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Me dispuse, pues, a escribir una tesis doctoral. La primera dificultad era encontrar un director que entendiera del mundo bizantino en Sevilla, o al menos en España. Lo hallé en un Profesor Titular de la Universidad de Granada, de origen griego, al que conocía de mis andanzas con un colectivo de aficionados a la Grecia moderna y a su lengua desde hacía tiempo. Cuando pensé en la tesis, me vino inmediatamente a la memoria. Así que acudí a él. Me aceptó y debo reconocer aquí que mi comportamiento hacia él fue de injustificada prepotencia, como más tarde contaré. Por otra parte, la normativa exigía que si el director de la tesis pertenecía a un claustro diferente a la Facultad donde se iba a presentar la tesis, era preciso contar con un tutor que sí formara parte del profesorado de esa Facultad. Habida cuenta de mi cercanía con el catedrático del Departamento de Filología Griega por ser amigo de Esperanza Albarrán, le solicité que ocupara ese puesto y accedió. Hacer aquella tesis resultó complejo. No por la voluntaria ausencia de guía, ya que desde que aprobé las oposiciones estaba acostumbrado a no tener a nadie diciéndome lo que tenía que hacer. El problema esencial se encontraba en la ausencia de bibliografía en Sevilla sobre la parte bizantina del asunto que investigaba. Algo había en la Complutense y, por supuesto, en los innumerables departamentos universitarios e instituciones de Alemania, Francia, Gran Bretaña o EE.UU. con tradición en ese campo. Τambién contaba en Atenas con el Centro de Investigaciones Bizantinas (Κέντρο Βυζαντινῶν Ἐρευνῶν), que consideraba el lugar de más fácil acceso para mis capacidades. Otro obstáculo se alzaba en el hecho de que hacer la tesis fuera del manto protector del Alma mater me cortaba las vías de acceso a los instrumentos auxiliares para la investigación. Cualquier becario del Departamento podía pedir libros o fotocopias de artículos a cargo de los fondos oficiales. Yo tenía que pagar de mi bolsillo hasta la última fotocopia que pedía a una oficina del C.S.I.C. dedicada a facilitar bibliografía a los investigadores, por no decir los libros que pedía al extranjero. Y no eran precisamente baratos ni unas ni otros. Afortunadamente, la mayor parte del material preciso para cumplimentar el apartado de historiografía antigua estaba disponible en los fondos bibliográficos del Departamento de Sevilla. Mis viajes a Madrid, para saquear revistas y libros en la Complutense fueron frecuentes en verano y, finalmente, pude permanecer un mes en el Centro de Investigaciones Bizantinas de Atenas gracias a la ayuda para la investigación que mencioné en el capítulo 61. Al final, tuve a mi disposición miles de fotocopias en toda clase de variedades de la letra impresa. Todavía recuerdo con cierta nostalgia, la lectura de los textos de historiadores antiguos y bizantinos mientras regresaba en autobús del instituto o durante los exámenes que hacía a mis alumnos, las innumerables fichas que elaboré con citas, las noches en que me pasé buena parte del tiempo antes de dormir dándole vueltas al modo de plantear el trabajo. Porque, al final, lo que aparecía como núcleo de la investigación era un estudio de la filosofía de la historia aplicado a esos dos períodos. Ello me condujo a profundizar en ese apartado, lo que complicó aún más la labor. De hecho, el presidente del tribunal que juzgó la tesis, el eminente catedrático de Latín y académico de la lengua, don Juan Gil reconoció en el acto de la defensa que había hecho un trabajo sobre filosofía de la historia.

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En el camino emprendido para escapar de la enseñanza media, eran imprescindibles una tesis y un currículum. Lo primordial era acotar el campo de trabajo. Dados mis inicios en ese terreno, decidí emplear mis esfuerzos intelectuales en la historiografía. No era sólo un efecto de la casualidad arriba mencionada, que me llevó a trabajar en una obra histórica trufada de biografía y de retórica como es La Alexíada, también me empujaba el interés que tenía para mí la disciplina de la historia. Calibré algo seguir la senda de la filosofía en Bizancio, pero pronto me percaté de que ese campo era más bien pobre y que estaba profundamente imbuido de teología, materia que para mí carecía de interés. También estaba el campo de lo que convencionalmente se llamaría “humanismo”, esto es, la recepción y cultivo de artes literarias de la Antigüedad helénica. Ocurrió algo parecido a lo que sucedió con la filosofía. Lo que el mundo bizantino podía ofrecerme era un repertorio de imitaciones bastante escasas de creatividad. El mérito de los eruditos bizantinos, como reputados investigadores modernos han reconocido, estriba en la conservación de materiales antiguos y su comentario. Lo demás es una retórica momificada y esclerotizada. La historiografía bizantina, por el contrario, aunque tenga un medio de expresión en un nivel lingüístico ya no usado en la vida cotidiana y una dependencia de modelos antiguos, posee una vitalidad producto del asunto que trata, ya que la rama más productiva de la misma versa sobre la historia contemporánea del autor, rasgo que convierte al historiador en un testigo cuasi periodístico de su momento. Por otro lado, el registro de los hechos sucedidos a los colectivos humanos de lengua griega presenta una línea sin interrupciones que abarca desde los primeros logógrafos del siglo VI a.C. hasta las crónicas de la toma de Constantinopla en 1453 y sus secuelas escritas por historiadores bizantinos como Miguel Critóbulo de Imbros o Jorge Esfrantzes. Esa cadena de eslabones que cubre casi dos mil años me permitía igualmente aprovechar la familiaridad que ya poseía con los historiadores de la Antigüedad y trabajar en las relaciones entre las concepciones de la historia que corrían por autores como Heródoto, Tucídides, Polibio o los historiadores griegos del Imperio Romano y sus seguidores en el Imperio Romano de Oriente. Todas estas consideraciones me llevaron no sólo a redactar una serie de artículos, sino a plantear como tema de la imprescindible tesis doctoral las influencias de la historiografía antigua en la obra de Ana Comnena.


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Para terminar con las andanzas provocadas por mi traducción de la obra de la princesa Comnena, hay alguna anécdota más que me resulta divertido recoger aquí. Un buen día, en mis trasiegos por el Secretariado de Publicaciones con motivo de la edición del libro, mientras esperaba audiencia y ausente la secretaria del secretario, casualmente observé en su mesa un documento donde se le entregaba en concepto de anticipo de edición 100.000 pesetas a otro de los traductores de un libro integrante de la colección donde se publicaba mi libro. Dicho traductor era un conocido profesor de la Universidad de Sevilla, persona excelente en todos los sentidos por lo que he oído. La confianza de la funcionaria había dejado a la vista el papel y yo lo había visto. Me sentí mal. Era como si me hubieran estafado por cuanto el secretario no me había dicho nada de anticipos. Lo interpreté como una muestra más de esa especie de cosa nostra que es la universidad española, donde los que están dentro gozan de prebendas sustanciosas y quienes desde fuera se acercan son considerados una extraña variedad de la bazofia. Superando mi insana timidez (tanta sería mi rabia), le comenté al secretario la posibilidad de que me dieran un anticipo de edición. Supongo que el hombre, persona para la que sólo tengo palabras de agradecimiento, que se portó siempre conmigo de forma exquisita y que sólo seguía la costumbre de la institución de velar por su clientela, se vio entre la espada y la pared. Su propia honradez le impidió, supongo, negarme ese anticipo cuando se lo daba a otros. Así que, al final, mi cuenta de resultados de La Alexíada sumó otra cantidad a la ya conseguida. De hecho, hasta hace poco me han ido abonando cada dos años cantidades en derechos de autor. Aunque nunca pasaran de los cuarenta y tantos euros, eran bienvenidas. Finalmente, hubo dos consideraciones que me turbaron el sueño en más de una ocasión. De un lado, el hecho de que el Premio Nacional me fuera concedido gracias a la intervención de esa persona mencionada arriba, especialista en Bizantinística y Griego Moderno, me dio que pensar si debía hablar con él y preguntarle si era costumbre académica ofrecer un porcentaje de la dotación económica en concepto de “protección” y “apadrinamiento”. Reconozco que mi timidez me impidió plantearle el asunto en cuantas ocasiones coincidí con él. El hecho de que ese señor nunca me hiciera ninguna indicación al respecto me calmó y me hizo pensar que la fama de mafiosillo de la que gozaba en el ambiente no llegaba a aspectos crematísticos. Al menos, en mi caso. Por otro lado, tampoco me dejó dormir en más de una ocasión el temor de que se descubriera que mi obra no era tan perfecta como se debía esperar y que ello redundara en detrimento de mi hipotética carrera docente en la universidad. En esos momentos, el hecho de que, como he comentado antes, no fuera sino una impostura más en medio de un mundo corrompido por la impostura generalizada, no calmaba mis escrúpulos porque siempre me ha atemorizado la transgresión. Es que, además, temía que si se descubrieran los defectos, pudieran naufragar mis planes. Iba conociendo el percal y sabía que a la hora de ascender en el escalafón no había reparos por parte de los enemigos en sacar a relucir cualquier pequeño borrón; mucho más cuando el borrón tenía cierta intensidad. Como dicha carrera nunca llegó a nada, nadie reparó en los fallos de mi obra. Creo, por otra parte, que influyó también otra de las características del contexto profesional universitario. Las críticas de los enemigos son siempre consideradas malintencionadas y desde el primer momento nadie de cada partido se toma la molestia de considerar su posible validez. Al final, uno era insignificante y ninguno de los becarios ni asociados temió jamás que un profesor de instituto amenazara su carrera; así pues, salí indemne del embrollo.

 

 

 

 

 


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La historia de mi traducción tuvo largo recorrido. A poco de haber entregado el trabajo, un catedrático del departamento de Historia Antigua de la Universidad de Sevilla, que era a la sazón secretario de publicaciones, se enteró, no sé cómo, de que tenía hecha la traducción de La Alexíada. Me propuso publicarla, a lo que accedí encantado. Pedidos informes de referencia a expertos, uno de ellos se percató de los fallos en la obra y desaconsejó la publicación. El otro fue más positivo y recomendó la edición. El secretario de publicaciones optó por publicarla y ese año, ante mi sorpresa, fue galardonada con el Premio Nacional de Traducción. Posteriormente, y en la línea de la concesión de la ayuda mencionada arriba, me enteré de que había seguido el mismo proceso. Le tocaba ese año el premio a una traducción de una obra en lenguas clásicas y, además, coincidió en el comité de decisión un especialista en Bizantinística y Griego Moderno. Mi contacto con el intramundo universitario me enseñó que lo principal dentro de él es la lucha por el poder, una especie de strugge for life darwinista donde la supervivencia se manifiesta en invitaciones a congresos con todos los gastos pagados y en los mejores hoteles y restaurantes, en la vía libre permanente a toda clase de publicaciones hechas por el individuo dominante, independientemente de su calidad, en el control de los recursos y de los departamentos, en la configuración de una cohorte de subordinados leales y militantes a la hora de tomar partido en el reparto de los mencionados recursos, etc. Como se puede uno figurar, la calidad intelectual de las personas implicadas y de su labor no es requisito básico; a veces, ni siquiera es requisito. Por lo tanto, sospecho que en la concesión del premio influyó, antes que los méritos puramente intelectuales, el hecho de que determinadas figuras del mundillo universitario pudieran realzar su ámbito de trabajo y ganar espacio a través de persona interpuesta y de la cierta notoriedad que confería un galardón de esa talla. En todo caso, la fortuna me sonrió y recibí el galardón ex æquo con un equipo de sacerdotes que habían traducido la Biblia al gallego. Me correspondieron 1.250.000 pesetas, creo recordar. También recibí los parabienes de algunos escasos integrantes del Departamento de Filología Griega y Latina de la Universidad de Sevilla, mi alma mater, y el desprecio envidioso de la mayoría de ellos. Al poco de serme otorgado el premio, recibí una carta manuscrita de uno de los miembros del comité. Se trataba de un prestigiosísimo profesor universitario especialista en filosofía alemana y traductor de enorme fama de textos de autores fundamentales en su especialidad. Esa persona, cuyo nombre me reservo, me felicitaba y me daba importantes datos sobre lo que ocurre en el proceso de elección de premiados. Reconocía que le habían dado mi traducción con escasa antelación al momento del fallo y que, si bien contaba con el original griego, no conocía la lengua. Con todo, me dio a entender que le había convencido la calidad de mi español y me animaba a que continuara en la senda de la traducción. Tras alguna otra consideración sobre el escaso reconocimiento que la labor del traductor tiene en la cultura española, se despedía amablemente de mí. Como colofón humorístico a este relato sobre los avatares que experimenté con el texto de la princesa Ana Comnena, recuerdo que en un congreso al que fui invitado como ponente (única vez en mi vida), mientras algunos colegas se lamentaban de que la filología griega no permite disfrutar de unos ingresos económicos elevados en comparación con otros ámbitos profesionales, yo, ufano e inconsciente, dije que ese no era mi caso, ya que gracias a La Alexíada me había embolsado más de 2.000.000 de pesetas (alrededor de 12.000€). Uno fue lo suficientemente tonto como para no reparar en las caras de odio que, a buen seguro, me dirigieron los eruditos presentes.


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Quizá una cierta honradez profesional hubiera exigido mi renuncia. Pero ese supuesto nunca pasó por mi mente. Hasta bien entrado el año y tras la experiencia acumulada, no fui consciente de lo improbable de que mi traducción cumpliera con los requisitos exigidos para concluir una obra de calidad, pero renunciar al dinero y herir mi amor propio no entraban en mis planes. A esto se añadieron otras complicaciones. El último tomo de la edición del texto que usaba se encontraba agotado y no me lo pudieron servir desde Francia. Una joven bibliotecaria, inusitadamente amable conmigo, con la que entré en contacto en la biblioteca del Departamento de Clásicas en la Complutense de Madrid durante uno de mis viajes a la capital para recabar algo de bibliografía, tuvo la gentileza de fotocopiarme el libro entero. Supongo que mis lamentos en la carta y mi angustia por no contar con el libro en un plazo de tiempo que me permitiera cumplir con mis compromisos ablandaron su corazón. Mientras, para ganar tiempo tuve que recurrir a la antigua edición de la Patrología Griega, ampliamente superada por la nueva edición francesa. El resultado fue que los libros de La Alexíada que contenía aquel tercer tomo siguen la edición moderna sólo en la medida en que una rápida revisión de última hora me lo permitió. La ayuda a la traducción se pagaba en dos partes. Una cuando se concedía y otra cuando se entregaba el original, siempre que cumpliera con las exigencias de calidad. Sólo puedo imaginar que la tradicional incuria de la burocracia española (también la académica) permitió que me abonaran la segunda parte del dinero. No quiero reconocer con estas palabras mías que la traducción fuera una chapuza. Tenía su mérito y poseía un cierto nivel. Pero, cuando pasados los años, pude detenerme en ella, ya con el bagaje de una tesis doctoral donde examiné con detenimiento el fenómeno de la historiografía clásica y de la historiografía bizantina, con especial atención a la obra de Ana Comnena, aprecié mis errores. Lo mejor de mi trabajo, como me reconocieron en el momento de concederme el Premio Nacional de Traducción del año 1990, fue mi español. Ello fue debido a que, poco antes de expirar el plazo de entrega e insatisfecho con el estilo que presentaba la traducción en español, decidí obviar el texto griego y la fidelidad perruna que mostraba, y releer el texto en español corrigiendo en el mejor estilo que podía lo que había escrito. Aquello quería que sonara a un español normal, no a la jerga mostrenca que siempre tienen las traducciones para la clase o para un examen. Como se puede suponer, esta decisión tuvo como consecuencia el alejamiento en más de una ocasión de la correspondencia con el estilo original de la autora. En suma, incurrí en más de una ocasión en eso que los teóricos de la traducción llaman una “bella infiel”.


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Pasado el tiempo, me enteré de las razones que permitieron la concesión de tan jugoso estipendio a un desconocido sin contactos ni méritos académicos como era yo. Todo pareció deberse a que ese año estaba en el comité que decidía la concesión una de las figuras sobresalientes en el mundo de la Filología Clásica y, cosa extraña, abierta a los nuevos horizontes que en el ámbito de la Filología Griega suponía hacer incursiones en el mundo helénico medieval y moderno. Mi propuesta le supuso, creo, una agradable novedad. Eso junto a unas cuotas que reparten la entrega de la ayuda a determinadas familias de lenguas en cada año (aquel año le tocaba a las Clásicas) propició la decisión final. Sin embargo, no todo era miel sobre hojuelas. La tarea de traducir La Alexíada se reveló mucho más ardua de lo que podía imaginar mi inexperiencia. En primer lugar, contaba con un año escaso para presentar el trabajo. Para los que ignoran todo sobre la obra, la edición de Les Belles Lettres, bilingüe griego-francés, ocupa tres tomos de alrededor 600 páginas de media cada uno. A todas luces, un año trabajando por las tardes y en vacaciones era un plazo insuficiente para poder elaborar una obra decente. En segundo lugar, mi práctica de la traducción era puramente escolar. Creía, en mi ignorante soberbia, que era suficiente para crear una traducción que cumpliera con los requisitos de una buena labor. Nunca, desde que empecé con el griego y a pesar de que la tarea fundamental era siempre la traducción, había reflexionado sobre el hecho de traducir. Para mí, ese ejercicio escolar era el único posible y cuando percibí mi error, estaba embarcado en una labor de mucha altura que hubiera requerido a alguien más formado que yo. Mi traducción estaba resultando infumable. No me presentaba ante un examen de la carrera, ni frente a los deberes diarios para exponer en clase, ni siquiera ante las oposiciones. Esto era otra cosa. Había que hacer un trabajo que fuera fiel al contenido del texto original, fiel a su estilo y, al mismo tiempo, elegante en español. Para conseguir este objetivo, como cualquier traductor profesional sabe, es necesario conocer perfectamente tanto la lengua original como la de llegada. Ambas en el estadio diacrónico en que se hallen. Es fundamental tener amplísimos conocimientos del contexto cultural, político, sociológico, filosófico, cotidiano y religioso del autor. Tengo que reconocer que salvo un cierto dominio de mi propia lengua materna, carecía de todos los demás requisitos en un nivel adecuado. Ya he confesado anteriormente que nunca mi nivel de conocimiento de la lengua griega me permitió afrontar un texto sin ayuda del diccionario y, con mucha frecuencia, el sentido se me escapaba. Por otra parte, el griego que usa Ana Comnena pretende ser fiel a la lengua común (koiné) que se extendió por el mundo helenófono tras Alejandro; pero el tiempo no había pasado en vano. Ana Comnena emplea un nivel de lengua que ya no está viva en el mundo que habita. Es, como el latín en la Edad Media y Moderna, una lengua aprendida en los textos y que responde a unos criterios literarios donde la imitación y la retórica son fundamentales. No debemos olvidar, tampoco, que los hechos y la realidad que recoge en su obra está lejos del contexto que tenía el griego que ella pretendía emplear, lo que crea, inevitablemente, la adjudicación de nuevos significados a términos que expresaban otra realidad en su origen. Podría seguir añadiendo características que dejaban mis conocimientos y práctica del griego aprendido en un grado de inutilidad bastante grande. Por otro lado, mis conocimientos de la realidad bizantina se limitaban a la lectura de libros sobre generalidades de la historia y la cultura de Bizancio.


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Con todo, sea por el paso del tiempo y el acrecentar del número de años de vida, sea por las tempestades que se avecinaban con los nuevos planes docentes, mi entusiasmo empezó a decaer y mis clases comenzaron a serme cada vez más difíciles de sobrellevar. A la par que se iba deteriorando el ambiente general debido a la actitud de administración, alumnos y padres, empecé a plantear mis clases con la intención de mantener el orden dentro del aula, apartando el fin del aprendizaje del griego y su cultura a un último lugar. Por ello también, comencé a planear mi escapada. Había varias posibilidades y la más afín a mis intereses era intentar acceder a la Universidad. Fue, por mi parte, una decisión llena de ingenuidad. Sabía lo difícil que era ese camino, pero nunca pensé que fuera una vía de imposible tránsito. A esa conclusión llegué cuando las circunstancias me apartaron definitiva y afortunadamente de la docencia. En aquel primer momento, me embarqué en la elaboración de un currículum que me permitiera salir de la enseñanza media. Me animó igualmente a iniciar ese camino sin salida el hecho de que a fines de los años 80 me fue concedida una ayuda del Ministerio de Cultura en el apartado de traducción. Todo resultó producto de la casualidad. De algún modo, llegó a mi conocimiento la convocatoria de aquellas ayudas, fui a consultar el texto legal en el B.O.E. y decidí presentarme. A esas alturas de mi proceso intelectual, la filosofía griega había pasado a un segundo plano y mis intereses se había desplazado hacia el mundo bizantino. Poco antes de presentarme a la convocatoria, había adquirido la edición en Les Belles Lettres de La Alexíada de Ana Comnena. La única razón de esa compra fue que constaba en el catálogo como la primera obra en la sección de Bizancio. Ignoraba todo de la autora y de su circunstancia. En el fondo yacía la intención de hacerme con la colección completa de autores bizantinos en la mencionada editorial francesa. Nada había en mi horizonte que no fuera la simple curiosidad de empezar a conocer un poco más a fondo la literatura bizantina. Como tenía a mano La Alexíada, emprendí la traducción del Proemio y de los primeros capítulos del Libro I para presentarla a la convocatoria, ya que era requisito ofrecer una muestra de la obra que se deseaba traducir. Lo hice sin la menor perspectiva de obtener ayuda económica alguna. Primero, porque intuía que el mundo bizantino no interesaba a nadie salvo a algunos especialistas y a algunos curiosos. Segundo, porque no ignoraba que en España el acceso a las prebendas oficiales depende de los contactos en los centros burocráticos mucho más que en los méritos de los demandantes. Y tercero, porque carecía de currículum y de posición como para que mis méritos académicos e intelectuales compensaran la carencia de los dos primeros puntos. Sin embargo, contrariamente a lo que me temía, una mañana recibí la notificación de que tenía en correos un telegrama a mi nombre que no había podido ser entregado en mi domicilio por mi ausencia. Cuando pude acudir a recogerlo y comprobé que el Ministerio me había concedido 750.000 pesetas como ayuda para traducir La Alexíada, mi incredulidad dio paso a una sensación de alegría indescriptible. Cuando mi empuje en la enseñanza del griego en las clases del instituto comenzaba a menguar, la vida me ofrecía ampliar mis aspiraciones con una labor más creativa. Y, además, remunerada.