculta que la cara auténtica de lo que será épica es un revoltijo de pasiones humanas entreveradas con mentiras y supercherías. ¿Pero qué te queda cuando la terminas? El buen sabor de boca de la belleza que brota de los valores. El protagonista es un militar amargado e incompetente que oculta sus defectos con la rigidez castrense. Su decisión final es un desastre. ¿Hay amargura, hay denuncia, hay repudio de las armas, hay odio a nuestra civilización? No. Hay reconocimiento de lo más positivo de aquel mundo ya periclitado. Justo como la vieja epopeya del ciego de Quíos. Justo como todas las epopeyas. Ese género que hoy ya no tiene espacio.