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Aquí se dejan, recogidas en un único  documento, todas las entradas relacionadas con la Historia de una vocación. 

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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO 

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La trayectoria personal que comenzó hace ya más de cuarenta y cuatro años no ha cesado y creo que hinchará mis velas hasta el último día. La sensación extraña de placer que me provoca contemplar unas letras griegas sigue tan viva como el primer día en que me tropecé con ellas. La pasión por el mundo antiguo, la nostalgia por mis experiencias con el mundo griego de hoy en día, mi trasiego con el mundo bizantino, todo sigue vivo de una u otra manera. Mi vocación de helenista no ha muerto. Desde que abandoné el trabajo como profesor me impuse dedicar cada día una hora a leer textos griegos. Con mayor o menor lealtad, dependiendo de múltiples circunstancias, he sido fiel a esa decisión durante estos catorce años. No he renunciado ni he perdido mi vocación, simplemente, ahora se manifiesta de manera mucho más libre que antaño. Se refleja en mis traducciones para el blog, en mis relatos breves donde la presencia de lo helénico aparece de forma constante, en algún artículo desperdigado donde reflexiono sobre el porvenir de la presencia de la antigüedad clásica en este mundo cambiante como nunca. Al tiempo, soy consciente de que pertenezco a una especie ya casi extinguida y me siento como uno de aquellos eruditos paganos que se reunían en un banquete en la Roma del Bajo Imperio para celebrar la agonía del viejo mundo mientras en el exterior se arremolinaban bárbaros de uno u otro pelaje. Aquel texto que Marguerite Yourcenar imagina escrito por el emperador Adriano vive todavía en mí, aunque el tiempo, consecuente con su ser, siga arrebatando en su carrera todo lo que existe.


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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

 RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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La comodidad que sentí impartiendo Historia de la Filosofía me animó a intentar una maniobra permitida por las autoridades académicas. Se trataba de la novedosa figura de la habilitación. Mediante una versión reducida de unas oposiciones de promoción interna, un profesor de materias desahuciadas podía convertirse en titular de otra materia con todos sus derechos. Decidido a ser profesor de Clásicas y de Filosofía al mismo tiempo, me estuve preparando dichas oposiciones durante aquel curso, al tiempo que estudiaba la materia para impartirla en clase. Me compré el temario oficial ya elaborado por una de esas academias que se dedican a esa función. Firmé la convocatoria, pero llegado el momento de acudir a Almería para examinarme, se me agudizó la depresión que llevaba padeciendo desde hacía meses y de la cual me estaba tratando con uno de los psiquiatras supuestamente más hábiles de Sevilla (y también de los más caros, que todo hay que decirlo). Al final, me quedé en casa sentado en un sillón, con el temario a mi lado y con la conciencia clara de que dicha habilitación no me facilitaría la huida del instituto, sino que me encadenaría con mayor fuerza a él. En este ánimo, comenzó el curso siguiente. Y cayó la gota definitiva que desbordó mi vaso de lágrimas y que por la vía rápida de la enfermería me sacó de la lidia en que se había convertido el trabajo. Mi amistad con el compañero hacía prever que podría repetir la maniobra del curso anterior. Aunque mis ánimos estaban cada vez peor, creía que conservar el status quo me permitiría seguir al pie del cañón. El problema surgió cuando la plaza ocupada por la interina el año anterior fue cubierta ya por un funcionario titular que, con toda la razón del mundo, no aceptó que alguien ajeno al departamento impartiera una materia estrella como era la Filosofía del 2º de Bachillerato (ya imperaba el nuevo plan logsiano). Este hecho me provocó dos sacudidas anímicas que me mandaron al hule. En primer lugar, estaba siendo yo causante de una irregularidad que siempre había visto mal y que, cuando la había conocido, me había provocado una rabia contenida. Uno es de derechas y por tanto, aplicado a la ley y al orden. Provocar que el amiguismo perjudicara al que era titular del mejor derecho y atacar a la raíz de mi propia dignidad me hundió. Por otra parte, dejar de impartir ese curso de 2º de Bachillerato me hacía descender a las zahúrdas más infernales del instituto. Antes de que empezara el curso, reventé. Mi psiquiatra me dio la baja, el inspector médico me llamó y, ante mi estupor más profundo, me dijo que mi única salida era la jubilación anticipada. Me explicó detalladamente lo que tenía que hacer y en el plazo de dieciocho meses, tal como estipula la legislación vigente, me vi liberado para siempre de tener que impartir clases en un instituto. Lo que vino después fue más desastroso aún que lo vivido anteriormente. Pero eso es otra historia y nada tiene que ver con mi vocación de helenista.


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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Mis últimos movimientos en este terreno se llevaron a cabo en el mismo campo de la enseñanza secundaria (como ya se llamaba en aquellos tiempos la antigua enseñanza media). Aprovechando la amistad cercana con un compañero del instituto donde trabajaba, que era jefe del departamento de Filosofía, acabé el último año de mi labor profesional como docente impartiendo el curso de Historia de la Filosofía en el C.O.U. Fue esa maniobra posible porque una profesora interina de la materia, que llegaba a cubrir una plaza en el departamento durante aquel curso, tenía pánico a impartirla. En aquel año, las autoridades académicas de la Junta de Andalucía ya habían conseguido derrotar, después de decenios de lucha, a los catedráticos de griego y nos obligaron con éxito a impartir asignaturas afines. Por primera vez en mi vida profesional me vi forzado a dar clases de una materia que no era de mi especialidad. No deja de ser un cierto mérito para nosotros que sólo lo lograran después de tanto tiempo. El caso es que me vi en la necesidad de completar mi horario con un curso de la E.S.O. de Ética y con las cuatro horas de Historia de la Filosofía. Este movimiento mío era totalmente inusual. Cuando de dar afines se trataba, todo el mundo prefería los niveles inferiores. Yo, por el contrario, abusando de la amistad de mi compañero y de las especiales circunstancias que se me presentaron, opté por irme lo más arriba posible. Más me asustaban los vándalos de la E.S.O. que los últimos alumnos del viejo B.U.P. Y estudiar Historia de la Filosofía aquel curso fue un placer. Estaba claro que la parte de Filosofía griega no me planteaba ningún problema; en cuanto al resto, siempre tuve ganas de estudiar autores como Descartes o Kant (no Nietzsche; sus obras como renovador de la Filología clásica me apasionaron, pero sus escarceos posteriores se me antojaron vomitonas de un alma inteligentísima en plena locura). Tengo que reconocer que me lo pasé mejor ese curso con los alumnos de Historia de la Filosofía que con mis alumnos de Griego. Por aquel entonces, ya estaba plenamente desengañado y aburrido de dar una signatura que ocupaba el mismo rango en la mentalidad dominante que el Hogar en los tiempos potreros de sistema educativo franquista, y que se veía abocada a compartir espacio con el Latín y ese engendro llamado Cultura Clásica. Por cierto, que ese último año tuve que dar mi primer y postrero curso de dicha materia. Me lo planteé como me ordenaban los cacúmenes de la pedagogía, así que me pasé el curso imaginando chorraditas para entretener a la masa. En esta tarea recuerdo que tuvo un relativo éxito un juego de la oca con los viajes de Ulises elaborado por un alumno con unas dotes magníficas para el dibujo. El resto de la clase y el curso en sí fue una de las mayores pérdidas de tiempo que nunca experimenté. Mi éxito, con todo, fue tener a la masa controlada sin ejercer autoridad y no tener que mandar a ninguno de sus integrantes al jefe de estudios, ni expulsar a nadie, ni soportar revueltas o sediciones. Cumplí, pues, a la perfección como probo funcionario el objetivo primordial del actual sistema educativo.


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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

 RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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El colofón de la historia sobre la tesis vino dado por la concesión del Premio Extraordinario de Doctorado. Sumaba así un nuevo galardón a mi currículo que me otorgaba un cierto grado de esperanza en mis deseos de abandonar el instituto y escapar a la Universidad. Era necesario ahora incrementar ese mismo currículo con aportaciones tales como ponencias, comunicaciones y artículos en revistas especializadas. Me lancé a la tarea con energía y en el plazo de unos pocos años conseguí inflar las páginas de mi carrera investigadora con ese tipo de contribuciones al saber universal. Asistía a todo congreso, jornadas, curso que me era posible ampliando los aspectos ya tratados en mi tesis. Al tiempo, las revistas me abrían sus páginas y publicaba artículos también relacionados con esa temática. Buceaba las convocatorias en el BOE y en el BOJA en busca de una plaza de asociado en alguna Facultad. En este apartado, mis intentos (todos fallidos antes de que la crisis existencial y de salud me atacase) se plasmaron en dos solicitudes para acceder a plazas de profesor asociado, una en la Universidad de Huelva y otra en la de Sevilla, y una firma de oposiciones para una plaza de profesor titular en la Universidad de Extremadura en Cáceres, a la que no llegué a presentarme. Para la plaza de asociado en la Facultad de Sevilla fui a entrevistarme con el Catedráticos de Filología Griega para darle a conocer mis intenciones y, al tiempo, para sondear mis posibilidades. Como ya conté en una entrada de este blog, salí de allí con la idea clara de que nada podía hacer. Ya se sabe que si Einstein se presentase a una plaza de profesor asociado o titular en la Facultad de Física, sería derrotado por el becario de turno al que le tocaba acceder al funcionariado. Y conste que en este ejemplo no pretendo sugerir que mis cualidades intelectuales sean similares a la de Einstein, ni mucho menos. En un ejercicio de cierto cinismo, era consciente de que mis capacidades no estarían a la altura de una Universidad que realmente acogiera a la élite intelectual de la sociedad, pero habida cuenta de la mediocridad dominante en las aulas de la docencia superior, creía que mi presencia no desentonaría. En todo caso, cualquier persona avisada y no un alma cándida como la de uno podría haber previsto que la vía de escape a través de la Universidad era un callejón sin salida. Finalmente, me di cuenta de que debía tomar otro camino. Así que me dispuse a mandar mi currículum a toda clase de fundaciones y de universidades privadas. Nunca nadie respondió a mis requerimientos. Ser doctor en Filología Clásica no da acceso más que a la docencia en el sector público o a un tipo de periodismo cultural en cuyos huecos sólo pueden introducirse quienes se mueven diestramente en el terreno de las relaciones públicas, habilidad que mi carácter no me proporcionaba.


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RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Tras la realización de los pertinentes cursos de doctorado, la presentación de mi traducción como tesina (lo que me valió la convalidación de algunos créditos) y seis años de labor, una tarde llamé por teléfono a mi director y le comuniqué que la tesis estaba concluida. Mi satisfacción se congeló cuando al otro lado del auricular, el hombre se reveló molesto por mi actitud. Y tenía razón. En todo ese asunto, el presuntuoso era yo, bien cierto que con una pizca de ingenuidad. Pero nada disculpaba por mi parte la carencia de una mínima cortesía y un mínimo respeto por su función. Durante unos instantes, vi todo mi esfuerzo dilapidado. Mi director, sin embargo, una vez expresado su enfado en términos corteses y educados, me dijo que fuera a verlo en Granada con mi borrador. Así lo hice. Pasé allí un día entero, conocí a su familia, comimos juntos en un ambiente cordial y cómodo para mí. Regresé por la noche con el alivio de que iba a firmarme el trabajo después de unas recomendaciones que me dio en el transcurso de la mañana que pasamos en el estudio de su casa. Puestas así las cosas, llegó el día de la lectura. Me planté un traje de verano que compré para la ocasión y la corbata, agarré el tomo de la tesis y mi presentación, y procedí a pasar por el rito. Como era de prever, ya que la lectura de una tesis en España es un mero trámite cuyo resultado es previsible, todos los miembros del tribunal alabaron mi obra. Mi director, al final, pidió la palabra para añadir más argumentos a favor de mi trabajo y, tras deliberación obtuve el consabido “Apto cum laude”. Y digo “Apto” porque en el período en que presenté mi tesis se habían abolido las calificaciones. Todo quedaba en “Apto” o “No apto”. Luego creo que se ha vuelto al sistema antiguo. Hubo el consabido banquete en un restaurante a costa del nuevo doctor y la despedida. Y como no podía faltar la autoflagelación que tanto me asalta en cada cosa que hago en la vida, he de reconocer que uno solo de los miembros del tribunal acertó a hallar el fallo esencial de mi trabajo. No tengo duda alguna de que mi recopilación de datos, mi estudio en profundidad de las características de la historiografía escrita en griego antiguo (ya sea en los períodos de la Antigüedad, como en el período bizantino) son exhaustivos y dignos de encomio. La estructuración de la tesis me hace sentir orgulloso de mis capacidades intelectuales y el pundonor con que me embaulé la mayor parte de la literatura secundaria y la lectura reflexiva de casi todos los historiadores antiguos y buena parte de los bizantinos hasta la época de Ana Comnena me confirman la validez de mi trabajo. Sin embargo, si no olvidamos que la función de una tesis, como su propio nombre indica, es el establecimiento de un concepto y su verificación a través de la investigación, no puedo menos que reconocer mi fracaso en dicha validación. Mi tesis consistía en defender una continuidad no sólo formal en el empleo de un nivel lingüístico del griego, no sólo en la concepción de lo que debe ser la narración histórica, sino también en las ideas que subyacen a la hora de escribir un relato histórico. Y, como bien expresó el miembro del tribunal anteriormente citado, entre la mentalidad de un Tucídides y la de una Ana Comnena se hunde un abismo. Todos mis intentos de demostrar mi tesis, a estas alturas, creo que no fueron convincentes por el hecho de que mi objetivo estaba equivocado. Con todo, la seriedad de la obra y la minuciosidad de todos los apartados, salvo el de las conclusiones, avalaron la calificación. Conseguir terminar una tesis me hizo y me hace sentirme orgulloso y me demostró que la indolencia y de falta de vigor psíquico que algún antiguo amigo me reprochaba con frecuencia no eran sino el resultado de un carácter que pone sobre el tablero todas las energías precisas cuando encuentra un objetivo que considera valioso. El problema consiste en que muy pocos, muy pocos objetivos en mi vida he considerado valiosos. Desde luego, no es uno de ésos montarle una bronca a un dependiente que no me ha dado el cambio exacto porque piense que pretende engañarme


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HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

RECUERDOS DE UN HELENISTA AFICIONADO

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Me dispuse, pues, a escribir una tesis doctoral. La primera dificultad era encontrar un director que entendiera del mundo bizantino en Sevilla, o al menos en España. Lo hallé en un Profesor Titular de la Universidad de Granada, de origen griego, al que conocía de mis andanzas con un colectivo de aficionados a la Grecia moderna y a su lengua desde hacía tiempo. Cuando pensé en la tesis, me vino inmediatamente a la memoria. Así que acudí a él. Me aceptó y debo reconocer aquí que mi comportamiento hacia él fue de injustificada prepotencia, como más tarde contaré. Por otra parte, la normativa exigía que si el director de la tesis pertenecía a un claustro diferente a la Facultad donde se iba a presentar la tesis, era preciso contar con un tutor que sí formara parte del profesorado de esa Facultad. Habida cuenta de mi cercanía con el catedrático del Departamento de Filología Griega por ser amigo de Esperanza Albarrán, le solicité que ocupara ese puesto y accedió. Hacer aquella tesis resultó complejo. No por la voluntaria ausencia de guía, ya que desde que aprobé las oposiciones estaba acostumbrado a no tener a nadie diciéndome lo que tenía que hacer. El problema esencial se encontraba en la ausencia de bibliografía en Sevilla sobre la parte bizantina del asunto que investigaba. Algo había en la Complutense y, por supuesto, en los innumerables departamentos universitarios e instituciones de Alemania, Francia, Gran Bretaña o EE.UU. con tradición en ese campo. Τambién contaba en Atenas con el Centro de Investigaciones Bizantinas (Κέντρο Βυζαντινῶν Ἐρευνῶν), que consideraba el lugar de más fácil acceso para mis capacidades. Otro obstáculo se alzaba en el hecho de que hacer la tesis fuera del manto protector del Alma mater me cortaba las vías de acceso a los instrumentos auxiliares para la investigación. Cualquier becario del Departamento podía pedir libros o fotocopias de artículos a cargo de los fondos oficiales. Yo tenía que pagar de mi bolsillo hasta la última fotocopia que pedía a una oficina del C.S.I.C. dedicada a facilitar bibliografía a los investigadores, por no decir los libros que pedía al extranjero. Y no eran precisamente baratos ni unas ni otros. Afortunadamente, la mayor parte del material preciso para cumplimentar el apartado de historiografía antigua estaba disponible en los fondos bibliográficos del Departamento de Sevilla. Mis viajes a Madrid, para saquear revistas y libros en la Complutense fueron frecuentes en verano y, finalmente, pude permanecer un mes en el Centro de Investigaciones Bizantinas de Atenas gracias a la ayuda para la investigación que mencioné en el capítulo 61. Al final, tuve a mi disposición miles de fotocopias en toda clase de variedades de la letra impresa. Todavía recuerdo con cierta nostalgia, la lectura de los textos de historiadores antiguos y bizantinos mientras regresaba en autobús del instituto o durante los exámenes que hacía a mis alumnos, las innumerables fichas que elaboré con citas, las noches en que me pasé buena parte del tiempo antes de dormir dándole vueltas al modo de plantear el trabajo. Porque, al final, lo que aparecía como núcleo de la investigación era un estudio de la filosofía de la historia aplicado a esos dos períodos. Ello me condujo a profundizar en ese apartado, lo que complicó aún más la labor. De hecho, el presidente del tribunal que juzgó la tesis, el eminente catedrático de Latín y académico de la lengua, don Juan Gil reconoció en el acto de la defensa que había hecho un trabajo sobre filosofía de la historia.