1062.

Es cierto que en los centros docentes de las regiones donde los nacionalistas periféricos imperan, se adoctrina a los alumnos. Nada hacen que no sea marchamo de toda instrucción pública desde la Antigüedad, una característica que se hizo consciente y manejable con el triunfo de la ilustración y el trasvase del poder monárquico al poder de los ciudadanos agrupados en la Nación. Para desatar este nudo gordiano no hay que sustituir una nación por otra, sino dejar que cada tutor de criatura decida cómo prepararle para afrontar la vida. Quizá, cheque escolar; pero, seguro, derecho a decidir de cada individuo, no de un colectivo. En este caso como en todos.

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1060.

Un elefante caminando abismado en sus intenciones a la busca de agua y de comida. Aplasta a cada paso cientos de insignificantes seres vivos, quizás miles. Así el elefante, la historia; así nosotros, los bichejos.


1057.

Llámate comunista y haz lo que quieras.


1056.

Manifestaciones en su sentido amplio. Y al final, es más apremiante consolar a los parientes de los asesinos que a los parientes de los asesinados. Para aquéllos, carteles; para éstos, olvido. Como siempre, se dirá que algo habrán hecho los muertos para merecer su destino.


1054.

Yo no he hecho nada mal. Son ellos los que lo han hecho. ¿Hasta cuándo tanta imbecilidad?


1050.

En las tardes de calor y melancolía te lamentas de la habilidad de tus compatriotas para destruir lo que funciona humanamente bien. Entonces, como antídoto, acude a la mente Viena durante el mes de mayo de 1914 y la misma capital en diciembre de 1918.


1011.

Sustitúyase homo sovieticus por “homo podemicus” y veremos nuestro futuro.

En el libro que cierra el ciclo, El fin del «Homo sovieticus», el protagonismo recae en el Homo sovieticus, así como en el cataclismo de sus sueños rotos, y se hace explícito un «nosotros»: «El laboratorio del marxismo-leninismo creó un singular tipo de hombre: el Homo sovieticus. Algunos consideran que se trata de un personaje trágico… Tengo la impresión de conocer bien a ese género de hombre. Hemos pasado muchos años viviendo juntos, codo con codo. Ese hombre soy yo. Ese hombre son mis conocidos, mis amigos, mis padres. Durante años viajé recogiendo testimonios por toda la antigua Unión Soviética, porque a la categoría de Homo sovieticus no sólo pertenecen los rusos, sino también los bielorrusos, los turkmenos, los ucranianos y los kazajos». Pero, ¿qué significa este apelativo seudolatino y cuál es su origen? Fue el sociólogo, filósofo y novelista emigrado ruso Aleksandr Zinóviev quien acuñó esta expresión sarcástica en una novela homónima publicada en 1982, que ya antes circulaba clandestinamente en la Unión Soviética. En el libro vertía una crítica acerada y demoledora contra la política estatal soviética. Además, hacía observaciones críticas a las descripciones de Trotski sobre «el hombre del futuro». A grandes rasgos, el Homo sovieticus era un individuo indiferente al trabajo –ilustrado en el chiste soviético «nosotros simulamos que trabajamos, y ellos simulan que nos pagan»–, carente de iniciativa y espíritu crítico, sumiso a todas las directrices del Estado, aislado de la cultura mundial al no poder viajar ni leer textos extranjeros, y un oportunista camaleónico que se adaptaba a todas las circunstancias. En un claro guiño a la obsesión soviética por las siglas, abreviaturas y acrónimos, Zinóviev crea su propio acrónimo a partir de «Homo sovieticus»: homosos, que podría traducirse por hombre chupóptero, pues «-sos» evoca el verbo «sosat» [chupar, succionar]. Zinóviev, por tanto, subvierte el arquetipo de Trotski: en lugar del hombre que se sacrifica en aras de la sociedad, tenemos al homosos, un parásito que anda a la sopa boba y vive a costa del Estado sin prestarle ningún servicio.