730.

El sábado pasado, el suplemento cultural del diario ABC publicó un artículo sobre literatura fantástica. Durante tu adolescencia te apasionó la ciencia ficción, que es un subgénero de la literatura fantástica. Te entró cierto regusto por volver a ella y por conocer algo de las otras variedades del género. Pronto descartaste el giro. Ya estás leyendo The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, de Edward E. Gibbon.


729.

Balzac, con su afilada pluma que sabe diseccionar el alma humana, te ofrece un fresco de ese París de inicios del siglo XIX. La fauna y flora de los parisinos se despliega en la panoplia de una pensión regentada por una viuda con aires de grandeza al frente de una colección de ejemplares de miseria humana en sus diferentes grados. Entre todos destaca la figura de un estudiante de derecho que abandona sus estudios por entrar en la alta sociedad gracias a las exacciones que ejerce sobre su modesta familia campesina cuyos sacrificios lo han conducido a la Facultad. El padre Goriot, junto a Rastignac, el estudiante, son los dos portagonistas junto con las hijas de aquél, ascendidas a esa alta sociedad que el joven ansía, pero cuyo contacto acabará por mostrarle la esencial mezquindad y falsedad de la misma. Para tu gusto moderno hay un exceso de descripciones y las escenas finales de la muerte de papá Goriot son demasiado prolongadas. Pero te ha fascinado. Has vivido durante un tiempo en aquella época y en aquel ambiente. Y te queda el regusto de una palabra: desolación. ¡Ah, los clásicos!

Honoré de Balzac, Le père Goriot, descarga gratuita en http://www.amazon.fr


726.

José Ángel Valente y José Lara Garrido escriben en Hermenéutica y mística: San Juan de la Cruz sendos capítulos y compilan un conjunto de artículos sobre el santo y las relaciones entre la exégesis textual a la postmoderna y la mística. El interés del libro vino más por aquello de la mística que por lo de hermenéutica. La segunda palabra, aun cuando de jugoso contenido en la tradición, no abrigaba más que sospechas de logorrea incontinente y vacua. Así ha sido en algunos capítulos; pero en otros, ha habido aclaración de conceptos y aportaciones a tu comprensión del aspecto formal de la experiencia mística. O mejor dicho, del intento de expresar a través del poema (o de la prosa en los propios comentarios del santo) ese fenómeno tan inexpresable como es la sensación de trascendencia experimentada en un momento concreto de la existencia. Separando la paja del grano, libro interesante.

José Ángel Valente & José Lara Garrido (eds.), Hermenéutica y mística: San Juan de la Cruz, Madrid, Tecnos, 1995


719.

No puedes evitar reproducir estos fragmentos como ejemplo de lo que el lector hallará en el libro de Jean-François Revel.

En 1984, durante el Festival Internacional de Televisión de Sevilla, Christine Ockrent, entonces directora de información de Antena 2, propone al jurado, del que formaba parte, firmar un texto en favor de la liberación de Jacques Abouchar, periodista de su cadena, que acababa de ser capturado y acusado de espionaje por los rusos en Afganistán. Presidido por Robert Escarpit, antiguo articulista de Le Monde y profesor en «Ciencias de la Comunicación» en Burdeos, el jurado se componía de Sean McBride, premio Nobel de la Paz y Premio Lenin, fundador de Amnesty International, del escritor español Antonio Gala, de Enrique Vázquez, director de información en Televisión Española (TVE) y de una representante de la televisión soviética, cierta señora Formina o Formida (mis fuentes se contradicen sobre la ortografía). En pocas palabras, Formida, Formina o Formica, pues no lo sé, eructó una diatriba contra la provocación de Christine Ockrent, y todos se inclinaron ante ella. Todos, salvo, evidentemente, la misma Christine Ockrent, que al comprobar lo vano de sus esfuerzos, pese a varias atenuaciones del texto primitivo, dimitió del jurado y tomó el avión de regreso a París. Particularmente instructiva fue la actitud de Enrique Vázquez (no hablemos ya de Escarpit, pro soviético de toda la vida), que, aunque nombrado por un gobierno socialdemócrata de los más moderados, apoyó a Moscú contra un colega encarcelado por «no haber hecho más que ejercer su oficio», según la expresión consagrada y que nunca fue más adecuada. Después de esta hazaña, ¿cómo se podían tomar en serio las protestas de los miembros de ese jurado contra los atentados a la libertad de prensa en Chile o en Sudáfrica?

Jean-François Revel, El conocimiento inútil, trad. Joaquín Bochaca, Barcelona, Planeta, 1989, pág. 168.


718.

Jean-François Revel es uno de tus ídolos. Ya has leído libros suyos y siempre te engancha con su clarividencia ante las supercherías del mundo nuestro de cada día. Aunque formado en la filosofía, su claridad hace gala de racionalidad estilística. En El conocimiento inútil desvela certeramente todo el montaje que la izquierda erigió hasta los años 80 en el mundo Occidental para imponer sus modelos de pensamiento y de actuación. Los ejemplos se suceden con aplomo, diáfanamente. No deja gurú con cabeza en su examen de la idiocia europea y americana. Grandes figuras dejan al descubierto sus flaquezas bolcheviques y grandes víctimas de su crueldad son reivindicadas. Periodistas y maestros caen en los filamentos de Revel, no sólo los políticos y los autoconsiderados intelectuales. Al final, todo vale para atacar la libertad y el régimen que mejor la preserva y que más prosperidad trae a las gentes. Y como consideración nada desdeñable, tú que tanto lamentas la historia de España, constatas con cierto consuelo que no hay país sin fantasmas ni armarios cerrados a cal y canto. Francia tiene los suyos, además de otros, en la colaboración con los nazis. Magnífico libro.

Jean-François Revel, El conocimiento inútil, trad. Joaquín Bochaca, Barcelona, Planeta, 1989.


704.

En esta línea de razonamiento, encontramos un apreciable punto de diferencia entre la consideración que hacen de la filosofía los antiguos y los modernos. Mientras las teorías en la Antigüedad no están férreamente jerarquizadas, ni forman un todo compacto -de hecho, muchas “teorías” filosóficas antiguas no arman propiamente una “teoría”-, gran parte de las éticas modernas toman como ideal el modelo de la derivación y la deducción formales como base para exponer el pensamiento y, presumiblemente también, para protegerlo de la crítica. Descartes, Leibniz y, muy en particular, Spinoza confían buena parte del éxito de sus cogitaciones a la solidez y garantía del argumentar more geometrico.

Aunque pueden encontrarse precedentes ilustres –verbigracia en Platón- en los que la estructura del saber científico (matemática, para más señas) actúa a modo de pauta y patrón de la exposición filosófica, después de Aristóteles serán pocos los filósofos que sigan la senda metodológica del paradigma científico puro. El motivo es muy simple: para la ética antigua, el modelo especulativo y teórico de conocimiento no es directamente aplicable al saber práctico. Es más, la moral apunta hacia un horizonte referencial de pensamiento y acción en el que ambas instancias -la teórica y la práctica- son inseparables. La perspectiva de la praxis resulta de esta forma inspirada en la techne, es decir, en la destreza práctica y la conducta efectiva, y no tanto en la episteme. Buena parte de la polémica entre los sofistas y Sócrates / Platón tiene como principal base argumental, justamente, la oposición techne / epísteme.

Por el contrario, y considerando el asunto en términos generales, la prioridad ética en los modernos es más teórica que práctica. Para éstos, el sujeto moral es un “agente moral”; no tanto una persona que determina lo que es correcto, a fin de llevarlo a cabo, cuanto la persona que concibe la determinación de lo que es correcto al objeto de justificar en temimos de reglas y principios, qué decisiones y acciones deberían tomarse y recibirse. Surge, de esta manera, una fascinación – casi diríamos, una obsesión, que recorre buena parte del pensamiento moderno y contemporáneo- por la fundamentación de la moral hasta el punto de estimarla como el elemento característico y definitorio de toda investigación moral. Este énfasis en la fundamentación de la moral ha llegado en muchos casos a oscurecer la sustanciación de la misma, lo que representa una particular expresión de cómo la forma puede llegar a humillar a la materia.

Fernando Rodríguez Genovés, Marco Aurelio. Una vida contenida, Madrid, Evohé, 2012, pp. 17-19.


700.

Hay otro aspecto mucho más importante y radical. El humanismo, en su esencia, es crítica: crítica de textos y crítica de ideas. Empieza por restablecer los textos en su pureza original, expurgándolos de los defectos de que estaban plagados por la ignorancia de generaciones de copistas, y sigue ejerciendo este espíritu de crítica aplicándolo a las ideas expresadas en estos textos. La crítica textual se prolonga en una crítica ideológica y en este camino no perdona a nada ni a nadie: la Biblia está sometida a examen y revisión lo mismo que una edición de Virgilio; las interpretaciones tradicionales pasan por una revisión despiadada; todo, al fin y al cabo, puede ser el objeto de discusión. La filología, ciencia por antonomasia de los humanistas, es ante todo crítica y por lo tanto, subversión. Tarde o temprano, la actitud debeladora y demoledora de la crítica humanística tenía que tocas los fundamentos de la sociedad estamental, el señorío, la nobleza heredada o adquirida. 

*                  *              *

Aquellos autores que, a finales de la Edad Media, iniciaron la renovación intelectual, característica de los tiempos modernos, pretendieron cultivar lo que ellos llamaban “letras de humanidad” o “letras humanas”. Letras, es decir, no literatura, sino conocimientos científicos ; letras humanas, o sea, ciencia profana, por oposición a las letras sagradas, a la ciencia de Dios. Los humanistas proclamaron así la autonomía de la ciencia profana, digna de ser estudiada en sí misma y no como mera introducción a la teología, y emanciparon la cultura de la tutela de la religión.

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El humanismo es esencialmente crítica y espíritu crítico: se trata de someter a examen todas las ideas establecidas que los doctores de toda clase, los expertos encerrados en su especialidad, presentan al público como otros tantos dogmas que habría que acatar sin discusión. (…) En el siglo XVI, los expertos eran los doctores escolásticos; hoy serían todos los especialistas que, atrincherados detrás de un saber técnico pretenden detener la verdad e imponer su dictamen a una opinión pública que consideran incapaz de entender los problemas porque no se toman la molestia de darle las explicaciones necesarias en un lenguaje apropiado. (…) Lo primero que exigen los humanistas a los doctores es que no traten de escudarse detrás de un lenguaje esotérico, una jerigonza inaccesible, no sólo al común de los mortales, sino al hombre medianamente culto.

 Joseph Pérez, Humanismo en el Renacimiento español, Madrid, Gadir, 2013, pp. 108-109, 128 y 131.