1067.

Por un momento quedas arrobado ante la naturaleza. Olvidas que bajo el bailar de las nubes, el deslizar del arroyo, el mecer de las ramas, el volar del gorrión sólo acecha la ceguera del instinto.

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1058.

Naces, te aburres mucho, sufres bastante, disfrutas algo y te mueres.


1053.

Cada día tiene su sufrimiento. El sufrimiento de hoy se queda en el hoy. Mañana tendrá el suyo que ocultará el de ayer. Sólo el olvido persevera.


1049.

La gente puede poner al tablero sus vidas por un mito, pero es muy difícil que lo haga por la razón. Ahí radica nuestra debilidad. La verdad nos hace cínicos.


1046.

La vida es una variedad del timo de la estampita, con su tonto, su gancho y su codicioso listillo.


1044.

Todo principio tiene un final, como si nunca hubiera habido principio.


990.

Desde que dejaste de creer en Dios, allá por los años finales de la adolescencia, sentiste la necesidad de encontrar un adjetivo que calificara la vida tal como tú la experimentabas. Un buen día, hallaste esa palabra certera, aunque no fue un adjetivo. Mejor te veías identificado con un sustantivo. Y lo que te sugería la vida era perplejidad. Tu alma presentaba ante el espectáculo de la vida humana y no humana esa reacción de ignorancia, vaciedad, duda, incomprensión, desorientación que el perplejo sufre delante de un fenómeno que le supera. No entiendes la vida, no entiendes su sentido, si es que lo tiene. A veces te parece una estafa, pero reconoces que de vez en cuando te ofrece algo hermoso y digno de ser vivido. Con mucha frecuencia piensas lo que el antiguo sátiro le dijo al rey Midas, lo mejor para el hombre es no haber nacido y luego, morir pronto. Pero entonces, brota el instinto, te asalta su poderío y percibes el miedo a la muerte. Ahora que ves cómo tu madre, esa persona arrolladora que se comía el mundo y lo digería con la mayor de las solturas, se va consumiendo lentamente por culpa de su enfermedad; ahora que la ves encerrada en su cuerpo como una carcasa inmóvil e inservible que aprisiona su mente todavía lúcida, la perplejidad asoma de nuevo su rostro y te hace cuestionar el sentido, si es que lo tiene, de esa experiencia que se denomina comúnmente vida y que se te antoja no es sino un leve instante de una conciencia estupefacta entre dos vacíos cósmicos.