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En esta línea de razonamiento, encontramos un apreciable punto de diferencia entre la consideración que hacen de la filosofía los antiguos y los modernos. Mientras las teorías en la Antigüedad no están férreamente jerarquizadas, ni forman un todo compacto -de hecho, muchas “teorías” filosóficas antiguas no arman propiamente una “teoría”-, gran parte de las éticas modernas toman como ideal el modelo de la derivación y la deducción formales como base para exponer el pensamiento y, presumiblemente también, para protegerlo de la crítica. Descartes, Leibniz y, muy en particular, Spinoza confían buena parte del éxito de sus cogitaciones a la solidez y garantía del argumentar more geometrico.

Aunque pueden encontrarse precedentes ilustres –verbigracia en Platón- en los que la estructura del saber científico (matemática, para más señas) actúa a modo de pauta y patrón de la exposición filosófica, después de Aristóteles serán pocos los filósofos que sigan la senda metodológica del paradigma científico puro. El motivo es muy simple: para la ética antigua, el modelo especulativo y teórico de conocimiento no es directamente aplicable al saber práctico. Es más, la moral apunta hacia un horizonte referencial de pensamiento y acción en el que ambas instancias -la teórica y la práctica- son inseparables. La perspectiva de la praxis resulta de esta forma inspirada en la techne, es decir, en la destreza práctica y la conducta efectiva, y no tanto en la episteme. Buena parte de la polémica entre los sofistas y Sócrates / Platón tiene como principal base argumental, justamente, la oposición techne / epísteme.

Por el contrario, y considerando el asunto en términos generales, la prioridad ética en los modernos es más teórica que práctica. Para éstos, el sujeto moral es un “agente moral”; no tanto una persona que determina lo que es correcto, a fin de llevarlo a cabo, cuanto la persona que concibe la determinación de lo que es correcto al objeto de justificar en temimos de reglas y principios, qué decisiones y acciones deberían tomarse y recibirse. Surge, de esta manera, una fascinación – casi diríamos, una obsesión, que recorre buena parte del pensamiento moderno y contemporáneo- por la fundamentación de la moral hasta el punto de estimarla como el elemento característico y definitorio de toda investigación moral. Este énfasis en la fundamentación de la moral ha llegado en muchos casos a oscurecer la sustanciación de la misma, lo que representa una particular expresión de cómo la forma puede llegar a humillar a la materia.

Fernando Rodríguez Genovés, Marco Aurelio. Una vida contenida, Madrid, Evohé, 2012, pp. 17-19.

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Es un ensayo muy breve, pero tremendamente esclarecedor. Al hilo de tu eterna curiosidad por el emperador Marco Aurelio, has leído el librito de Fernando Rodríguez Genovés. Presenta dos partes claramente marcadas. La primera es una diáfana exposición que señala las diferencias entre el concepto de ética en el mundo antiguo y el mundo moderno, entendido éste a partir de Descartes. La segunda parte es la presentación de lo que el autor siente ante las Meditaciones. Te lo has leído de una sentada y te ha abierto los ojos en más de un aspecto. Lo que más te queda en la memoria es la reivindicación de una persona alegre, contenta de sí misma, a la que la contención de sus funciones y de su opción filosófica vital le confiere una pátina que fácilmente se confunde con la melancolía. Apariencia falsa que tú también has creído. Recomendable cien por cien.

 Fernando Rodríguez Genovés, Marco Aurelio. Una vida contenida, Madrid, Evohé, 2012.